Выбрать главу

– Creen que van a unirse a una banda sagrada -le confió Chingiz, el denshchik del Coronel, a Mushtaq en una de sus reuniones diarias en el mercado-. De lo que todavía no se dan cuenta es de que no es otro Madali, ni siquiera otro Namaz, ésta no es otra guerra santa, él no anda buscando un ejército que le siga, desprecia a la gente, a toda la gente, aparta a cuantos querrían ser sus discípulos, en eso radica tanto su fascinación como la fuerza de su destino. Lo que haya de venir no ocurrirá en un espacio normal. A los europeos les costará mucho tra_zar mapas de eso.

– Los discípulos rechazados con demasiada frecuencia se vuelven peligrosos.

– No es más que una de las muchas formas que él tiene de invi____________________portante comparado con el cuándo.mento deberá dar paso al Verdadero. El cómo lo haga no es tan imtar a su propia disolución. Da revólveres cargados como si fueran un regalo personal. Humilla públicamente a aquellos que profesan por él un amor más profundo. Entra borracho en la mezquita durante las oraciones y se comporta pecaminosamente. Y nada de eso importa, porque en cualquier caso él es tan sólo un precursor, que en algún mo

– ¿Visitas a menudo al chamán, Chingiz?

– También es tu chamán, Mushtaq.

– Ay, soy demasiado viejo para esas aventuras.

– Mushtaq, tienes treinta años. Además, él dispone de toda una provisión de setas silvestres, que han recogido a petición suya busca_dores guiados por sus espíritus guardianes en partes de Siberia que ni siquiera conocen los alemanes. Te sentarán mucho mejor que esa nuez venenosa del sur que mascas.

– Eso cambia las cosas.

Un día, el famoso agitador uigur Al Mar-Fuad se presentó en ropa de caza inglesa y gorro de cazador ladeado con una especie de ulti_mátum en el que uno podía detectar esa dificultad con la erre prevocálica típica no sólo de los franceses, sino también de las clases altas británicas.

– Saludos, caballegos, en este gloguioso día doce.

– Por Dios, él tiene razón, Mushtaq, hemos vuelto a perder la no_ción del tiempo. Viene vestido un poco raro para ser un jefe tribal de estas regiones, ¿no te parece?

– He venido a entgegar un mensaje de mi señor, el Doosga -dijo con fiereza el uigur, blandiendo una antigua escopeta Greening cuyo latón llevaba inscripciones sagradas en árabe-. Luego voy a ir a por al_gunos ugogallos.

– Le gusta lo inglés, caballero.

– ¡Amo Ggan Bgetaña! Lord Salisbugui es mi modelo.

Este es el único lugar del mundo, reflexionó Auberon Halfcourt, donde el letargo del alma puede llegar en espasmos. Esbozó lo que es_peraba que pasara por una sonrisa plácida.

– En nombre del gobierno de Su Majestad, nos ponemos a su ser_vicio, caballero.

– ¿De vegdad? ¿Lo dice en seguio?

– Para cualquier cosa que esté en nuestras manos.

– Entonces deben guendir la ciudad al Doosga.

– Eeh…, a ver, no sé si es mía para rendirla, ése es el problema, no sé si lo entiende…

– Vamos, vamos, no puede engañar a un viejo comegciante de ca_mellos.

– ¿Ya ha hablado con alguno de los rusos?, ¿y con los chinos?

– Los chinos no son ningún pgoblema. Mis integueses pgincipales están más bien en la otga diguección.

Quizá porque estaba escuchando a escondidas, el Coronel Prokladka se presentó en ese momento. Una mirada, que ninguno de los dos pudo controlar, palpitó entre el uigur y él.

– Maldito hijo de camellego -se oyó susurrar a Al Mar-Fuad mien_tras salía de la ciudad.

– Nunca los entenderé -le confesó quejumbroso Halfcourt a Prokladka-. La extrañeza de su cultura (el idioma, la fe, la historia, por no hablar simplemente de los lazos familiares) los vuelve invisibles a voluntad con sólo retirarse a ese ilimitado terreno desconocido, tan poco cartografiado como el Himalaya o las Tian Shan. Aquí el fu____________________dríamos tener los bazares llenos de puestos depio imperio panchamánico. Los japoneses, digamos que a petición de los alemanes, podrían haber acudido en gran número, tantos como para borrar la extraña división rusa en caso de una guerra europea. Poturo pertenece sencillamente al profeta. Podría haber sido de otro modo. Este loco del Taklamakán podría haber llegado a fundar su pro yakitori y a geishas en jaulas de bambú. Llevo veinticinco años por aquí, desde que el viejo Cavi mordió el polvo en Kabul, y todas las intromisiones de las Poten_cias sólo han conseguido que se vuelvan aún más mahometanos.

– Ninguno de nosotros somos guerreros de las montañas -dijo Prokladka, al que se le desbordaban unas lágrimas colegiales-. Para lu_char, los rusos preferimos las estepas y su gente prefiere las tierras bajas o, mejor aún, los océanos.

– Podemos compartir lo que sabemos -propuso Halfcourt, con una aparentemente incontenible emoción.

El Polkovnik le devolvió la mirada, con los ojos saltones e inyecta_dos en sangre, como si de verdad se lo estuviera pensando, antes de estallar en unas carcajadas tan agudas e inseguras en su dinámica como para provocar dudas sobre su capacidad de controlarlas.

– Polny pizdets -murmuró negando con la cabeza.

Halfcourt se levantó para darle unas palmadas en el brazo.

– Bueno, bueno, Yevgeni Alexandrovich, no pasa nada; estaba to__mor inglés, y le pido disculpas…mándole el pelo, claro, ya conoce usted el inescrutable sentido del hu

– Oh, Halfcourt, estos yermos de los que no puede sacarse prove_cho alguno…

– ¿No sueño, sin descanso, con Simia y con el porche del restau__chosos de los que pasan, parece que ya sin mí para siempre, por el puente Combermere?rante Peliti en el momento álgido de la temporada? ¿Y los ojos capri

Más allá de Kashgar, la Ruta de la Seda se bifurcaba en dos vías, al norte y al sur, como para evitar el inmenso desierto que se exten__nía que significaba «Patria del pasado».día hacia el este de la ciudad, el Taklamakán, que en chino, según se decía, se traducía como «Si entras no sales», aunque en uigur se supo

– Bueno, viene a ser lo mismo, ¿no, señor?

– ¿Entrar en el pasado y no salir nunca?

– Algo así.

– No me vengas otra vez con tus tonterías, Mushtaq. ¿Y qué me dices de lo contrario? ¿Permanecer en el exilio del presente y no vol_ver nunca, para reclamar lo que fue?

Mushtaq se encogió de hombros.

– Cuando uno ha escuchado tantas de esas quejas, por lamentables que sean…

– Disculpa, tienes razón, Mushtaq, claro. La elección se hizo hace mucho tiempo, y en un lugar demasiado remoto de esa patria, ya inac_cesible, para que ahora importe si soy yo el que elige u otros lo hacen por mí; ¿quién puede establecer los límites entre el que recuerda y el recuerdo?