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Y en cuanto a cualquier ayuda de la gente de Theign, Yashmeen, al fin y al cabo, no podía hacerse ilusiones.

– No, no, Latewood, mi querido amigo, no servirá -escogiendo un momento lo bastante próximo a la partida de Cyprian a los Balcanes como para no enmascarar la contundencia del insulto, la voz cansina de Theign se iba haciendo más repugnante a medida que hablaba-, ya lo sabes. Parece que tu amiguita le interesa a la Ojrana, y en este momento la Ojrana es el grupo con el que debemos mostrar mayor consideración, con el acuerdo anglo-ruso todavía reciente, todavía tan temiblemente sensible, todos tenemos que apoyar al Ministerio de Exteriores en esto, dejando a un lado nuestros insignificantes sueñecitos y deseos personales, ¿no crees?

No sorprendió a Cyprian lo más mínimo.

– Teníamos un acuerdo -señaló con bastante calma-, y tú bien podrías ser un agente doble austríaco, un asqueroso montón de mier____________________pes y al final Theign cejó en la persecución. No era un uso útil de su tiempo.lo persiguiendo a Cyprian por las salas y al rato por la calle, chillando amenazas físicas, pero Cyprian estaba resuelto a no aguantar más golda. -Theign soltó uno de sus viriles bofetones, Cyprian lo esquivó, y en vez de mantener la compostura, Theign optó por hacer el ridícu

– Supongo -gritó Theign por fin- que quieres desvincularte de tu compromiso en el acuerdo.

– No. -Lo que quería, claro, era abandonar por completo aquel proyecto corrupto, que a esas alturas era con toda seguridad más peli_groso de lo que él podía calibrar o siquiera imaginar. Pero tenía que seguir en ello, aunque, por Dios, ¿por qué?

Al hablar más tarde al respecto en Viena con Max Kháutsch, Theign también sería incapaz de no encogerse de hombros con desdén, un re_petitivo tic corporal que no podía controlar.

– El chico siempre ha sido un idiota. Tanto si sabe lo que le espera allí como si no tiene ni la menor idea, en cualquier caso va a seguir adelante.

– Tal vez -especuló Kháutsch con el peculiar susurro que reserva_ba para los cotilleos- está cansado y desea que todo acabe de una vez. No sabe hacerlo solo y quiere que lo hagamos por él.

Cyprian y Theign se habían situado en los extremos más alejados del piso de Venecia.

– ¡Haz lo que te dé la gana! -gritó Theign por fin, y se marchó sin más formalidades a coger el tren que le llevaría otra vez a Viena, donde últimamente, y era un secreto a voces, pasaba cada vez más tiempo.

En circunstancias normales, eso habría bastado para que el alma de Cyprian, frágil como un vestido de Fortuny, pasara por un diminuto y brillante aro de pánico. Pero mientras su propio tren se encaminaba a través del puente de Mestre, en dirección a Trieste, en lo único que podía pensar con cierta claridad era en Yashmeen, horrorizado ante lo que estaba obligado a contarle, preguntándose qué recursos les que_daban a los que eran como ellos contra la tormenta que se avecinaba, una tormenta tan descomunal que en esta ocasión ni siquiera Theign sería capaz de eludirla.

– No son precisamente las noticias más esperanzadoras que po_dría darte.

Ella se encogió de hombros. Con corsé y un sombrero de plu__cias medidas que iban en sentido contrario a los ritmos acelerados por la cafeína de Trieste. El recordó que ella sabía valerse por sí sola. Lo lejos que estaban de Cloisters Court y de la capilla crepuscular del King's College.mas negras, parecía treinta centímetros más alta, y hablaba con caden

– ¿Y es posible que me tope con el tal Theign?

– No le he dicho que estás aquí. Aunque eso no significa que no lo sepa, claro.

– ¿Crees que…?

Se interrumpió, pero él había oído la parte silenciada de la pregunta.

– ¿Tus problemas en Viena? Yo no descartaría nada con ese hombre.

Ella lo miró de una manera rara.

– Vosotros fuisteis íntimos en el pasado. Pero…

– ¿Si es el amor de mi vida? Yashmeen… eres el amor de mi vida. -¿Qué acababa de decir?

Ella pareció pasarlo por alto.

– Sí, pero tú sigues haciendo todo lo que él te manda. Ahora te vas cumpliendo sus órdenes.

– «E Inglaterra está muy lejos» -citó él, no exactamente como ré_plica-, «y el honor no es más que una palabra.»

– ¿Y qué significa eso? No es a criquet a lo que juega. Vosotros, todos vosotros, dais la lata a todas horas con lo del honor. ¿Es por te_ner pene o algo así?

– No me sorprendería. -Pero le había lanzado rápidamente una mirada que ella supo que no debía devolverle.

– ¿Y si te está mandando a una trampa?

– Demasiado complejo para Theign. El simplemente recurriría a un navajero a sueldo.

– ¿Y qué voy a hacer en Trieste? ¿En esta ciudad judía? Mientras espero que vuelva mi hombre.

En el pasado, él le habría gruñido como respuesta y, casi con toda seguridad, alguno de los dos habría pronunciado la expresión «una ta__quería una disciplina, como el ajedrez o el alpinismo. Sonrió con toda la sosería que pudo.rea ingrata». Pero últimamente él sentía una perversa fascinación por la Paciencia, no tanto como virtud cuanto como pasatiempo que re

– ¿Qué recomiendan en Chunxton Crescent?

– Han mantenido un extraño silencio.

Por un instante, fue como si se miraran desde lados opuestos de un profundo abismo en la tierra. A él le maravillaba la facilidad con la que ella podía dejar escapar la esperanza.

– Te pondré en contacto con Vlado Clissan. El debería mantener a raya a los pelmazos habituales.

– ¿Cuándo volverás de dondequiera que vayas?

– Todo es muy directo, Yashmeen, se trata de dar un salto sobre las montañas y volver, no debería llevar mucho tiempo… ¿Cómo vas a conseguir dinero?

– Soy una aventurera, el dinero nunca es un problema, ni siquiera cuando no lo tengo. ¿Y esa mirada? No me parece que tenga que ver con el «honor».

Se encontraron en el Caffe degh Specchi, donde ella se presentó, al parecer como un desafío, vestida de blanco de pies a cabeza, desde los botines de piel de cabritilla que él tenía que esforzarse por no mi__ca que lo coronaba, aunque el año se oscurecía y enfriaba, y las damas de la Piazza Grande que iban a la moda la miraban con desdén.rar hasta el sombrero cubierto de terciopelo y la pluma de garceta blan

– No voy a agradecerte nada -le advirtió ella.

– Espero que no.

El miró a su alrededor, al día encapotado, a la indiferencia del co__cos pasaban ruidosamente por la Piazza, camino de la estación de tren o de una de lasmercio que seguía por todas partes, con o sin ellos. Los tranvías eléctri Rive. Los carreteros de reparto hacían rodar barriles de café por planchas inclinadas y por los adoquines de las calles. La ciu____________________ban miradas siniestras.tinas se deslizaban dentro y fuera. Militares de todas las graduaciones paseaban, se comían a las chicas con los ojos, se pavoneaban y clavadad olía exageradamente a café. La mayoría de los paseantes parecían ataviados para alguna ocasión formal, quién sabe si ceremonial. Las sirenas de los barcos resonaban en la bahía. Barcos de vapor y velas la

Ambos se encendieron un cigarrillo y se sentaron ante unas taci_tas de café.

– Te he entregado a esto -señaló la escena con la cabeza-, me merezco tu maldición, no tu agradecimiento.

– Es encantador. ¿Y en qué otro sitio iba a estar? Si regresara ahora a Inglaterra, ¿qué me esperaría allí? En Chunxton Crescent creen, por alguna razón oscura para mí, que he fracasado. Nunca comprenderé los motivos del CRETINO, su política cambia de un día para otro, me ayudarán o no, no lo sé, y hasta es posible que hayan optado, por así decirlo, por jugarme una mala pasada.