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– Pero esto es el Limbo. Bueno, en realidad, el Limbus, pues iti Limbo es el ablativo…

Ella fingió que le traspasaba con la sombrilla.

– Si el Limbo es una especie de suburbio del Infierno, entonces tal vez sea el lugar perfecto para mí. Entre el fuego y las tinieblas ex__miento.teriores, disfrutando del equilibrio. Hasta que tenga otro presenti

– ¿Fue eso lo que pasó en Viena?, ¿un presentimiento? -Se sentó parpadeando. No había llorado desde una noche de borrachera en Viena después de descubrir a Derrick Theign en brazos de una mise_rable Strichmadchen de cinco kroner que luego Theign se había esfor_zado en hacer pasar por una de sus colegas. Había decidido dejar de llorar por ser un lujo que no servía para nada. Pero ahora, enfrentado a esa tentativa de una alegría sofisticada, corría el peligro de echarse atrás. Encontró un par de prismáticos deportivos de lentes azules y los palmeó.

– Estaré bien -le tranquilizó ella-. Y tú también, ¿lo entiendes? O me disgustarás.

Apareció entonces un marinero de Lloyd Austríaco, bastante gua_po, Cyprian tuvo que admitirlo, haciendo la ronda por los caffes de la Piazza, sosteniendo la campana del barco y golpeándola con un pe__ros recogieron su equipaje y se dirigieron hacia el Molo San Cario. Cyprian sentía una molesta contracción en la garganta.queño martillo y un ademán no carente de ostentación. Los pasaje

– No tienes que quedarte hasta que me pierda en el horizonte -dijo con voz ronca.

Una sonrisa de labios apretados.

– Hoy tengo la agenda bastante libre.

La banda militar no facilitó las cosas. Tras detectar una afluencia mayor de lo habitual de viajeros británicos, y esperando con una in__mo, justo cuando se volvía para decirle a Yashmeen un animadofernal clarividencia hasta que Cyprian recuperó el control de sí mis arrivederci, empezaron a tocar una versión para metal de Nimrod -¿qué si no?-, de las Variaciones Enigma de Elgar. A pesar de la tosquedad teutó____________________ta que, por fin, la banda pasó misericordiosamente apor y el tráfico del muelle, en una expresión de amistad y despedida todo lo sincera que el corazón Victoriano era capaz de manifestar, hasvoltura otoñal, acallando la cháchara de los turistas, los silbatos de vaber qué pensaba Yashmeen cuando le ofreció los labios. Se concentró en no mojarle la pechera. La música los cubrió un instante en su ennica, en el primer acorde en séptima mayor, una incertidumbre de tono entre las trompetas aportó un matiz de inocencia involuntaria, y Cyprian sintió que el grifo se abría incontrolablemente. Era difícil sa La Gazza Ladra. Sólo cuando Yashmeen asintió y le soltó, Cyprian se dio cuenta de que se habían estado abrazando.

– Bueno, nunca he sabido cuál era el gran misterio. -Ella se enco_gió de hombros-. Los remeros del Volga, ¿no?

– No. No, yo siempre creí que era Auld Lang Syne.

– Pero, por favor, no discutamos, Gonzalo.

– Claro que no, Millicent -le respondió alegremente, enseñó los dientes y arqueó una ceja.

– Mándame una postal, ¡no te olvides!

– ¡En cuanto pueda! -Y, por alguna razón, añadió por lo bajini-: Vida mía.

Cuando él hubo desaparecido detrás del rompeolas, Yashmeen paseó por la Riva Carciotti, encontró un sitio tranquilo, se encendió un cigarrillo y se entretuvo un rato, resplandeciendo distraídamente sobre la escena cambiante. Una gata la siguió de regreso a su habita_ción y ya no se despegó de ella. La llamó Cyprienne, y al poco ya eran amigas íntimas.

Un día que soplaba el bora, Yashmeen, sólo por un reparador rato At, tuvo una recaída en su antigua zetamanía. Recordaba que Littlewood, tras luchar con un lema rebelde un invierno en Davos, a lo largo de semanas de fblin -el opuesto del bora, un viento tan seco y cálido que en algunas zonas de los Alpes suizos se le llama «siroco»-, había contado que cuando el viento se calmó durante un día, la solu____________________brales para este tipo de ejercicio empezaran a relajarse y extraños e incluso contraintuitivos pensamientos llegaran de alguna parte co-consciente con lo cotidiano, algo similar le pasó ahora a Yashmeen. Sólo por un instante, la cuestión se iluminó inequívocamente, tan evidente como la Fórmula de Ramanujan -no, porque la Fórmula de Ramanujanpo suficiente, también tendría, con los cambios necesarios de signo, su efecto sobre la mente matemática, a medida que los lóbulos ceredía del Karst y que, soplando ininterrumpidamente durante el tiemción, como por arte de magia, estaba allí. Y sin duda a causa del bora, conocido por estos lares como el «viento de la muerte», que descen era un caso particular-, y Yashmeen supo por qué Riemann había planteado la hipótesis de un medio como la parte real de cada cero, por qué la había necesitado, justamente en ese punto de su proceso de pensamiento…; se sintió lanzada al pasado, persiguiendo su viejo yo, casi lo bastante cerca como para acariciarlo…, y entonces, claro, había desaparecido otra vez y su nueva preocupación inmediata fue la pérdida de su sombrero, que volaba para unirse a otros cientos que migraban hacia climas más meridionales, a algún lugar de des_canso tropical para sombreros, donde podrían pasar semanas de dolce far niente de sombreros y les crecerían plumas nuevas, recuperarían el color o encontrarían nuevos tonos, se tumbarían y soñarían con las cabezas que el Destino había querido que ornaran… Por no mencio_nar la necesidad de impedir que su manteau se convirtiera en una es_pecie de antiparacaídas que quería arrancarla del asfalto. Se quedó quieta, presa de la incredulidad, el cabello cada vez más suelto, cente____________________trado a una penumbra desconocida, y pudo imaginarse, después de todo, visitando esta costa por su viento, como otro tipo de turista iría a un balneario, en busca de algún manantial milagroso, un retorno a la juventud.ba y que, por un instante, gracias a esa picara conjetura, la había arraslleando como una aurora oscura y húmeda, esbozó una sonrisa menos perpleja que irritada y se volvió contra el viento adriático que llega

Y, cómo no, fue en ese preciso instante cuando se encontró con Vlado Clissan, que iba tambaleándose a la búsqueda de refugio tras la misma puerta. El bora, como si quisiera colaborar, le levantó las faldas y las enaguas sin previo aviso cubriéndole la cara, como si una diosa clásica estuviera a punto de presentarse en una nube de crêpe lisse, y al instante una de las manos de Vlado la había agarrado por debajo, entre las piernas desnudas, que se abrieron más casi por reflejo, una se levantó y se deslizó a lo largo de la cadera de él para acercarlo más, mientras, bajo el viento infernal, intentaba mantener el equilibro so____________________gulo…, pero ¿cómo podía pensar en geometría…? Aunque, si no mantenía algún vínculo racional, ¿dónde acabarían ambos? En el mar. Por encima de la ciudad y en el fondo del inmemorial Karst. En el fondo del Karst, a la puerta de un viñedo y unagas, ella sintió cada segundo dividido por su entrada y penetración, su clítoris estaba siendo abordado de una manera poco familiar, no con brusquedad, es más, con bastante consideración, tal vez era por el ándía estar pasando, ella sólo atisbaba su cara por momentos, su sonrisa feroz como la tormenta, él le desgarró la delicada batista de sus brabre el otro pie. Su cabello, despeinado a esas alturas, azotaba la cara de él, cuyo pene se había asomado a la lluvia y el estruendo, eso no po osmizza de su inte____________________ción, de inversión del tiempo, de intervenciones inesperadas.bía sido simplemente vino, del mismo modo que la política no había sido simplemente política, allí había todavía notas inéditas de redenrior que servía comidas y vino, con las luces de Trieste muy abajo, un vino antiguo, de antes de Iliria, sin nombre, acabado por el viento, etéreo en su carencia de color. Y porque en esta costa el vino no ha