– Vaya, así que no había pescado, Bevis.
– Por Dios, claro que no, Jacintha, eso sería «alimento para el cere_bro», ¿no?, y el uniforme escolar incluía un sombrero puntiagudo que uno debía llevar puesto muy ceñido, especialmente cuando dormía, y una corbata indeciblemente espantosa del tipo que, en el mundo ci__zar los ojos, relajar los labios, andar con pasos irregulares tan variados como pasos de baile existen…vil, sinceramente, sólo, bueno, llevarían los idiotas… La instrucción física empezaba cada amanecer con una serie de ejercicios para cru
– ¿Tantos? ¿De verdad? -Jacintha agitaba las pestañas.
– Déjame que te lo enseñe. -Hizo una señal a la banda-. Chicos, ¿conocéis El idiótico?
– ¡Claro! -respondió el acordeonista-, tocamos Idiótico ¡y nos pagas!
La pequeña orquesta empezó a tocar el animado two-steps que por entonces hacía furor en la Europa civilizada, y Bevis, agarrando a Jacintha, empezó a tambalearse con poca coordinación por el salón de bolsillo, mientras la valiente jovencita hacía cuanto podía para se_guirle, y ambos cantaban:
En la pista, era un aburrimiento, hasta que descubrimos ese emocionante paso exótico, que se llama El idiótico…
¿Cabeza de alfiler?,
¿baba por la barbilla?
Pueden servirte
para dar un giro, aunque
parezca neurótico,
¡es El idiótico!
Coge todos esos
valses y polcas,
y guárdalos en el armario,
porque hay un atolondrado ritmo hoy…
Es el nuevo idiótico, es como hipnótico,
¡a su propio aire imbécil!
(Vamos).
Pruébalo una vez y descubrirás
que has perdido la cabeza por la moda del momento,
es única
y tan narcótica que me atrevo a decir que…
¡harás El idiótico hasta
que tengan que venir a recogerte!
– Y tengo que decirte, Jacintha, que las chicas de los bailes a los que se nos obligaba a asistir no eran, ni de lejos, tan animadas como tú.
Muy serias, obsesionadas siempre con pensamientos oscuros. Bueno, de hecho, varias acabaron en instituciones especiales…
– Ay, Dios -gorjeó Jacintha-, qué espanto para ti, Bevis, obvia_mente te escapaste, ¿cómo lo lograste?
– Bueno. Ciertos acuerdos. Siempre son posibles entre caballeros, y sin resentimientos.
– Entonces, espero, conservas… -el matiz levemente extranjero que le daba a las vocales producía un efecto seductor- lo que se les supone a todos los caballeros.
Bien, el que Bevis hubiera sacado el tema de la instrucción de Idio____________________tual de anexión y tos de criquet. Una chica a bordo de un buque austríaco, que asistía a una escuela zarista e iba acompañada por una noble inglesa, podía trabajar a todas luces para muchos servicios, de la Entente o no, en el clima actas no había sido una casualidad. No, no; de hecho, por muy genio de la criptografía que fuera, en otras áreas de la vida la estulticia le surgía de manera tan natural como a otro joven le saldrían bien los lanzamiencrisis, de modo que Cyprian supuso que la debida di_ligencia requería cierto grado de intrusión al respecto en ese momento.
Pero la joven Jacintha parecía ir siempre por delante. Se le acercó y, de pie, empezó a tirarle de la corbata con cierta insistencia.
– Vamos, Cyprian, sólo tienes que bailar conmigo.
Nadie recordaba haber visto bailar jamás a Cyprian.
– Lo siento…, ni con un mandato judicial, en realidad…
Jacintha, con la cabeza colocada en un ángulo dulcemente se_ductor, le suplicó como si fuera a rompérsele para siempre el corazón si él no saltaba a la pista inmediatamente y quedaba como un tonto por todo el salón.
– Además… -susurró-, por más malo que creas que eres, tienes que ser mejor que tu amigo Bevis.
– Sí, tengo que serlo. Pero esos piececitos encantadores son para ser adorados, no pisoteados.
– Eso también lo veremos, con el tiempo, ¿verdad? -dijo con una mirada firme que la experiencia, sin duda, había perfeccionado hasta el punto de que los hombres se ofrecerían a pagar para que pronun_ciara esas mismas palabras; pero Cyprian no podía evitar pensar en Yashmeen en una conversación similar, aunque la fidelidad, si era de eso de lo que se trataba, servía de poco para moderar la erección que parecía haberle visitado en ese mismo momento. Jacintha la miró con una sonrisita casi depredadora.
Mientras tanto, en la cubierta, Lady Quethlock conversaba con otros dos espías que fingían ser idiotas.
– No, no -decía ella-, nada de oro, nada de piedras preciosas, nada de petróleo ni artefactos antiguos, sino la fuente del río más enig_mático del mundo.
– ¿Cuál?, ¿el Nilo? Pero si…
– El Eridano, de hecho.
– Pero ése es el antiguo Po, ¿no?
– Si ha de creerse a Virgilio, que llegó bastante tarde a la parti__trotraemos alda…, pero la geografía, lamentablemente, no lo corrobora. Si nos re Argo, en el relato que hace Apolonio de Rodas de aquel extraño paso transpeninsular del mar Euxino al Cronio, con las fuer____________________ran por un río subterráneo, con toda probabilidad el Timavo, un río que va a parar a un mar en cuya desembocadura, según Apolonio, había tantos islotes que elco… No puede dársele crédito, a no ser que en algún punto navegagonautas que entran en la desembocadura del Danubio lo remontan y, de algún modo, con nervios hemos de imaginar, salen al Adriáticada, las complejidades personales de Medea y todo lo demás, los Arzas de la Cólquide a la vez persiguiendo y a la espera de una embos Argo apenas pudo sortearlos. El Delta del Po tiene pocos islotes así, por no decir ninguno, pero a este lado del Adriático, de hecho justo allí, a babor mientras hablamos, la his_toria es otra, ¿no?
– Pero Virgilio…
– Confunde el Padus con el Timavus, espero.
– Así que éstas -hizo un gesto hacia la costa que se deslizaba ante ellos- son las Islas de Ámbar de la leyenda.
– Es posible. Espero resolver la cuestión.
– Ah, la encantadora Jacintha.
– ¿Tienes un momento, tía? Necesito consejo.
– Estás sudando, chica. ¿Qué has estado haciendo?
Jacintha tenía las manos a la espalda y la cabeza inclinada, una pe____________________midades, y estaban debidamente entretenidos.do, los presentes podían ver cada delicado movimiento de sus extrequeña cautiva con todas las de la ley. A través de su vestido translúci
Aunque Cyprian y Bevis habían decidido ir por la Herzegovina, pues Metkovic llevaba varias temporadas siendo un destino turístico poco convincente debido a la fiebre, siguieron hasta Kotor, donde desembarcaron; la compañía de Jacintha les sirvió de pretexto para no bajarse antes, en Ragusa. Cyprian, sin más que un código muy vago sobre cómo tratar la estulticia ajena, parpadeó rápidamente pero aceptó el cambio de plan.
Tras una despedida cuyo patetismo, de existir, le pasó por alto a Cyprian, un visiblemente taciturno Bevis Moistleigh y él comieron en un restaurante del puerto que servía un brodet local cargado de skarpina, anguilas y gambas, y luego fueron al muelle y contrataron un barco que los llevó por la costa sur del golfo de Cattaro, bajo todo tipo de formas de fiordo, a través de un estrecho canal conocido en la zona como «las Cadenas», hasta la Bahía de Teodo; toda la travesía la realizaron bajo la mirada de lentes, multiplicadas hasta lo incontable, situadas en todos los puntos estratégicos, aunque los reflejos especu__dos por dispositivos ópticos. En Zelenika se sentaron a beber grappa con sabor a salvia antes de subirse al tren para Sarajevo, que los llevó de regreso a lo largo de la costa, a través de Hum y una enfebrecida Metkovic, donde giraron tierra adentro y empezaron a ascender por la Herzegovina hacia Mostar, a seis horas de camino, y luego tardaron otras seis hasta Sarajevo.lares que parpadeaban hacia ellos desde la orilla no eran sólo causa