Выбрать главу

– No lo sabrán muy pronto.

– Pero sí lo bastante.

– Para entonces estaremos muy lejos.

– O muertos.

– Tomaremos el tren de vía estrecha hasta Bosna-Brod, allí hare_mos un transbordo, volveremos a Trieste vía Zagreb.

– Un cruce bastante obvio, ¿no?

– Justamente. El último que ellos esperarían.

– Y… ¿cuántas de estas entregas han conseguido completar?

– Miles -le tranquilizó Bevis. A Cyprian le costó no clavarle la mi_rada que quería, y sonrió a Danilo con sólo una comisura de la boca, moviendo los ojos hacia Bevis un instante y volviéndolos a enfocar.

– Me hará falta un arma -dijo Danilo, en un tono que sugería que a continuación iba a hablar de dinero.

– Tenemos que ver a la gente de la Mano Negra -advirtió brus_camente Bevis Moistleigh, arrugando la frente para dar a entender: ¿no es obvio? El silencio que la proposición cernió sobre ellos era casi audible, como un tamborileo. ¿Qué podía saber un criptógrafo de segundo nivel como Bevis sobre la tan temida organización serbia?

A Cyprian, y no era la primera vez, se le pasó por la cabeza que Be__ban a Theign.vis había sido enviado para espiarlo, tal vez por el mismísimo Derrick Theign, tal vez por uno de los muchos elementos que a su vez espia

Era un lugar común entre los espías en los Balcanes que si a uno lo enviaban a vigilar los movimientos de liberación y buscaba miem_bros que se convirtieran en agentes dobles y traicionaran a los suyos, la población sudeslava proporcionaba pocas posibilidades, si es que alguna. Los nacionalistas y los revolucionarios de por aquí creían de veras en lo que hacían.

– Sólo de vez en cuando puede aparecer un búlgaro, o un ruso fingiendo ser un autóctono. Un ruso vendería a su madre por un vaso de vodka.

Y, mira por dónde, ¿a quién iba a encontrarse Cyprian esa noche, comportándose con casi esa misma desesperación, sino a sus antiguos adversarios Misha y Grisha? Fue en la otra orilla del río, cerca de la Careva Ulica, en Der Lila Stern, un antiguo burdel militar austríaco reconvertido a usos más equívocos. Cyprian y Bevis bebían Zilavka con agua de seltz. Una pequeña banda de cabaret tocaba tras una lla_mativa joven, vocalista y bailarina con un vestuario inspirado en el harén, aunque sus velos servían más para ver a través de ellos que para ocultar.

– Vaya -comentó Bevis-, ¡es una maravilla!

– Sí -dijo Cyprian-, y ¿ves a aquellos dos rusos que vienen hacia nuestra mesa?, creo que a lo mejor quieren saldar cuentas pendientes conmigo, así que si no te importa hacerte pasar por una especie de guardaespaldas armado, tal vez uno que más bien tienda a impulsivo, me harías un favor… -dijo toqueteando con nerviosismo el Webley en el bolsillo interior de su chaqueta.

– Hombre, ¡Kiprskni! -gritaron-, ¡creíamos que estabas muerto! -y otros cumplidos por el estilo. Distando de mostrar la menor amar__le de que habían dejado atrás las costumbres del Prater.gura por el asunto del Coronel Kháutsch, los dos, como si estuvieran encantados de reencontrar a un viejo amigo, no tardaron en informar

– ¿Matarte? -exclamó Misha-. ¡No! ¿Por qué íbamos a querer matarte? ¿Quién nos pagaría por eso?

– Y aunque si alguien pagara, no compensaría nuestro tiempo -aña_dió Grisha-. Es verdad que has perdido algo de peso, pero tchistka todavía tardará bastante.

– Tu Coronel anda por aquí ahora -mencionó Misha de pasada-. Se montó una buena escena en Viena.

Cyprian conocía la historia, que había pasado a formar parte del folclore de la profesión. Cuando por fin le llegó la hora al Coronel, sus colegas oficiales le habían dejado a solas en un despacho del Minis____________________nisterio, llegó a la Platz am Hof, y allí, al lado, en el Kredit-Anstalt, creyeron que era un robo, así que también se pusieron a disparar, y el Hofburg se convirtió brevemente en Dodge City, y entonces Kháutsch desapareció, según la leyenda, en el Orient Express, rumbo al este. Y ya no se le había vuelto a ver nunca más.cidio tradicional. Pero Kháutsch tomó la Borchardt-Luger y empezó a disparar a cuantos se le pusieron a tiro, y así, a tiros, salió del Miterio de la Guerra con una pistola cargada, esperando el pertinente sui

– Nunca más oficialmente, al menos -dijo Misha.

– El chantaje ya no funciona -dijo Grisha casi llorando-. ¿Que prefieres los de tu propio sexo?, ¿y qué importa? Como mucho, en los tiempos que corren, es otra vía para avanzar en tu carrera.

– Me temo que en el Servicio Secreto de S.M. no están tan ilus_trados -dijo Cyprian.

– Turquía era un paraíso -se quejó Misha-, aquellos chicos de ojos negros como higos.

– Pero ya no es así, claro. Constantinopla es tierra baldía. Nada de joven tienen los Jóvenes Turcos, que de hecho no son más que una pandilla de viejos puritanos entrometidos.

– Aunque debo decir -comentó Cyprian- que han mostrado una contención admirable al no aplicar el baño de sangre habitual a los otomanos, salvo en casos irrecuperables como Fehim Pasha, el viejo jefe del espionaje…

– Sí, el trabajito de Brusa -dijo Grisha resplandeciente-. Tuvo bas_tante estilo, ¿no te parece?

Cyprian entornó los ojos.

– Vosotros dos… ¿no seríais de algún modo…factores en esa operación?

Misha y Grisha se miraron y se rieron entre dientes. Había algo espantoso en aquella risa. Cyprian sintió un intenso deseo de estar en otra parte.

– Debe de ser lo único en lo que han coincidido ingleses y alema_nes últimamente -dijo Misha.

– Pobre Fehim -dijo Grisha, momento en el que su acompañante, que estaba sentado de cara a la puerta de la calle, empezó a compor_tarse extrañamente.

Cyprian, que no estaba muy dotado para las artes de la clarivi____________________bro. Kháutsch llevaba un monóculo que muchos, la primera vez que lo veían, confundían con un ojo artificial, y a pesar de que echó un rádencia, adivinó pese a todo quién acababa de entrar. Al cabo de un rato se arriesgó a lanzar una mirada vacilante por encima del hompido vistazo de pies a cabeza a Cyprian, no pareció reconocerlo, aun_que en ese momento eso podía formar parte de su juego.

– Eh, oye, Latewood -murmuró Bevis estirando con insistencia del brazo de Cyprian.

– Ahora no, Moistleigh, me estoy dejando llevar por la nostalgia.

Mientras anochecía, los muecines habían estado haciendo llamadas a la oración desde sus cien torres, antes de la puesta del sol, después de la puesta del sol y una vez más en el último momento del día. Aquí una música acompañaba de un modo similar la danza tsifté-téltí, como si, al igual que el rezo, requiriese del cuerpo ir más allá de las simpli_cidades del día.

Muchos jóvenes de la ciudad parecían conocer al Coronel, si bien todos fingían timidez al acercarse a saludarlo. Por curiosidad, Cyprian se acercó también y se unió al grupo congregado vagamente alrede_dor de la mesa del Coronel. De cerca, se fijó en una desigualdad en el corte del bigote de Kháutsch, en lo raídos que estaban los bajos de sus pantalones y los puños de su abrigo, en las quemaduras de cigarrillo y las incursiones de las polillas, así como otras plagas más terrenales. El Coronel discurseaba sobre las virtudes del Decimoquinto Distrito Militar, conocido también como Bosnia.

– En Viena, en el cuartel general había siempre algún elemento prusiano, lo que hacía difíciles, por no decir imposibles, los placeres humanos. El honor de los oficiales…, el suicidio…, ese tipo de cosas. -Había empezado a abatirse sobre el grupo un silencio embarazoso-, Pero aquí uno encuentra una forma de vida más equilibrada, y los prusianófilos hacen menos daño.

Se zambulló, como haría un bebedor, en su propia historia, con____________________ces, eróticos. ¿Se suponía que este recital de sollozos quejicas era una tentativa de seducción?taron. Cyprian cayó con frialdad en la cuenta de que, pese a todo, Kháutsch no estaba tan borracho. Sus ojos seguían mirando con tanta atención como los de una serpiente, recordando inevitables castigos que Cyprian había sufrido a manos de este monótono y desastrado pelmazo de pub, algunos de los cuales le habían parecido, por entonvertida en un detallado inventario de quejas. Las orejas no se levan