Si Cyprian, por brevemente que fuera, creyó que tenía derecho a un respiro, pronto se desengañó. Una noche en el Mavri Gata, Danilo se presentó con un búlgaro lúgubre y delgado como un noodle cuyo nombre la gente o no sabía pronunciar o no podía recordar, o no que__dad. Entre losría decir en voz alta por temor a ciertos elementos griegos de la ciu dervisidhes, debido a su aspecto, se le conocía por el nom_bre de Flaco Gabrovo.
– No es el mejor momento para ser búlgaro en Salónica -le expli_có a Cyprian-. Los griegos, no estos rembetes de aquí sino los políticos que salen de la embajada griega, quieren exterminarnos a todos. En las escuelas griegas pregonan que Bulgaria es el Anticristo. Agentes griegos colaboran con la policía turca para hacer listas negras de búl_garos, y hay aquí una sociedad secreta llamada «La Organización» cuyo propósito es llevar a cabo esos asesinatos.
– Es por Macedonia, claro -dijo Cyprian.
Una antigua disputa. Los búlgaros siempre habían considerado Macedonia una parte de Bulgaria, y después de la guerra con Rusia así fue por fin… durante unos cuatro meses de 1878, hasta que el Congreso de Berlín se la devolvió a Turquía. Por su parte, los griegos creían que era griega, para lo cual invocaban a Alejandro Magno y demás. Rusia, Austria y Serbia buscaban ampliar su influencia en los Balcanes y utilizaban la Cuestión Macedonia como pretexto. Y lo más extraño de todo: las figuras más prominentes de la Organiza_ción Revolucionaria Macedonia del Interior -la ORMI-, como Gotse Deltchev, creían, ni más ni menos, que Macedonia pertenecía a los propios macedonios y merecía ser independiente de todas las potencias.
– Desgraciadamente -dijo Flaco Gabrovo-, la ORMI está escin_dida entre la gente de Deltchev y otros nostálgicos de la efímera «Gran Bulgaria» tal como era antes del Congreso de Berlín.
– ¿Y tú qué opinas? -Cyprian ya se reía para sus adentros.
– ¡Ja! -Se rieron con amargura un buen rato hasta que el búlgaro cesó bruscamente-. Los griegos creen que soy de la ORMI, ése es el problema.
– Vaya por Dios. ¿Y lo eres?
– Me falta esto -Flaco Gabrovo mantuvo el índice y el pulgar se_parados un centímetro, junto a la oreja derecha-. Anoche. Ha habido otras tentativas, pero no como ésa.
– Le he contado cómo salimos de Bosnia -dijo Danilo servicial.
– Ya, y yo soy la Pimpinela Escarlata, ¿no?
– Es tu destino -afirmó Vesna, que había estado escuchando.
– Tsoupra mou, tú eres mi destino.
– Este es el plan -dijo Cyprian la noche siguiente en el Café Mazlum, en el muelle, adonde parecía haber acudido la ciudad entera para escuchar cantar al gran Karakas Effendi-. Puede que hayáis seguido las noticias de Constantinopla, el fermento político y todo lo demás, y os hayáis fijado en que muchos de nuestros hermanos turcos de aquí, en Salónica, han empezado a volver a su capital, en previsión de un esfuerzo a mayor escala para hacer entrar en razón al Sultán. Lo que haréis, por tanto, es poneros un fez…
– No. No. Soy un exarca.
– Danilo, explícaselo.
– Te pondrás un fez -explicó Danilo- y, pasando inadvertido en medio de toda la agitación turca, subirás a un tren para La Ciudad, y cuando llegues allí -escribió en un trozo de papel y se lo entregó-, sigue a tu nariz hasta el bazar de especias de Eminónü. Justo detrás está el muelle Stamboul, buscas este número y preguntas por Khalil. Siempre hay pesqueros del Mar Negro en Varna.
– Si es que llego a salir de Salónica con toda la gente de esa Orga_nización vigilando.
– Nos aseguraremos de que la ORMI los vigile a ellos.
– Mientras tanto -dijo Cyprian-, tú y yo vamos a intercambiar sombreros y abrigos. Cuando salga de aquí, creerán que soy tú. Aun_que, debo añadir, tu ropa ni se acerca al estilazo de la que vas a recibir. Te lo digo por si crees que no hago bastante sacrificio o algo así.
Y así Cyprian, haciéndose pasar por Flaco Gabrovo, cambió su alojamiento calle arriba por un teké llamado la Perla del Bara, e inme__ranjas luminosos y azules celestes.diatamente notó una mejoría en su presupuesto semanal, debido al ahorro del gasto en «cosa negra», como se conocía el hachís entre los derviches, pues lo único que tenía que hacer era pasearse un par de minutos por el pasillo e inhalar hasta que los dibujos de las alfombras orientales empezaran a retorcerse por su campo de visión con sus na
Aunque Vesna mantenía una intensa relación con un gángster de Esmirna llamado Dimitris, Cyprian y ella se despidieron como si uno formara parte del otro. El no tenía ni idea de por qué. Danilo lo observó con el respeto fatalista del alcahuete hacia las leyes del azar contra las que está condenado a luchar para siempre. La bocina de va_por del barco lanzó su último aviso.
– Has hecho algo bueno -dijo Danilo.
– ¿Lo del búlgaro? Me preocupa, me pregunto si siquiera podrá ponerse el fez en la cabeza.
– No creo que lo olvide nunca.
– Lo importante para él -dijo Cyprian- es volver a casa, estar en_tre los suyos.
Se abrazaron, pero eso sólo era la versión formal, pues su abrazo se había producido mucho antes.
Para volver a Trieste, Cyprian, que ya había tenido ferrocarril de sobra por un tiempo, tomó barcos costeros y vapores correo egeos, jónicos y adriáticos, pasando todo el tiempo que podía charlando, fumando y bebiendo con otros pasajeros, como si, de quedarse a so____________________cánico, con la luz del sol que empezaba a durar cada día un poco más que las cinco horas que las montañas y la estación permitían.cantadora inocencia, vendidas ahora a los intereses de la guerra, esta compasiva negación de la inmensa crueldad del último invierno balseado estar exactamente ahí, contemplando esta ciudad y bahía de engro. En la carretera a Cetínje, se detuvo en una zona de altibajos para contemplar Kotor desde allí, y comprendió lo mucho que había dese todos. De regreso en Kotor, por ninguna razón que fuera capaz de explicar, decidió desembarcar y echar un vistazo rápido a Montenelas, hubiera podido pasarle algo desagradable. Como si aferrándose con fuerza a lo lineal y lo cotidiano pudiera salvarse, pudieran salvar
Y todo para descubrir que, buen Dios, tras un invierno de tantas penurias y equivocaciones, Bevis Moistleigh había estado escondido en Cetinje con Jacintha Drulov todo ese tiempo, que el joven imbé_cil enamorado había sido capaz de llegar hasta el final del camino, en ese periodo de aguda histeria a causa de la guerra europea, por un terreno poco hospitalario, sembrado de antiguos odios tribales que nunca entendería claramente, impulsado por algo que él creía que era amor.
– Un poco de Bosnofobia, no te creas, y no me sorprende -expli_có Bevis alegremente.
Los ciruelos y los granados florecían, en tonos incandescentes blancos y rojos. Las últimas manchas de nieve casi habían desapare____________________reja de tortolitos (cuya principal diferencia con las palomas, pensó, debía de ser que éstas eran más directas cuando se barradas. Los gorriones que acababan de ser padres atacaban a los humanos que consideraban intrusos. En un café al lado de Katunska Ulica, cerca del mercado, Cyprian, sentado a una mesa frente a la pate; cerdas y lechones corrían gruñendo alegremente por las calles emcido de las sombras añiles de las paredes de piedra que daban al norcagaban encima de alguien), evitando con un gran esfuerzo personal que su expresión mostrase irritación, se vio visitado por una Revelación Cósmica, caí__ra formas distintas de Brahma adoradas por los hindúes, es decir, la suma, en cualquier momento dado, de todos los variados semidioses del amor que millones de amantes mortales, en una danza sin límites, adoraban. Sí, y mucha suerte para todos ellos.da del cielo como mierda de paloma, a saber: que el Amor, que gente como Bevis y Jacintha sin duda concebían como única Fuerza suelta por el mundo, era de hecho más similar a las 333.000 o cuantas quie