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Sintió una extraña y sobria alegría ante la habilidad, que parecía haber adquirido recientemente, para observarse a sí mismo enfadado. Qué raro.

– Vaya, mira a Cyprian, parece bastante aturdido.

– Sí, tienes razón, ¿Cyprian?

– ¿Eh? Claro. ¿Cómo no iba a estarlo?

– ¿Te hemos ofendido, Cyprian? -preguntó Jacintha despreocupa_damente radiante.

– Mírala -canturreó Bevis en voz baja-, ella es su misma Catás_trofe Ultravioleta.

– A mí sólo me ofenden ciertos tipos de papel pintado -Cyprian sonrió apretando los labios.

– Siempre supusimos que andarías por ahí buscándonos -dijo Bevis.

Cyprian le clavó la mirada, con la esperanza de no parecer de_masiado rudo.

– Porque…

– Bueno, porque no eres uno de esos malditos tipos de Theign, ¿verdad que no? Si lo fueras, a estas alturas estarías a salvo, de vuelta en algún puesto neutral, Ginebra, Nueva York o por ahí.

– Oh, Moistleigh, estaba por aquí cerca, eso es todo. Encantado de veros a los dos.

Había habido un tiempo, y de eso no hacía tanto, en que ese tipo de situaciones habrían anunciado una larga semana de náuseas y re_sentimiento. Pero ahora sentía, contra el rostro que tendría su alma si las almas tuviesen rostro, un brioso equilibrio primaveral, como si él estuviera en alto, manteniendo un ángulo de ataque en las posiciones avanzadas de una tormenta cuyo fin nadie había visto. Le sorprendió y no le sorprendió.

Tras amasar una modesta suma en las mesas de juego, Reef se de_dicó a pasear un tiempo por Niza: se sentaba en cafés, donde bebía vino anónimo, o en bares de hotel, donde pedía Marquises de piña que acompañaba de copas de trois-six. Pero no se veía llevando una vida de flâneur para siempre. Lo que de verdad necesitaba era ir a volar algo. Aclararse las ideas. Apenas se le había ocurrido cuando vio aparecer a nada menos que su viejo 'compañero' Flaco del Túnel Simplón, más anarquista y pirado por la dinamita que nunca, que ya es decir.

– ¡Flaco! ¿Qué andas haciendo por estos lares?

– Volví a México por un tiempo, casi la palmo en un trabajo en una refinería, tuve que gastar bastante dinero y salir pitando. Pero ¿sa_bes a quién vi en Tampico? ¡A tu hermano Frank! O Pancho, que es como le llaman allí. Y me pidió que te dijera que «había pillado a uno de ellos». Dijo que tú ya lo entenderías.

– Vaya, el bueno de Frank. Bien hecho. ¿Y no te mencionó a cuál?

– No, eso fue todo lo que me dijo. Tenía tres vagones cargados de explosivos que quería vender, de esos pequeños torpedos para los po__moso. Fuimos al mercado a comprar algunos, y él nos hizo un precio razonable.zos de petróleo que llevan un cuarto de nitro cada uno, ¿sabes? Her 'Buen hombre', tu hermano.

– Mira, si vuelves a verlo dile que se cuide bien el culo ahí abajo.

– Claro que lo veré. ¡Eh! En México todo el mundo vuelve a ver__lla está encendida. Regreso en cuanto pueda.se, ¿sabes por qué? Porque allí todo está a punto de explotar. La ceri

– ¿Algo importante esta vez?

– '¡Seguro, ése!' Y también muy divertido. Diversión para todos. ¿Quieres venir?

– No sé. ¿Crees que debo?

– Debes. ¿Qué coño hay que hacer aquí?

Bueno, lo primero que le venía a la cabeza era la vieja, lamenta__cha de Ruperta, Reef había estado trabajando sin mucha información, y es posible que Vibe ya ni estuviera a esta orilla del océano. Y desde la fría separación con Kit, su corazón, a decir verdad, tampoco había estado mucho por la labor…ble e inacabada saga, tan desdichadamente abortada en Venecia, de Scarsdale Vibe, al que, de hecho, Reef debería estar siguiendo ahora mismo, esperando que se presentara la gran ocasión. Pero desde la mar

– Me alojo en la ciudad vieja -dijo Flaco-, cerca de Limpia, el bar_co zarpa pasado mañana, ya conoces aquel bar, L'Espagnol Clignant, puedes dejar un mensaje a Gennaro.

– Sin duda será agradable, 'mi hijo' -dijo Reef-. Como en los vie_jos tiempos que casi recuerdo.

Flaco le miró de cerca.

– Te traes algo entre manos aquí, ¿es eso?

No había motivos para no confiar en él, dado lo que recordaba del odio inflexible de Flaco hacia todos los personajes importantes que quedaban por asesinar a ambas orillas del Atlántico.

Se sentaron en la terraza de un café detrás de la Plaza Garibaldi.

– Intento evitar lugares como éste -murmuró Flaco-, Es el típico objetivo burgués que a los anarquistas les gusta volar.

– Podríamos buscar otro sitio.

– Al infierno, confiemos en la cortesía profesional -dijo Flaco- y en las leyes de la probabilidad.

– Una cosa es intentar llegar a un acuerdo honorable con tus muer____________________tos de hueso, cartílago y tejido blando; astillas de todos los tamaños mente que durante varios días los que sobrevivieron a la explosión no estarían seguros de si había ocurrido de verdad, ni llegarían a creerse que nadie hubiera deseado sumir tal ejemplo de cortesía, fruto de una larga evolución cuidadosamente trabajada, en esa eclosión desintegradora: una lluvia densa y prolongada de trozos de cristal verde, claro, ámbar y negro, saltando de ventanas, espejos, vasos, jarras y botellas de absenta, vino, almíbares de fruta, whisky de años y orígenes variados; sangre humana por todas partes, de arterias, venas y capilares; fragmenfectado de valores burgueses. Me han acabado gustando estos cafés, con su ir y venir de la vida ciudadana, prefiero estar aquí disfrutando sin preocuparme a todas horas por si estalla una bomba… -Que es, claro, el momento exacto en que sucedió, tan inesperada y ruidosatos y mantenerlo -le pareció a Reef-, y otra muy distinta ir por ahí sembrando muerte como puedas. Y no me vengas con que estoy inarrancadas de los muebles; metralla de latón, zinc y cobre, tanto de placas desgarradas como de los diminutos clavos del marco de los cua____________________pido para que nadie más que los ángeles de la destrucción lo leyeran.diodía, como un largo mensaje de heliógrafo enviado demasiado rádros; vapores nitrosos, fluidos sueltos de humo tan negro que no se veía a través…; un inmenso y fulgurante movimiento hacia arriba y de vuelta hacia abajo, hacia afuera y al otro lado de la calle y por toda la manzana, bajo los rayos de un completamente indiferente sol de me

Y la explosión dejó a estos tan grave e inesperadamente heridos burgueses llorando como niños, niños otra vez, sin más obligación que la de parecer lo bastante desamparados y dignos de compasión para conmover a aquellos que tenían los medios para defenderlos, los pro__dad de fingir madurez, necesidad en plena vigencia hasta hacía apenas unos segundos.tectores provistos de armas modernas y disciplina inquebrantable, ¿y por qué tardaban tanto? Mientras lloraban se dieron cuenta de que podían mirarse a los ojos, como si se hubieran liberado de su necesi

– Flaco, mierda, no sería uno de tus locos hijoputas, ¿verdad? -pre____________________ba de la mesa y agarrar a Flaco por la camisa-. ¿Todavía tienes la cabeza en su sitio?tero. Se las arregló para salir arrastrándose de debajo de lo que quedaguntó Reef mirando con interés la sangre que parecía cubrirle por en