Frank sabía que cada vez que el 'brujo' le hablaba a un blanco de «senderos» no estaba pensando demasiado amablemente en el ferro____________________discriminadamente, para venderlo, para sacrificarlo, para dejarlo fuera del alcance del amor.neraciones de ciudadanos sombríos y endurecidos, sin principios, que gobernaban con un poder sin restricciones; el tren se llevaba todo innicos económicos y ejércitos de hombres y mujeres sin trabajo, y gepetaba, ¿quién en un momento u otro no había odiado el ferrocarril? Penetraba y separaba ciudades, manadas salvajes y cuencas, creaba pácarril, que, como la mayoría de su pueblo, aborrecía por destruir la tierra y lo que en el pasado había crecido y vivido allí. Frank lo res
Wren se subió al tren de Juárez un día de finales de octubre. Frank había pensado acompañarla a caballo al menos hasta el Cruce de San Pedro, pero llegado el momento descubrió que no podía.
– Saludaré de tu parte a las chicas de Market Street -dijo ella, y aunque su beso se alargó durante lo que podrían haber sido horas, tenía tan poco que ver con el tiempo del reloj que ella ya estaba a ki_lómetros de distancia sobre esos raíles antes incluso de que sus labios se rozaran.
Reef, Yashmeen y Cyprian, tras pasar unas semanas provechosas en Biarritz y Pau antes de la pausa estacional en que los turistas in_gleses dejaban paso a los del continente, volvían ahora hacia el este, a los casinos de la Riviera, y pasaron por el balneario anarquista de Yz-les-Bains, oculto cerca de las faldas de los Pirineos, entre escarpa__jos con guirnaldas. Columnas blancas y pasajes abovedados en sombras surgían de las brumas de undas laderas cubiertas con viñas de maduración tardía, cuyos brotes eran protegidos de las primeras heladas por soportes que parecían crucifi gave alegremente ruidoso, situado a poca distancia valle arriba, más allá del cual se hallaba el punto de partida de una ruta secreta y segura que entraba y salía de España. Veteranos de la lucha de Cataluña, antiguos residentes de Montjuich, devotos del hachís de camino a Tánger, refugiados de lugares tan lejanos como Estados Unidos y Rusia, todos encontraban alojamiento en este ve__llos que estaban en contra de la mercantilización del refugio humano sacaban a menudo modestas sumas en una docena de monedas y se las dejaban a Lucien, el conserje.nerable oasis sin que les cobraran, aunque en la práctica incluso aque
En la ciudad, en una plaza elíptica que se abría inesperadamen____________________nes, que mostraban una austeridad, unameros tiempos de una veta de plata, de no ser por esos jóvenes solemnas de pequeños grupos, como bañistas junto al mar, con sus ollas de café, hogueras para cocinar, petates, flores en macetas, toldos y tiendas. A Reef podría haberle recordado un campamento minero en los prite, al sol de media tarde y sus largas sombras, habían acampado doce penultimancia ante un futuro inefable, una Idea Única, cuya fuerza superaba a todo lo demás. Aquí no se trataba de oro ni de plata, sino de otra cosa. Reef no acababa de entender del todo de cuál.
Agrupado cerca de uno de los focos de la elipse, un coro ensaya_ba una especie de contra-Te Deum, más desperamus que laudamus, que daba noticia del frío y la oscuridad que se avecinaban. Reef creyó reconocer rostros de los túneles, Yashmeen de los tiempos de Chunx_ton Crescent, mientras que Cyprian, tras un momento en blanco, se asombró al descubrir nada menos que al bueno de Ratty McHugh, con una barba aparentemente suya, sandalias y un gorro de los pastores de cabra locales.
– ¿Ratty?
– Aquí soy «Reg». -Lo que a Cyprian le llamó la atención, más que cualquier cambio de atuendo, fue el brillo de un despertar del espíritu, algo que Ratty, liberado inequívocamente de la rígida más____________________canto de chica; ahí está.vió el beso, sino que dejó lo que estaba haciendo y se vino conmigo. Lo dejó todo, así, de buenas a primeras. Sophrosyne Hawkes, un enfesional en el gobierno, todo eso se acabó para mí, y, a decir verdad, por culpa tuya, Cyprian. El modo en que trataste a Theign fue toda una inspiración para muchos de nosotros, de repente hubo vacantes de personal por todo Whitehall, que en algunos departamentos casi equivalió a una deserción en masa. A menos que hayas trabajado allí, no puedes hacerte una idea de la alegría que sentí al liberarme por fin de aquello. Fue como ir en patines sobre hielo; una buena mañana, sencillamente me deslicé por la puerta del director, al que ni siquiera recordaba haber abierto antes, irrumpí en una reunión, me despedí, de camino a la salida besé a la mecanógrafa, que no sólo me devolner-. No estoy disfrazado, no, éste es mi verdadero yo; la carrera procara de su viejo yo burocrático, todavía estaba aprendiendo a conte
– Y esa joven de rostro familiar con la que está hablando, ¿no es…?
Ratty resplandeció.
– Sí, ciertamente es la señora McHugh, mi querida esposa, a la que le encantará volver a verte. Mientras tanto, ¿necesitas alguna ayuda para sacarte las cejas de debajo del sombrero?
– Sí, de verdad, Cyprian -dijo Yashmeen-, tú precisamente.
– No estaba…
– En realidad tuve un poco de suerte -dijo Ratty-, no fue algo que hubiera planeado o ni siquiera mereciera. Volví a casa aquella noche con la buena de Sophrosyne esperando un baño de sangre, pero las dos se llevaron bien desde el principio. Misterios de la feminidad. Nos pasamos toda la noche despiertos contándonos nuestros más profun__cipio, ya antes de que nos casáramos, de hecho, Jenny había sido una especie de criptosufragista, y cada vez que iba a «visitar a su madre», las dos acudían en realidad a manifestaciones o insultaban a voz en grito a los ministros del gobierno o rompían escaparates, o cosas así.dos, bueno, casi más profundos, secretos, y resultó que desde el prin
– ¿Por qué no me lo contaste antes? -había preguntado Ratty.
– Tu cargo, querido Reginald. No habría sido muy oportuno para ti, la verdad; a ver, me refiero a que atacábamos Whitehall cada dos por tres, ¿no?
– Pues ahora es todo tuyo, mi cebolla picante. Puedes ir y dar los martillazos que te plazca, aunque sugeriría algo más sutil, como lo que hacen los ladrones: un poco de melaza y papel de envolver para evitar los cortes de los cristales rotos, ya sabes…
– ¿Y tampoco te importaría si fuera a prisión, sólo por un ratito?
– Claro que me importaría, me espantaría, mi galletita energética, pero intentaría sobrellevarlo de algún modo. -Y así se alargaron has_ta la náusea.
Cuando Jenny salió por fin de la prisión de Holloway luciendo el broche de honor diseñado por Sylvia Pankhurst para las veteranas de aquel lugar deprimente, Ratty, tras escuchar rumores y prestar aten__creto que, con el tiempo, conduciría al alegre ción a mensajes que previamente habría ignorado o desechado como disparates sobrenaturales, había descubierto el camino a un sendero seménage hasta aquí, a las tierras ocultas de Yz-les-Bains y más allá.
– ¿Y entonces ahora trabajas para…?
Ratty se encogió de hombros.
– Míranos. Supongo que trabajamos los unos para los otros. Sin rangos, sin títulos, sin cadena de mando…, sin estructura, en realidad.
– ¿Y cómo planeáis las cosas? -quiso saber Yashmeen-, ¿cómo asignáis las tareas o coordináis los esfuerzos? Ese tipo de cosas.
– Sabiendo lo que hay que hacer. Lo que por lo general sólo re_quiere sentido común.
– Se parece a lo que decía John McTaggart Ellis McTaggart -mur_muró ella.
– La sala de descanso estudiantil de una facultad, sin maestro -re_cordó Ratty-. Umm. Bueno, puede que no exactamente.
– Y cuando salís a trabajar, ¿qué soléis llevar? -era lo que Reef quería saber.
– Se pilla lo que se puede -supuso Ratty-, cualquier cosa, desde pequeñas pistolas de espiga antiguas hasta el último modelo Hotchkiss.