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Lee Sawyer se llevó una agradable sorpresa cuando supo que tendría que ir a California para hablar con Charles Tiedman. Había llamado a la Reserva Federal y allí le habían dicho que Tiedman estaba en Washington. Aunque eran casi las tres de la mañana, Tiedman, habituado al horario de la costa Oeste atendió de inmediato la llamada del agente. De hecho, Sawyer tuvo la impresión de que el presidente del banco de la Reserva Federal en San Francisco estaba ansioso por hablar con él.

Se encontraron en el hotel Four Seasons de Georgetown en una habitación privada junto al restaurante del hotel, que estaba cerrado. Tiedman era un hombre pequeño, sesentón, muy bien afeitado y que tenía el hábito de cruzar y descruzar las manos continuamente. Incluso a estas horas de la madrugada, vestía con un discreto traje color gris con chaleco y pajarita. Una elegante cadena de reloj de oro le cruzaba el chaleco. Sawyer se imaginó al atildado banquero con una gorra de fieltro conduciendo un deportivo descapotable. Su aspecto conservador pegaba mucho más con la costa Este que con la Oeste, y Sawyer no tardó en averiguar que Tiedman había pasado muchos años en Nueva York antes de trasladarse a California. Durante los primeros minutos de la entrevista, Tiedman había buscado el contacto visual directo con el agente del FBI, pero ahora mantenía la mirada de sus ojos grises fija en la moqueta.

– Tengo entendido que conocía a Arthur Lieberman muy bien -dijo Sawyer.

– Fuimos juntos a Harvard. Comenzamos a trabajar en el mismo banco. Fui su padrino de bodas, y él de la mía. Era uno de mis más viejos y queridos amigos.

Sawyer aprovechó la oportunidad en el acto.

– El matrimonio acabó en divorcio, ¿verdad?

– Así es -contestó Tiedman, que alzó la mirada.

– De hecho -Sawyer consultó su libreta-, fue más o menos en el mismo momento en que le consideraban como posible presidente de la Reserva.

Tiedman asintió.

– Algo poco oportuno.

– Y que lo diga. -Tiedman se sirvió un vaso de agua de la jarra que tenía en una mesa junto al sillón y bebió un buen trago. Tenía los labios secos y agrietados.

– Me han dicho que el juicio de divorcio se inició de una manera muy agria pero que muy pronto llegaron a un acuerdo y, en realidad, no afectó a su nominación. Supongo que Lieberman tuvo suerte.

– ¿Va en serio eso de que tuvo suerte? -replicó Tiedman, airado.

– Me refiero a que consiguió el cargo. Supongo que usted, como amigo íntimo de Arthur, sabrá mucho más del tema que cualquier otro. -Sawyer dirigió al banquero una mirada interrogativa.

Tiedman permaneció en silencio durante un minuto entero, después exhaló un suspiro, dejó el vaso y se arrellanó en el sillón. Esta vez miró directamente a su visitante.

– Si bien es cierto que se convirtió en presidente de la Reserva, a Arthur le costó todo lo que había ganado durante muchos años de trabajo conseguir solucionar el problema del divorcio, señor Sawyer. No fue justo después de una carrera como la suya.

– Pero el presidente de la Reserva gana un buen dinero. Sé cuánto cobraba. Ciento treinta y tres mil seiscientos dólares al año. No es un sueldo despreciable.

– Quizá no, pero Arthur, antes de asumir el cargo, ganaba centenares de miles de dólares. En consecuencia, tenía gustos caros y algunas deudas.

– ¿Muy elevadas?

La mirada de Tiedman se fijó otra vez en el suelo.

– Digamos que la deuda era un poco más de la que podía permitirse con el sueldo de la Reserva, aunque parezca mucho.

Sawyer pensó en este dato mientras planteaba otra pregunta.

– ¿Qué me puede decir de Walter Burns?

Tiedman miró bruscamente a Sawyer.

– ¿Qué quiere saber?

– Sólo detalles de su historial -contestó Sawyer con un tono inocente.

– No tengo la menor duda de que Burns sucederá a Arthur como presidente -afirmó con aire resignado-. Es lo que toca. Era su fiel seguidor. Walter votaba siempre lo mismo que votaba Arthur.

– ¿Eso estaba mal?

– No siempre.

– ¿Qué quiere decir?

En el rostro del banquero apareció una expresión tajante mientras miraba al agente.

– Significa que nunca es prudente seguir el juego cuando el buen sentido dicta otra cosa.

– O sea que usted no estaba siempre de acuerdo con Lieberman.

– Lo que quiero decir es que los miembros de la junta de la Reserva Federal están en sus cargos para opinar según los dicte su mejor juicio y criterio, y no para asentir con los ojos cerrados a propuestas que tienen poca base en la realidad y que pueden tener consecuencias desastrosas.

– Esa es una afirmación muy seria.

– El nuestro es un trabajo muy serio.

Sawyer consultó las notas de su conversación con Walter Burns.

– Burns dijo que Lieberman cogió al toro por los cuernos desde el principio para conseguir la atención del mercado, para sacudirlo. Por lo que se ve, usted cree que no fue una buena idea.

– Ridícula sería el término más adecuado.

– Si era así, ¿por qué la mayoría la aceptó? -El tono de Sawyer era escéptico.

– Hay una frase que los críticos de las predicciones económicas utilizan con frecuencia. Dele a un economista el resultado que usted quiere, y él encontrará las cifras que lo justifiquen. Esta ciudad está llena de expertos que analizan las mismas cifras y las interpretan de las formas más disparatadas, ya sea el déficit del presupuesto federal, ya sea el superávit de la seguridad social.

– O sea que esos datos pueden ser manipulados.

– Desde luego. Todo depende de quién paga la factura y los fines políticos que se quieran promocionar -afirmó Tiedman con un tono áspero-. Sin duda usted conoce el principio de que por cada acción hay una reacción idéntica y contraria. -Sawyer asintió-. Bien, estoy convencido de que su origen es más político que científico.

– No se ofenda, pero ¿no podría ser que ellos consideraran equivocados sus puntos de vista?

– No soy omnisciente, agente Sawyer. Sin embargo, estoy involucrado íntimamente con los mercados financieros desde hace cuarenta años. He visto economías sanas y otras arruinadas. Mercados en alza y hundidos. He visto a presidentes de la Reserva que llevaban a cabo acciones inmediatas y efectivas cuando se enfrentaban a una crisis y a otros que erraban lamentablemente. Un inoportuno aumento de medio punto en el interés de los fondos de la Reserva puede representar la pérdida de centenares de miles de puestos de trabajo y arruinar sectores enteros de la economía. Es un poder enorme que no se puede ejercer a la ligera. El errático comportamiento de Arthur con los fondos de la Reserva puso en grave peligro el futuro económico de todos los ciudadanos de este país. Yo no estaba equivocado.

– Creía que usted y Lieberman estaban unidos. ¿No le pidió su consejo?

Tiedman, nervioso, se retorció uno de los botones de la chaqueta.

– Arthur acostumbraba a consultarme. A menudo. Dejó de hacerlo durante un período de tres años.

– ¿Fue el período en que jugó a placer con los tipos de interés?

– Llegué a la conclusión, como otros miembros de la junta, que Arthur estaba decidido a pinchar sin piedad a un mercado financiero apático. Pero esa no era la misión de la junta, resultaba demasiado peligroso. Viví los últimos coletazos de la gran depresión. No tengo ningún deseo de repetirlo.

– Nunca me había dado cuenta de que la junta ejerciera tanto poder.

Tiedman lo miró, severo.

– ¿Sabe usted que cuando decidimos subir los tipos conocemos exactamente cuántos negocios irán a la quiebra, cuántas personas perderán su trabajo, cuántos hogares se hundirán en la miseria? Tenemos todos los datos, todo muy bonito y bien presentado. Para nosotros sólo son cifras. Nunca, oficialmente, miramos detrás de los números. Si lo hiciéramos, creo que si lo hiciéramos ninguno de nosotros tendría el estómago para hacer este trabajo. Yo sé que no podría. Quizá si comenzáramos a seguir las estadísticas de suicidios, asesinatos y otros actos criminales, comprenderíamos mejor los vastos poderes que ejercemos sobre nuestros compatriotas.