Sawyer decidió enfocar el tema desde otro ángulo.
– De acuerdo. ¿Lieberman había actuado de forma extraña últimamente? ¿Le preocupaba alguna cosa? ¿Sabe si había recibido alguna amenaza?
Burns meneó la cabeza.
– ¿El viaje a Los Ángeles era algo normal?
– Muy normal. Arthur tenía una reunión con Charles Tiedman, presidente del banco de la Reserva Federal en San Francisco. Visitaba a todos los presidentes, y además él y Charles eran viejos amigos.
– Un momento. Si Tiedman es presidente del banco en San Francisco, ¿por qué Lieberman iba a Los Ángeles?
– Allí hay una sucursal de la Reserva. Además, Charles, y su esposa viven en Los Ángeles y Arthur iba a alojarse en su casa.
– Pero ¿no se había visto con Tiedman en la reunión de noviembre?
– Así es. Pero el viaje de Arthur a Los Ángeles estaba dispuesto con mucha antelación. Fue sólo una coincidencia que ocurriera inmediatamente después de la reunión del FOMC. Sin embargo, sé que estaba ansioso por hablar con Charles.
– ¿Sabe la razón?
– Tendrá que preguntárselo a Charles.
– ¿Alguna cosa más que pueda ayudarme?
Burns consideró la pregunta durante unos instantes, y después volvió a menear la cabeza.
– No recuerdo nada en el pasado personal de Arthur que pueda haber conducido a esta abominación.
– Le agradezco la información, Walter -dijo Sawyer mientras se levantaba y le tendía la mano a Burns.
En el momento en que Sawyer se daba la vuelta, Burns le sujetó del hombro.
– Agente Sawyer, la información que manejamos en la Reserva es tan enormemente valiosa que la más mínima filtración puede representar unos beneficios increíbles para algunas personas sin escrúpulos. Supongo que con los años me he vuelto muy reservado precisamente para evitar algo así.
– Lo comprendo.
Burns apoyó una mano regordeta sobre la puerta cuando el agente que acababa de abrocharse el abrigo se disponía a salir.
– ¿Qué? ¿Ya tiene algún sospechoso?
El agente miró a Burns por encima del hombro.
– Lo siento, Walter, en el FBI también tenemos secretos.
Henry Wharton, sentado detrás de su mesa, golpeaba nervioso la moqueta con la punta del zapato. El socio gerente de Tylery Stone era bajo de estatura, pero un gigante en conocimientos legales. Bastante calvo y con un bigotito gris, era el retrato típico del socio principal de un gran bufete. Después de representar durante treinta y cinco años a la élite de las empresas norteamericanas, no era fácil de intimidar. Pero si había alguien capaz de intentarlo, era el hombre que tenía delante.
– ¿Así que eso fue todo lo que dijo? ¿Que no sabía que su marido estaba en el avión? -preguntó Wharton.
Nathan Gamble se miró las manos con los ojos entrecerrados. Después miró a Wharton y el abogado se sobresaltó.
– Eso fue lo único que le pregunté.
– Comprendo. -Wharton meneó la cabeza apenado-. Cuando hablé con ella estaba destrozada. Pobrecita. Semejante choque, una cosa como ésa, tan inesperada. Y…
Wharton se interrumpió al ver que Gamble se levantaba para ir hasta la ventana detrás de la mesa del abogado. El magnate contempló el panorama de Washington iluminado por el sol del mediodía.
– Se me ha ocurrido, Henry, que te corresponde a ti hacer más preguntas.
Puso una mano sobre el hombro de Wharton y lo apretó con suavidad.
– Sí, sí -asintió Wharton-. Entiendo tu posición.
Gamble se acercó a la pared del lujoso despacho donde estaban colgados numerosos diplomas de las universidades más prestigiosas.
– Muy impresionante. Yo no acabé el instituto. -Miró al abogado por encima del hombro-. No sé si lo sabías.
– No lo sabía -dijo Wharton en voz baja.
– Pero creo que, a pesar de eso, no me ha ido tan mal.
Gamble encogió los hombros.
– Y que lo digas. Has triunfado en toda la línea.
– Caray, empecé sin nada, y probablemente acabaré de la misma manera.
– Es difícil de creer.
Gamble se tomó un momento para enderezar uno de los diplomas. Se volvió otra vez hacia Wharton.
– Pasemos a los detalles. Creo que Sidney Archer sabía que su marido estaba en aquel avión.
– ¿Piensas que te mintió? -Wharton le miró atónito-. No te ofendas, Nathan, pero no me lo creo.
Gamble volvió a sentarse. Wharton iba a añadir algo más, pero el otro le hizo callar con una mirada.
– Jason Archer -dijo el millonario- trabajaba en un gran proyecto: organizar todos los archivos financieros de Tritón para el trato con CyberCom. El tipo es un maldito genio de la informática. Tenía acceso a todo. ¡A todo! -Gamble señaló con un dedo por encima de la mesa. Wharton, nervioso, se frotó las manos pero continuó callado-. Ahora bien, Henry, tú sabes que necesito ese trato con CyberCom, al menos es lo que me dice todo el mundo.
– Una unión absolutamente brillante -opinó Wharton.
– Algo así. -Gamble sacó un puro y se tomó unos momentos para encenderlo. Lanzó una bocanada de humo hacia una esquina de la mesa-. En cualquier caso, por un lado tengo a Jason Archer, que conoce todo mi material, y por el otro tengo a Sidney Archer, que dirige mi equipo de negociadores. ¿Me sigues?
Wharton frunció el entrecejo desconcertado.
– Me temo que no, yo…
– Hay otras compañías que quieren a CyberCom tanto como yo. Pagarían lo que sea para conocer los términos de mi acuerdo. Si los consiguen, me joderían vivo. Y no me gusta que me follen, al menos de esa manera. ¿Me comprendes?
– Sí, desde luego, Nathan. Pero…
– Y también sabes que una de las compañías que quiere meterle mano a CyberCom es RTG.
– Nathan, si estás sugiriendo que…
– Tu bufete también representa a RTG -le interrumpió el otro.
– Nathan, ya sabes que nos hemos ocupado de eso. Este bufete no está representando a RTG en su oferta por CyberCom en ningún aspecto.
– Philip Goldman todavía es socio de aquí, ¿no? Y todavía es el principal abogado de RTG, ¿verdad?
– Desde luego. No podíamos pedirle que se marchara. Sólo se trataba de un conflicto entre clientes y uno que ha sido más que sobradamente compensado. Philip Goldman no está trabajando con RTG en su oferta por CyberCom.
– ¿Estás seguro?
– Segurísimo -afirmó Wharton sin vacilar.
Gamble se alisó la pechera de la camisa.
– ¿Tienes vigilado a Goldman las veinticuatro horas del día, le has pinchado los teléfonos, lees su correspondencia, sigues a sus socios?
– No, claro que no.
– Entonces, no puedes estar seguro de que no trabaja para RTG y en contra de mí, ¿verdad?
– Tengo su palabra -replicó Wharton-. Y tenemos algunos controles.
Gamble jugó con el anillo que llevaba en uno de los dedos.
– En cualquier caso, no puedes saber en qué están metidos tus otros socios, incluida Sidney Archer, ¿no es así?
– Ella es una de las personas más íntegras que conozco, por no mencionar que es una mente brillante -afirmó Wharton, enfadado.
– Sin embargo, ella no tenía ni puñetera idea de que su marido viajaba en un avión a Los Ángeles, donde da la casualidad que RTG tiene la oficina central. Eso es mucha coincidencia, ¿no te parece?
– No puedes culpar a Sidney por las acciones de su marido.
Gamble se quitó el puro de la boca y con un gesto parsimonioso se limpió un resto de ceniza de la solapa de la chaqueta.
– ¿Cuánto le facturas al año a Tritón, Henry? ¿Veinte millones, cuarenta? Puedo conseguir la cifra exacta cuando regrese a la oficina. Ronda esa cantidad, ¿no? -Gamble se puso de pie-. Tú y yo nos conocemos desde hace años. Conoces mi estilo. Si alguien cree que puede aprovecharse de mí, se equivoca. Quizá me llevará algún tiempo, pero si alguien me apuñala, se lo devuelvo por partida doble. -Gamble dejó el puro en un cenicero, apoyó las manos sobre la mesa y se inclinó hacia delante hasta poner la cara a un palmo del rostro de Wharton-. Si pierdo CyberCom porque mi propia gente me ha vendido, cuando salga a por los responsables seré como el Misisipí cuando se desborda. Habrá muchas víctimas potenciales, la mayoría personas inocentes, pero no me preocuparé en averiguar cuáles son. ¿Me comprendes? -Gamble hablaba en voz baja y tranquila, pero, de todas maneras, Wharton sintió como si le hubiesen dado un puñetazo.