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– No encontramos nada parecido a eso.

– No tenía por qué estar necesariamente en la bolsa. La vio en la televisión y decidió que podía hacerse con ella.

– Entonces, ¿crees de verdad que estuvo en este asunto desde el principio?

Sawyer se sentó, cansado.

– No lo sé, Ray. Tampoco lo tengo muy claro. -Esto no era del todo cierto, pero Sawyer no quería ponerse a discutir con su compañero.

– ¿Y qué me dices del sabotaje al avión? ¿Cómo encaja?

– ¿Quién sabe si encaja? -contestó Sawyer con un tono brusco-. Quizá no están relacionados. Tal vez él pagó para que sabotearan el avión y tapar el rastro. Eso es lo que Frank Hardy cree que sucedió. -Sawyer se había acercado a la ventana mientras hablaba. Lo que vio en la calle lo llevó a finalizar la conversación casi en el acto.

– ¿Alguna cosa más, Ray?

– No, es todo.

– Bien, porque tengo que correr.

Sawyer colgó el teléfono, cogió la cámara y comenzó a sacar fotos. Después, se apartó de la ventana y observó mientras Paul Brophy miraba a un lado y a otro de la calle, subía los escalones del Lafitte Guest House y entraba en el hotel.

Capítulo 36

El ruido y la alegría asociados con Jackson Square marcaban un fuerte contraste con la actividad mucho más modesta que reinaba en las calles del barrio francés a esa hora de la mañana. Músicos, malabaristas, equilibristas en velocípedos, intérpretes del Tarot y artistas de un talento que iba de lo soberbio a lo mediocre competían por la atención y los dólares de los pocos turistas que paseaban a pesar del mal tiempo.

Sidney pasó por delante de la catedral de San Luis con sus tres torres en busca de una cafetería. También seguía las instrucciones de su marido. Si él no se había puesto en contacto con ella en el hotel a las 10, Sidney debía ir a Jackson Square. La estatua ecuestre de Andrew Jackson, que había dignificado la plaza durante los últimos ciento cuarenta años, pareció cernirse sobre Sidney cuando pasó frente a ella camino del Frech Market Place en Decatur Street. Sidney había visitado la ciudad en varias ocasiones, durante sus años de estudiante, a una edad en que había sido capaz de sobrevivir al Mardi Gras e incluso disfrutar y participar en el beber sin ton ni son.

Se sentó en la terraza del café con vistas al río y, mientras bebía un café bien caliente y mordisqueaba sin mucho entusiasmo un cruasán con demasiada mantequilla, se entretuvo contemplando el paso de las barcazas y los remolcadores que navegaban lentamente por el poderoso Misisipí en dirección al enorme puente que se veía a lo lejos. A menos de cien metros de ella y apostados a cada lado, estaban los equipos del FBI. Los aparatos de escuchas que apuntaban discretamente hacia ella podían captar cualquier palabra que dijera o le dijeran.

Sidney Archer permaneció sola durante unos minutos. Acabó el café y siguió sumida en sus pensamientos con la mirada puesta en las crestas blancas de las olas.

– Tres dólares con cincuenta a que puedo decirle dónde guarda los zapatos.

Sidney salió de su ensimismamiento y miró asombrada el rostro de su interlocutor. Detrás de ella, los agentes avanzaron un paso, alertas. Se hubieran lanzado a la carrera cuando el hombre se acercaba pero no lo hicieron porque el tipo era negro, bajo y rondaba los setenta años. Aquel no era Jason Archer. Pero podía ser algo.

– ¿Qué? -Sidney sacudió la cabeza para despejarse.

– Sus zapatos. Yo sé dónde guarda sus zapatos. Le apuesto tres dólares y medio a que tengo razón. Se los limpiaré gratis si pierdo. -Los bigotes blancos caían sobre la boca casi desdentada. Sus ropas eran poco menos que andrajos. Sidney se fijó en el cajón del limpiabotas que estaba a su lado sobre el banco.

– Lo siento. No quiero que me los limpie.

– Venga, señora. Le diré una cosa, se los limpiaré gratis si acierto, pero tendrá que darme el dinero. ¿Qué puede perder? Conseguirá una limpieza de primera por un precio muy razonable.

Sidney estaba a punto de negarse una vez más cuando vio las costillas que sobresalían por la raída camisa casi transparente. Miró los zapatos agujereados de los que sobresalían los dedos retorcidos y llenos de callos. Sonrió y abrió el bolso para sacar el dinero.

– No, no, eso no vale, señora. Lo siento. Tiene que jugar o no hacemos negocios. -Había bastante orgullo en su voz. Recogió el cajón.

– Espere. De acuerdo -dijo Sidney.

– Vale, ¿así que no se cree que sé dónde guarda los zapatos, ¿verdad?

Sidney Archer meneó la cabeza. Guardaba sus zapatos en un mueble que había comprado en un anticuario en el sur de Maine hacía cosa de dos años. La tienda había cerrado hacía tiempo. El limpiabotas llevaba las de perder.

– Lo siento, pero no creo que acierte -contestó.

– Pues voy a decirle dónde guarda sus zapatos. -El hombre hizo una pausa teatral y después comenzó a reírse mientras señalaba-. Los guarda en los pies.

Sidney se unió a sus carcajadas.

Detrás de ellos, los dos agentes que manejaban los equipos de escucha también sonrieron.

Después de saludar con una burlona reverencia a su público, el viejo se arrodilló y puso manos a la obra. No dejaba de charlar mientras sus hábiles manos devolvían a los zapatos opacos de Sidney un brillo de nuevo.

– Buen cuero, señora. Le durarán muchísimo si los cuida. Los tobillos tampoco están mal, todo sea dicho.

Sidney le agradeció el cumplido con una sonrisa mientras el hombre comenzaba a guardar sus cosas en el cajón. Abrió el bolso, sacó tres dólares y comenzó a buscar las monedas.

– No se preocupe, señora, tengo cambio -se apresuró a decir el hombre.

Ella le dio un billete de cinco y le dijo que se quedara con el cambio.

– De ninguna manera. -Meneó la cabeza-. El trato eran tres cincuenta y soy nombre de palabra.

A pesar de las protestas de Sidney, él le devolvió un billete arrugado de un dólar y una moneda de cincuenta centavos. Al coger la pieza de plata, notó el trocito de papel enganchado. Lo miró asombrado. El hombre le dedicó una sonrisa al tiempo que acercaba la mano a la visera de la gorra.

– Ha sido agradable hacer negocios con usted, señora. No lo olvide, cuide bien sus zapatos.

El limpiabotas se marchó. Sidney guardó el dinero en el bolso, esperó unos minutos más y después se levantó para ir al interior del French Market Place. Se dirigió al lavabo de señoras. Se metió en uno de los reservados y con manos temblorosas desplegó el papel. El mensaje era breve y estaba escrito en letras de molde. Lo leyó varias veces antes de arrojarlo al inodoro.

Mientras caminaba por Dumaine Street hacia Bourbon, se detuvo un momento para abrir el bolso. Miró su reloj de una forma muy notoria. Echó una ojeada en derredor y se fijó en la cabina de teléfonos a la entrada de un edificio de ladrillos donde funcionaba uno de los bares más grandes del barrio antiguo. Cruzó la calle, descolgó el teléfono y, con la tarjeta en una mano, marcó el número. El teléfono al que llamaba era el suyo directo en Tylery Stone. Estaba asombrada, pero esas eran las instrucciones escritas en el mensaje, y no podía hacer otra cosa que seguirlas. La voz que respondió no era de ninguna del bufete, ni tampoco su propio mensaje grabado en el contestador automático. Sidney no podía saber que su llamada acababa de ser desviada a otro teléfono muy lejos de Washington capital. Intentó mantener la calma mientras escuchaba la voz de Jason.

La policía la vigilaba, dijo su marido. No debía decir nada o mencionar su nombre. Tendrían que intentarlo otra vez. Debía volver a casa. Él se pondría en contacto. La voz de Jason transparentaba una tensión tremenda. Acabó diciendo que la quería a ella y Amy. Y que todo saldría bien.