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Sidney tenía mil y una preguntas pendientes, pero no estaba en situación de hacerlas, así que colgó el teléfono y emprendió el camino de regreso al Lafitte Guest House; estaba tan deprimida que le costaba mover las piernas. Con un enorme esfuerzo de voluntad mantuvo la cabeza bien alta e intentó caminar con normalidad. Era muy importante no reflejar en su apariencia física el inmenso terror que sentía por dentro. Era obvio que su marido tenía pánico a las autoridades, y esto minaba su fe en la inocencia de Jason. A pesar de su intensa alegría al saber que estaba vivo, se preguntó cuál sería el precio de esa alegría. Pero de momento, no podía hacer otra cosa que seguir caminando.

El hombre apagó el magnetófono y sacó el auricular del receptáculo especial instalado en el aparato. Luego, Kenneth Scales rebobinó la cinta digital. Apretó el botón de arranque y escuchó mientras la voz de Jason Archer sonaba en la habitación. Sonrió con malevolencia, apagó la máquina, sacó la cinta y salió de la habitación.

– Entró por una ventana que da al balcón -le informó a Sawyer el agente apostado en una azotea que daba a la habitación de Sidney-. Todavía está dentro -susurró el agente por la radio-. ¿Quieres que lo detenga?

– No -respondió Sawyer, que espiaba la calle a través de las persianas.

Los aparatos de escucha instalados en la habitación vecina a la de Sidney les habían informado de las intenciones de Paul Brophy. Estaba registrando la habitación. Sawyer se había equivocado mucho al creer que había algo entre los dos abogados.

– Ahora se va -le avisó el agente-. Por la parte de atrás.

– Justo a tiempo -replicó Sawyer, que acababa de ver a Sidney Archer en la calle.

En cuanto Sidney entró en el hotel, Sawyer le ordenó a un equipo que siguiera a Paul Brophy que, desilusionado, se alejaba por Bourbon Street en dirección opuesta.

Diez minutos más tarde, informaron a Sawyer que Sidney Archer había llamado a su bufete desde un teléfono público mientras hacía su paseo matinal. Durante las cinco horas siguientes no pasó nada. Pero de pronto las cosas se animaron. Sawyer vio a Sidney salir del hotel, subir a un taxi y marcharse.

Sawyer corrió escaleras abajo y al cabo de un minuto iniciaba la persecución en el mismo coche negro de la vez anterior. No se sorprendió al ver que el taxi entraba en la autopista 10, ni tampoco cuando, después de media hora de viaje, tomaba la salida del aeropuerto.

– Regresa a casa -murmuró Sawyer casi para sí mismo-. No encontró lo que buscaba, eso está claro. A menos que Archer se haya convertido en el hombre invisible. -El veterano agente se arrellanó en el asiento mientras una nueva y preocupante revelación pasaba por su cabeza-. Sabe que la seguimos.

– Imposible, Lee -dijo el conductor.

– Claro que lo sabe -insistió Sawyer-. Voló hasta aquí, esperó un día entero, después hizo una llamada y ahora regresa a su casa.

– Sé que no vio a nuestros equipos.

– No digo que los haya visto. Pero su marido o cualquier otro involucrado en este asunto los vio. Le dieron el aviso y ella regresa a su casa.

– Pero lo comprobamos. Llamó a su despacho.

– Las llamadas se pueden desviar -replicó Sawyer, impaciente.

– ¿Cómo supo a quién llamar? ¿Algo arreglado de antemano?

– ¿Quién sabe? ¿Estás seguro de que sólo habló con el limpiabotas?

– Sí. El tipo la enganchó con un cuento para turistas y después le limpió los zapatos. Era un tipo de la calle, saltaba a la vista. Le devolvió el cambio y eso fue todo.

– ¿El cambio? -Sawyer miró al conductor.

– Sí, eran tres dólares y medio. Ella le dio un billete de cinco y él le devolvió un dólar y medio. No quiso aceptar propina.

El agente se sujetó al tablero con tanta fuerza que dejó las marcas de los dedos en la superficie.

– Maldita sea, eso fue.

– El sólo le devolvió el cambio -protestó el otro, asombrado-. Los veía muy bien con los prismáticos. Escuchamos todo lo que dijeron.

– Déjame adivinar. El tipo le dio una moneda de cincuenta centavos en lugar de dos de veinticinco, ¿no?

– ¿Cómo lo sabes?

– ¿Cuántos tipos de la calle conoces que rechacen una propina de un dólar y medio, y que tengan una moneda de cincuenta para dar la vuelta? ¿Y no te parece extraño que sean tres y medio en lugar de los tres o cuatro dólares habituales? ¿Por qué tres con cincuenta?

– Para obligarte a cambiar. -La voz del conductor sonó deprimida. Empezaba a entender lo ocurrido.

– Había un mensaje pegado a la moneda. -Sawyer dirigió una mirada lúgubre al taxi en el que viajaba Sidney-. Que busquen a nuestro generoso limpiabotas. Quizá pueda darnos una descripción del que lo contrató.

Los coches continuaron su trayecto hacia el aeropuerto. Sawyer no dijo nada más y se entretuvo en contemplar los aviones de colores brillantes que sobrevolaban la carretera a poca altura. Una hora más tarde, Sawyer y otros agentes subieron al reactor privado del FBI para el viaje de regreso a Washington. El vuelo directo de Sidney había despegado. Ningún agente del FBI iba en ese avión. Sawyer y los suyos habían revisado la lista de embarque y habían observado con discreción a los pasajeros mientras esperaban para embarcar. No habían visto a Jason Archer por ninguna parte. Estaban seguros de que no ocurriría nada durante el vuelo. No querían correr el riesgo de alertar todavía más a Sidney. Ya le seguirían el rastro en el aeropuerto.

El reactor que transportaba a Sawyer despegó y en unos minutos alcanzó la altitud de crucero. Sawyer se preguntó qué demonios había pasado. ¿Para qué este viaje a Nueva Orleans? No tenía sentido. Entonces se quedó boquiabierto. La niebla se había hecho menos espesa. Pero él también había cometido un error, quizás uno muy grande.

Capítulo 37

Sidney Archer probó el café que le acababan de servir. Se disponía a coger el bocadillo de la bandeja cuando vio las marcas azules en la servilleta de papel. Leyó lo escrito, y se llevó tal sorpresa que a punto estuvo de derramar el café.

«El FBI no está en el avión. Tenemos que hablar.»

La servilleta estaba en el lado derecho de la bandeja y volvió automáticamente la mirada en esa dirección. Por un momento, ni siquiera pudo pensar. Después, poco a poco, se fijó en su compañero de asiento. Tenía el pelo rubio rojizo; el rostro bien afeitado mostraba las huellas de las preocupaciones. El hombre aparentaba unos cuarenta y tantos años y vestía pantalones y camisa blanca. De una estatura aproximada de metro ochenta, sacaba las largas piernas al pasillo para estar más cómodo. El desconocido bebió un trago de su bebida, se secó los labios con una servilleta y se volvió.

– Usted me ha estado siguiendo -susurró Sidney-. En Charlottesville.

– Y en muchos otros lugares. En realidad, la vigilo desde poco después que se estrellara el avión.

La mano de Sidney voló hacia el botón para llamar a la azafata.

– Yo en su lugar no lo haría.

Sidney detuvo su mano a unos milímetros del botón.

– ¿Por qué no? -preguntó con un tono desabrido.

– Porque estoy aquí para ayudarla a buscar a su marido -respondió él.

Sidney tardó un segundo en replicarle y cuando lo hizo su tono de desconfianza era evidente.

– Mi marido está muerto.

– No soy del FBI y no pretendo tenderle una trampa. Sin embargo, no puedo demostrar lo contrario, así que no lo intentaré. Pero le daré un número de teléfono donde podrá localizarme a cualquier hora del día o de la noche. -Le entregó una tarjeta con un número de teléfono de Virginia.

– ¿Por qué voy a llamarle? Ni siquiera sé quién es usted ni lo que hace. Sólo que me ha estado siguiendo. Eso no dice mucho a su favor -dijo Sidney cada vez más enojada a medida que desaparecía el miedo. El hombre no se atrevería a hacerle nada en un avión atestado.