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– Ya te lo he dicho, Jilly, tú no puedes perder.

El teléfono la despertó. Jilly lanzó un gruñido y se dio media vuelta, ignorándolo. Continuó sonando. Se tapó la cabeza con la almohada. Siguió sonando. Desesperada por poner fin a aquel ruido infernal, se levantó de la cama y con una mano en la frente, por si se le caía, llegó al horroroso aparato. Entonces, descolgó el auricular, lo dejó caer al suelo y volvió a la cama.

Tan pronto como cerró los ojos llamaron a la puerta. No podía creerlo. ¿Qué podía ser tan urgente? Pero consiguió arrastrar los pies hasta la puerta y abrirla.

Max no esperó a que le invitasen a entrar. Se dirigió directamente a la cocina y puso a hervir agua para el café. Después, llenó un vaso con agua y echó un par de pastillas contra la resaca.

– Toma, bébete esto.

Jilly dijo algo ininteligible a modo de respuesta, pero aceptó el vaso, tragó el líquido y se estremeció.

– ¿No estás acostumbrada al coñac? -preguntó Max, como si no lo supiera.

– También recuerdo haber bebido alguna que otra copa de champán -observó ella-. No estoy acostumbrada al alcohol, a ningún tipo de alcohol.

– Debería haberme dado cuenta, lo siento. No permitiré que vuelva a ocurrir.

– No vas a ser consultado, Max. Soy yo quien no va a permitirlo.

– Tienes razón. Bueno, vamos, ve a vestirte, Jilly. Tenemos un montón de cosas que hacer hoy por la mañana. Mientras tú te arreglas, yo voy a preparar café y unas tostadas.

– No quiero nada. Lo único que quiero es volverme a la cama y pasarme todo el fin de semana durmiendo. Márchate y cierra la puerta.

– ¿Dos copas de coñac y estás acabada?

– Para ser economista, Max, las cuentas se te dan muy mal -dijo Jilly, apretándose la frente con la mano-. Y si tú te encuentras bien, en mi opinión es porque tienes un problema.

– El único problema que tengo eres tú. He tenido que vender mi alma para conseguirte una cita con un peluquero al que hay que pedirle cita con tres meses de antelación.

– ¿Tu alma?

– Está bien, he exagerado un poco. Cuatro entradas para el estreno del musical de Lloyd Webber.

– ¿Cómo las has conseguido? -Jilly alzó la mano-. No, no me lo digas. Tu alma.

– En cualquier caso, haya vendido lo que haya vendido, volver a la cama es impensable.

Jilly lo miró enfadada tras una masa de pelo que parecía no haber pasado por la mano de ningún peluquero en tres años por lo menos.

– ¿Y si te digo que no quiero que me corten el pelo?

– Jilly, si no estás duchada y vestida dentro de diez minutos, te cortaré el pelo yo mismo -le advirtió Max-. Y con las tijeras de podar.

Ella se lo quedó mirando.

– ¡De qué humos te levantas!

– Tú, por supuesto, estás hecha un ángel, ¿no? Pues para que te enteres, llevo en pie desde las seis y media. Tú deberías haber hecho lo mismo y haberte ido a correr al parque, así no encontrarías tan mal.

– No me encontraría, punto. Estaría muerta.

– Ahora, la que exagera eres tú.

– Está bien, está bien -dijo Jilly, rindiéndose por fin-. Vamos, prepara un zumo de naranja y olvídate de las tostadas, estaré lista en un momento.

La ducha la ayudó. Se vistió rápidamente con unos vaqueros y una camisa. Después, se puso un chaleco y un fular alrededor del cuello.

– Toma -Max le ofreció un vaso de zumo de naranja recién hecho cuando Jilly entró en la cocina.

Jilly se alegró al notar que la mano no le temblaba al sostener el vaso.

– Creo que, en el futuro, sólo beberé esto -declaró ella.

– Toda una sentencia.

– Puede ser. Pero pase lo que pase, no vuelvas a ofrecerme coñac, Max. Nunca.

– ¿Ni siquiera si te desmayas?

– Tengo la costumbre de no desmayarme: No obstante, si se diera el caso, limítate a echarme una jarra de agua por encima. Es un remedio más rápido, más barato y menos doloroso.

– Lo tendré en cuenta -contestó Max, y sonrió traviesamente.

¿Sonrió traviesamente? Max Fleming nunca lo hacía. Valía la pena pasar una resaca por verle sonreír así.

– Bueno, ¿podemos irnos ya? -preguntó Max.

Jilly dejó el vaso en el mostrador de la cocina.

– ¿Estás seguro, Max? Sé que lo haces por ayudarme, pero…

– Agotas la paciencia de un santo, Jilly. Anoche examinamos todos los pros y los contras, ¿no?

– Pero…

– Vamos, Jilly, no tenemos tiempo para tonterías. Hay un hombre con unas tijeras en las manos que te está esperando.

– Bueno, no creo que un corte de pelo vaya a matarme.

Y en la peluquería tendría tiempo para pensar en alguna forma de argumentar en contra de ese estúpido plan, porque a la luz de la fría mañana de enero, era evidente que no podía seguirlo.

– ¿Qué demonios vamos a hacer con esto?

– Córteme sólo las puntas -dijo Jilly con firmeza.

Max la había acompañado a la peluquería en la limusina, conducida por un chofer. Allí, la había abandonado a merced de aquel hombre cuyas tijeras parecían la prolongación de sus manos.

El hombre de las tijeras ignoró el requerimiento de ella, se paseó a su alrededor y un par de veces elevó los ojos al techo mientras murmuraba palabras ininteligibles.

Su pelo fue atacado sin compasión.

Tras lo que pareció una eternidad, aquel diabólico peluquero dio por terminada su labor: se detuvo, giró sobre sus talones y se alejó de ella sin una palabra.

Jilly se quedó mirándose a sí misma delante del espejo. Era peor de lo que habría podido imaginar nunca. Su pelo, o la mayor parte de él, yacía amontonado en el suelo, a sus pies. Lo único que le quedaba eran unos cuantos mechones pegados al cuero cabelludo y a las mejillas.

Alguien la llevó a uno de los lavabos donde volvieron a lavarle el pelo. Después, se lo secaron con un secador manual. Para concluir, el loco de las tijeras se le acercó de nuevo, todo sonrisas, y empezó a cortar una vez más mientras Jilly mantenía los ojos fuertemente cerrados porque no quería ver lo que le estaban haciendo. Al cabo de un rato, una pausa. Un rumor.

La ayudante del peluquero le tocó el hombro.

– Ya puede mirar.

Jilly no quería mirar; pero como no le quedaba más remedio, acabó abriendo los ojos muy despacio. Parpadeó. Ésa no era ella. Esa chica con mechones dorados no podía ser ella. ¿O sí? Levantó una mano, se tocó el pelo y el espejo reflejó la acción.

Tragó saliva y miró al peluquero, que esperaba un comentario.

– Es… diferente -dijo Jilly por fin. El peluquero no contestó.

– Nunca he llevado el pelo corto. A mi madre va a… -a su madre le iba a dar un ataque-. Me ha cambiado un poco el color.

El hombre al que había que pedir cita con tres meses de antelación dijo:

– Sólo unos reflejos.

– Gracias -dijo Jilly con sinceridad.

El peluquero se dio por satisfecho y, al momento, se acercó a la mujer que estaba sentada en el sillón contiguo, y que le hizo esperar porque se inclinó hacia Jilly y le tocó una mano.

– La he visto al llegar y no puedo creer que sea la misma chica.

– La verdad es que yo tampoco.

La chica que le dio el abrigo le informó que el coche la estaba esperando, y Jilly salió de la peluquería ansiosa por ver la expresión de Max cuando apareciese con su nuevo corte de pelo.

Max la vio acercarse y tuvo unos segundos para acostumbrarse a la transformación. Le costaba creer que fuera la misma mujer, lo que veía era un rostro que haría volver todas las cabezas con las que se cruzara, cosa que ocurrió cuando cruzó la calle.

Max salió del coche, se la quedó mirando un momento y luego dijo:

– Quizá debiera habértelo cortado yo con las tijeras de podar.

Jilly le creyó… un momento, pero sólo un momento. Después, notó el brillo travieso de sus ojos y sintió cómo se le hinchaba el pecho.