– Es que tengo los huesos muy grandes -dijo ella.
El ambiente se tranquilizó y Lula sorbió su batido.
– Se me ha ocurrido una idea mientras me estaba muriendo -dijo Lula-. Está claro el siguiente paso que debes dar. Dile a Chooch que estás dispuesta a hacer el trato a cambio de dinero. Y cuando él venga a recoger esa cosa, le apresamos. Y una vez que le tengamos le hacemos hablar.
– Hasta el momento no se nos ha dado muy bien eso de apresarle.
– Ya, pero ¿qué tienes que perder? No hay nada que pueda llevarse.
Cierto.
– Tienes que llamar a Mary Maggie, la luchadora, y decirle que vamos a aceptar el trato -dijo Lula.
Saqué mi teléfono móvil y marqué el número de Mary Maggie, pero no obtuve respuesta. Dejé mi nombre y mi número en el contestador y le pedí que me devolviera la llamada.
Estaba guardando el móvil en el bolso cuando Joyce entró como una tromba.
– He visto tu coche en el aparcamiento -dijo Joyce-. ¿Esperas encontrar a DeChooch aquí, comiendo pollo frito?
– Acaba de irse -dijo Lula-. Podíamos haberle detenido, pero nos ha parecido demasiado fácil. Nos gustan los retos.
– Vosotras dos no sabríais qué hacer con un reto -dijo Joyce-. Sois dos fracasadas. Gordi y Lerdi. Las dos sois patéticas.
– No tan patéticas como para tener problemas con el chop suei -dijo Lula.
Aquello dejó a Joyce desconcertada por un momento, sin saber si Lula estaba implicada en los hechos o sencillamente la provocaba.
El busca de Joyce sonó. Joyce leyó la pantalla y sus labios se curvaron en una sonrisa.
– Tengo que irme. Tengo una pista sobre DeChooch. Es una pena que vosotras dos, nenas, no tengáis nada mejor que hacer que quedaros aquí atiborrándoos. Claro que, por lo que se ve, me imagino que es lo que mejor hacéis.
– Sí, y por lo que se ve, lo mejor que tú sabes hacer es recoger los palitos que te tiran y aullar a la luna -dijo Lula.
– Que te den -dijo Joyce, y salió disparada hacia su coche.
– Huy -dijo Lula-, esperaba algo más original. Me parece que hoy Joyce está en baja forma.
– ¿Sabes lo que tendríamos que hacer? -le dije-. Deberíamos seguirla.
Lula ya estaba recogiendo los restos de la comida.
– Me lees el pensamiento -dijo Lula.
En el instante en que Joyce salía del aparcamiento, Lula y yo cruzábamos la puerta y entrábamos en el CR-V Lula llevaba en el regazo el cubo de pollo y las galletas, colocamos los batidos en los soportes para bebidas y nos pusimos en marcha.
– Apuesto algo a que estaba mintiendo -dijo Lula-. Apuesto a que no hay ninguna pista. Probablemente va al centro comercial.
Me mantuve a un par de coches de distancia para que no me descubriera y Lula y yo no retiramos los ojos del parachoques trasero de su SUV. A través de la ventana de atrás del coche se veían dos cabezas. Alguien iba con ella en el asiento del copiloto.
– No está yendo al centro comercial -dije-. Va en dirección contraria. Parece que va al centro de la ciudad.
Diez minutos después me invadía un mal presentimiento sobre el destino de Joyce.
– Ya sé dónde va -le dije a Lula-. Va a hablar con Mary Maggie Mason. Alguien le ha dicho lo del Cadillac blanco.
Seguí a Joyce al interior del aparcamiento, a una distancia prudencial. Aparqué a dos filas de ella y Lula y yo nos quedamos quietas observando.
– Uh, uh -dijo Lula-, ahí van. Ella y su compinche. Los dos suben a hablar con Mary Maggie.
¡Mierda! Conocía a Joyce demasiado bien. Conocía su forma de trabajar. Entrarían en la casa a saco, con las armas en la mano, y revisarían cuarto por cuarto en nombre de la ley. Ése es el tipo de comportamiento que nos da mala reputación a los cazarrecompensas. Y lo que es peor, a veces da resultado. Si Eddie DeChooch estaba escondido debajo de la cama de Mary Maggie, Joyce lo encontraría.
No reconocí a su socia desde lejos. Las dos iban vestidas con pantalones de faena negros y camisetas negras con las palabras
DEPARTAMENTO DE FINANZAS escritas en la espalda en letras amarillas.
– Chica -dijo Lula-, si llevan uniformes. ¿Por qué nosotras no tenemos esos uniformes?
– Porque no queremos parecer un par de idiotas.
– Sí. Ésa era la respuesta que estaba esperando.
Salí del coche y le grité a Joyce:
– ¡Oye, Joyce! Espera un momento. Quiero hablar contigo.
Joyce se giró sorprendida. Al verme entrecerró los ojos y le dijo algo a su colega. No me llegó lo que se estaban diciendo. Joyce apretó el botón de subida. Las puertas del ascensor se abrieron y Joyce y su colega desaparecieron.
Lula y yo llegamos al ascensor segundos después de que las puertas se cerraran. Apretamos el botón y esperamos unos minutos.
– ¿Sabes lo que creo? -dijo Lula-. Creo que este ascensor no va a bajar. Creo que Joyce lo ha dejado parado arriba.
Empezamos a subir por las escaleras, al principio deprisa, luego más lentamente.
– Les pasa algo a mis piernas -dijo Lula en el quinto piso-. Se me han vuelto como de goma. No quieren seguir funcionando.
– Sigue.
– Para ti es fácil decirlo. Tú sólo tienes que subir ese cuerpecito huesudo. Fíjate en lo que tengo que arrastrar yo.
Para mí no era fácil en absoluto. Estaba sudando y apenas podía respirar.
– Tenemos que ponernos en forma -le dije a Lula-. Deberíamos ir al gimnasio o algo así.
– Antes preferiría quemarme a lo bonzo.
Aquello también se me podía aplicar a mí.
En el séptimo piso salimos de las escaleras al descansillo. La puerta de la casa de Mary Maggie estaba abierta y ella y Joyce se estaban gritando.
– Si no sale de aquí en este instante voy a llamar a la policía -gritaba Mary Maggie.
– Yo soy la policía -le contestaba Joyce a gritos.
– ¿Ah, sí? ¿Y dónde está su placa?
– La llevo aquí mismo, colgada del cuello con una cadena.
– Esa placa es falsa. La compró por correo. Se lo vuelvo a decir. Voy a llamar a la policía y a decirles que están suplantándoles.
– No estoy suplantando a nadie -dijo Joyce-. Yo no he
dicho que sea de la policía de Trenton. Resulta que soy de la policía judicial.
– Resulta que eres de la policía gilipollas -dijo jadeando Lula.
Ahora, más de cerca, reconocía a la compañera de Joyce. Era Janice Molinari. Fui al colegio con Janice. Era una persona agradable. No podía evitar preguntarme qué la habría llevado a trabajar con Joyce.
– Stephanie -dijo Janice-. Cuánto tiempo sin verte.
– Desde la despedida de soltera de Loretta Beeber.
– ¿Qué tal te van las cosas? -preguntó Janice.
– Bastante bien. ¿Y a ti?
– Muy bien. Mis niños ya van todos al colegio, así que he pensado en buscarme un trabajo a tiempo parcial.
– ¿Cuánto tiempo llevas con Joyce?
– Dos horas más o menos -dijo Janice-. Éste es mi primer trabajo.
Joyce llevaba una cartuchera sujeta al muslo y tenía una mano metida en ella.
– ¿Y tú qué haces aquí, Plum? ¿Me has seguido para aprender cómo se hacen las cosas?
– Se acabó -dijo Mary Maggie-. ¡Quiero que os vayáis todas de aquí! ¡Pero ya!
Joyce empujó a Lula hacia fuera.
– Ya lo has oído. Largo.
– Oye -dijo Lula a Joyce, dándole un golpe en el hombro-. ¿A quién le estás diciendo que se largue?
– Te lo estoy diciendo a ti, saco de grasa -dijo Joyce.
– Mejor ser un saco de grasa que vómito de chop sueí y caca de perro -dijo Lula.
Joyce se quedó sin respiración.
– ¿Cómo sabes eso? Yo no te lo he contado -abrió los ojos desencajada-. ¡Eres tú! ¡Tú eres la que me hace eso!
Además de la pistola, Joyce llevaba un cinturón de faena con esposas, un spray de autodefensa, la pistola eléctrica y una porra. Saco del cinturón la pistola eléctrica y se dispuso a utilizarla.
– Vas a pagar por esto -dijo Joyce-. Te voy a freír. Te voy a dar con esto hasta que me quede sin batería y tú no seas más que un charco viscoso de grasa derretida.
Lula se miró las manos. No tenía el bolso en ninguna de ellas. Los habíamos dejado en el coche. Se tocó los bolsillos. Allí tampoco llevaba nada.
– Uh, uh -dijo Lula.
Joyce se lanzó sobre ella y Lula chilló, se dio la vuelta y salió corriendo por el pasillo en dirección a las escaleras. Joyce corrió detrás de ella. Y las demás seguimos a Lula y Joyce. Yo la primera, después Mary Maggie y detrás Janice. Puede que Lula no fuera la mejor subiendo escaleras, pero una vez que adquiría inercia bajándolas era imposible alcanzarla. Lula era como un tren de mercancías en movimiento.
Lula llegó al garaje y se lanzó sobre la puerta. Estaba a punto de llegar al coche cuando Joyce la alcanzó y le aplicó la pistola eléctrica. Lula frenó en seco, se tambaleó un segundo y se desplomó como un saco de cemento húmedo. Joyce alargó la mano para darle otra descarga a Lula pero yo la ataqué por detrás. La pistola eléctrica saltó por los aires y nosotras caímos rodando al suelo. En aquel momento, Eddie DeChooch entró en el aparcamiento subterráneo conduciendo el Cadillac blanco de Mary Maggie.