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Pero en aquella ocasión su manera de hablar sí fue extraordinaria y distinta, como si la presencia de Luisa hubiera adquirido ya tanto peso como para que prevalecieran el tono y la complacencia seguramente empleados con ella a solas, Sobre el tan antiguo tono, más irónico, que había usado siempre conmigo, en la infancia como en la edad adulta. Y cuando Luisa salió de la habitación un rato para hablar por teléfono, la manera de comentar y contar de mi padre cambió, o mejor dicho se interrumpió. Como si cayera en la cuenta de que yo estaba allí, empezó a hacerme preguntas sobre Nueva York que ya me había hecho inmediatamente después del regreso (a los tres días comimos juntos en La Ancha) y cuyas respuestas ya conocía o no le interesaban. Aunque yo estuviera delante, era a Luisa a quien se dirigía, y en cuanto ella volvió reanudó sus comentarios con una vivacidad insólita, pese a que Ranz había sido vivaz su vida entera. Quizá la risa de Luisa era la adecuada, quizá se reía en los momentos justos (esto es, en los por él procurados), quizá le escuchaba como es deseable o le hacía los incisos y preguntas oportunas, o simplemente ella era alguien a quien él quería darse a conocer y contárselo todo, alguien nuevo a quien podía contar su historia sin saltos y en orden, porque estaba interesada desde el principio y no había que aguardar a su crecimiento. Mi padre nos relató varias anécdotas para mí desconocidas, como la de un falsificador veneciano de pequeñas vírgenes románicas esculpidas en marfil que, una vez terminadas con gran pericia, colocaba en el sostén de su mujer, un sostén enorme; las secreciones del pecho (abundantes) y la transpiración de las axilas (fuerte) daban a sus estatuillas una pátina perfecta. O la del director de un banco de Buenos Aires, aficionado al arte, que se empeñó en no creerle y le compró una obra de Custardoy el viejo que Ranz había llevado hasta allí por encargo de una acaudalada familia tacaña que sólo quería una buena copia de un Ingres muy admirado; cuando, antes de que la hubiera entregado, el director la vio sin marco en la habitación de su hotel (que era el Plaza, de Buenos Aires), quedó tan prendado de ella que no quiso ni oír que se trataba de una imitación; mi padre le explicó una y mil veces el origen y destino de aquel lienzo y que el original se hallaba en Montauban, pero el banquero se persuadió de que pretendía engañarlo y de que, con algo de deslealtad, había conseguido la obra maestra para otros clientes, la de Montauban sería falsa. 'En ese caso', dijo mi padre que le había dicho, incapaz de convencerlo, 'si usted me lo compra como auténtico, tendrá que pagarme un precio de auténtico.'

Aquella frase disuasoria se convirtió para el banquero en la prueba de su acierto. 'Nunca Custardoy ganó tanto dinero con una sola pieza', dijo mi padre. 'Lástima para nosotros que no hubiera más directores de banco o museo tan obcecados. Lástima que por lo general confiaran en mí ciegamente y no lo pudiéramos utilizar como método'. Y añadió encantado, riendo a la vez que Luisa: 'No he vuelto a saber de él, me pareció preferible. Espero que a aquel banquero no lo haya acusado nadie de malversación de fondos.' Mi padre disfrutaba y Luisa también disfrutaba pero él mucho más, pensé que ella podría sacarle lo que quisiera, y esto no lo pensé al azar, sino pensando también en lo que ella quería averiguar de él y yo no quería, según creo aunque tampoco dejaba de pensar en ello, es decir, no disipaba enteramente lo que quizá también podía llamarse una sospecha, supongo que no se puede convivir con varías al mismo tiempo, por eso a veces se descartan unas —las más improbables, o acaso son las más probables; las que aún no son pasado, aquellas sobre las cuales nos podríamos ver obligados a actuar todavía y nos darían miedo y trabajo y alterarían el futuro concreto— y se alimentan otras —las que en el caso de confirmarse los hechos parecen irremediables, y alteran sólo el pasado y el futuro abstracto—. Yo creo que descarté cualquier sospecha sobre Luisa, y en cambio tuve que alimentar las aún no formuladas sobre mi padre, o fue Luisa quien aquella misma tarde, poco antes de que Custardoy llamara al timbre, se encargó de recordármelas en voz alta, porque en medio de las risas y las sonrisas y las anécdotas que para mí eran de estreno, le dijo a Ranz en tono admirativo, llamándole de usted como ha preferido hacer siempre:

—La verdad es que no me extraña que se casara usted tantas veces, es una fuente inagotable de historias poco creíbles, y por tanto de entretenimiento. —Y añadió en seguida, como para darle la oportunidad de contestar a la segunda parte y no hacer, si no quería, referencia alguna a la primera, a lo que hasta entonces había dicho (era un signo de respeto)—: Hay muchos hombres que piensan que las mujeres necesitan sentirse muy queridas y halagadas, incluso mimadas, y lo que más nos importa es que nos entretengan, es decir, que nos impidan pensar demasiado en nosotras mismas. Es una de las razones por las que solemos querer hijos. Usted debe saberlo bien, si no, no lo habrían querido tanto.

No me di por aludido, al contrario. Yo le contaba a Luisa muchas historias poco creíbles, aunque hubiera callado hasta aquel momento la de 'Bill' y Berta, que la habría entretenido mucho; pero esa historia también era mía y quizá por eso la callaba. La de Guillermo y Miriam la había callado hasta que Luisa la mencionó y supe que también le pertenecía a ella, y el día que nos conocimos había callado o cambiado, al traducir a los adalides, algunas de las cosas que habían dicho (sobre todo el nuestro) y que me habían parecido malas ideas o inconveniencias o reprobables. En esa ocasión, sin embargo, mi censura no había afectado a Luisa, que comprendía tanto o más que yo, ambas lenguas, ella era la 'red'. Callar y hablar son formas de intervenir en el futuro. Pensé que aquella virtud que Luisa atribuía a mi padre era también la de Custardoy el joven: contaba, cuando quería, historias totalmente increíbles con las que distraería a mi padre, a mí mismo me había contado innumerables durante la infancia y la adolescencia, y recientemente una sobre Ranz y mi tía Teresa y otra mujer con la que no guardo parentesco, en cierto sentido sobre mí mismo (quizá también esa historia era mía; tal vez Luisa querría escucharle, a Custardoy el joven).

A Ranz no se le congeló la risa, sino que la prolongó demasiado, artificialmente, como para ganar tiempo y decidir a qué parte de las palabras de Luisa contestaba y cómo (o si a todo, o si a nada). Rió cuando ya no tocaba, hasta lo intraducible y no censurable tiene su duración, y en ella puede estar su significado. —No me han querido tanto —dijo por fin en un tono muy distinto del habitual suyo, como si aún vacilara. De haber estado contestándome a mí no habría vacilarlo ni prolongado la risa un segundo (ambas cosas eran un signo de respeto, respeto hacia Luisa)—. Y cuando lo han hecho no me lo merecía —añadió, sin que pareciera una frase procedente de su coquetería; yo la conocía demasiado bien para no distinguir lo que se debía a ella.