– Tienes que decírselo, para que quede convencido de que hemos cumplido con nuestra parte. Además, está el asunto de Hugo.
Suficiente como para que me entristeciera. La idea de que más ropa de la necesaria tocara mi piel me enfermaba, así que me vestí con un vestido sin mangas de punto y me calcé despacio las sandalias. Solo eso. Bill me cepilló el pelo y me puso los pendientes, ya que levantar los brazos me resultaba incómodo. Luego decidió que necesitaba una cadena de oro. Parecía como si fuera a una fiesta organizada por un colectivo de mujeres maltratadas. Bill alquiló un coche. No tengo ni idea de cuándo llegó el coche al garaje subterráneo. Ni siquiera recuerdo quién se lo trajo. Bill condujo. No miré por la ventana. Estaba harta de Dallas.
Cuando llegamos a la casa de Green Valley Road, parecía tan tranquila como hacía dos noches. Pero después de entrar comprobé que estaba repleta de vampiros. Habíamos llegado en medio de la fiesta de bienvenida de Farrell, que estaba sentado en el salón con el brazo sobre un atractivo joven que no tendría más de dieciocho años. Farrell llevaba una botella de SangrePura cero negativo en una mano, y su cita una Coca-cola. El vampiro estaba tan rosado como el chico.
Farrell nunca me había visto, así que estuvo encantado de conocerme. Vestía de pies a cabeza con indumentaria típica vaquera, y mientras se inclinaba sobre mi mano esperé oír sus espuelas sonar.
– Eres tan encantadora -dijo de forma extraña, a la vez que levantaba la botella de sangre sintética-, que, si me acostara con mujeres, serías la única durante una semana. Sé que estás disgustada por tus heridas, pero tranquila, lo único que consiguen es resaltar tu belleza.
No podía parar de reír. No solo caminaba como si tuviera ochenta años, sino que mi cara estaba amoratada por todo el lado izquierdo.
– Bill Compton, eres un vampiro afortunado -le dijo Farrell.
– Y que lo digas -respondió Bill, sonriendo, aunque de modo un tanto frío.
– ¡Es valiente y hermosa!
– Gracias, Farrell. ¿Dónde se encuentra Stan? -Decidí romper la cadena de cumplidos. Además de molestar a Bill, el compañero de Farrell parecía muy interesado en mi historia, y yo pensaba contarla solo una vez.
– En el salón -dijo un vampiro joven, el que había llevado a la pobre Bethany hasta el comedor cuando estuvimos allí antes. Debía de ser Joseph Velasquez. Mediría un metro ochenta, y sus ancestros hispánicos lo habían recompensado con una tez aceitunada y los ojos oscuros de un don Juan, mientras que su condición vampírica le había otorgado una mirada fija y un aire intimidatorio. Rastreaba la habitación en busca de posibles problemas. No dudé en calificarlo como el sargento del nido-. Estará encantado de recibiros.
Miré al resto de los vampiros y al puñado de humanos que compartían las grandes habitaciones de la casa. No vi a Eric. ¿Habría vuelto a Shreveport?
– ¿Dónde está Isabel? -le pregunté a Bill en voz queda.
– Recibiendo su castigo -dijo, en apenas un susurro. No quería hablar de eso en voz alta, y si Bill creía que era lo adecuado, yo sabía que era mejor callarse la boca-. Trajo a un traidor al nido, y ha de pagar el precio por ello.
– Pero…
– Shhhh.
Entramos en el comedor, que estaba igual de lleno que el salón. Stan se sentaba en la misma silla, con la misma vestimenta con la que lo vimos por última vez. Se levantó cuando entramos, y por la forma en que lo hizo comprendí que se suponía que aquello ponía de relevancia nuestra posición.
– Señorita Stackhouse -dijo formalmente, y me dio la mano con delicadeza-. Bill. -Stan me examinó con sus ojos de color azul desvaído, sin perderse un detalle de mis lesiones. Había reparado sus gafas con cinta adhesiva. Stan cuidaba mucho de su disfraz. Pensé en enviarle un protector de bolsillo para Navidades-. Por favor, cuéntame lo que ocurrió ayer con todo detalle.
Esto me recordó a Archie Goodwin informando a Nero Wolfe.
– Aburriría a Bill -dije, con la esperanza de escaquearme.
– A Bill no le importará aburrirse un par de minutos.
No había salida. Suspiré y comencé por el momento en que Hugo me recogió en el hotel. Procuré no mentar el nombre de Barry durante la narración, ya que no sabía cómo se tomaría el ser conocido por los vampiros de Dallas. Me referí a él como «uno de los botones del hotel». Por supuesto, averiguarían quién era si se ponían a ello.
Cuando llegué a la parte en que Gabe llevó a Hugo a la celda de Farrell y luego trató de violarme, los labios se me curvaron en una amarga sonrisa. Se me tensó tanto la cara que pensé que iba a romperse.
– ¿Por qué hace eso? -le preguntó Stan a Bill, como si yo no estuviera delante.
– Lo hace cuando se pone tensa… -aclaró Bill.
– Oh. -Stan me miró con aire reflexivo. Yo me llevé las manos al pelo y lo recogí en una cola de caballo. Bill me alargó una goma elástica de su bolsillo y, con una evidente incomodidad, apreté el pelo en una madeja bien ceñida, de tal forma que pude doblar la goma tres veces.
Cuando le conté a Stan que los cambiaformas me habían ayudado, se inclinó hacia delante. Quería saber más de lo que le dije, pero no podía dar nombre alguno. Se quedó pensativo cuando le comenté que me habían dejado en el hotel. No sabía si incluir a Eric o no; al final ni lo mencioné. Se supone que estaba en California. Le dije que subí a la habitación y esperé a Bill.
Y luego relaté lo de Godfrey.
Para mi sorpresa, Stan no pareció asimilar la muerte de Godfrey. Me obligó a repetir la historia. Se removía en su silla para mirar hacia otro lado mientras hablaba. A su espalda, Bill me acarició, tranquilizador. Cuando Stan se dio la vuelta, se limpiaba los ojos con un pañuelo manchado de rojo. Así que era cierto que los vampiros eran capaces de llorar. Y también que lloraban lágrimas de sangre.
Lloré con él. Godfrey se merecía morir tras siglos de abusos y asesinatos de niños. Me pregunté cuántos humanos estaban en la cárcel por los crímenes que Godfrey había cometido. Pero me había ayudado y también había soportado una losa de culpabilidad y pesar, la más grande que jamás había visto yo.
– Cuánta determinación y valor -dijo Stan con admiración. No era tristeza lo que sentía, solo admiración-. Me hace llorar. -Dijo esto de tal forma que supe que se trataba de un gran elogio-. Después de que Bill identificara a Godfrey la noche pasada, hice algunas averiguaciones: formaba parte de un nido de San Francisco. Sus compañeros de nido se apenarán al escuchar esto. Y de su traición a Farrell. ¡Pero el valor demostrado al respetar su palabra, en llevar a cabo su plan…! -Stan se veía abrumado.
A mí me dolía todo. Rebusqué en mi bolso una botella de Tylenol y vertí dos en la palma de mi mano. Ante el gesto de Stan, el vampiro joven me trajo un vaso de agua.
– Gracias -dije. Y se sorprendió por mi deferencia.
– Gracias por vuestro trabajo -añadió Stan de manera abrupta, como si hubiera recordado su educación-. Habéis hecho más de lo que os pedimos. Gracias a vosotros hemos encontrado y liberado a Farrell a tiempo. Siento que hayas sufrido tanto.
Sonaba muy parecido a una despedida.
– Discúlpame -dije, y me dejé caer en la silla. Bill realizó un súbito movimiento detrás de mí, pero le indiqué que no hacía falta.
Stan alzó las cejas ante mi temeridad.
– ¿Sí? Enviaremos el cheque por correo a vuestro representante en Shreveport, de acuerdo con lo pactado. Por favor, quedaos con nosotros para festejar el regreso de Farrell esta noche.
– Nuestro acuerdo consistía en que si lo que yo descubría resultaba en la culpabilidad de un humano, ese humano no sería castigado por los vampiros, sino que sería entregado a la policía para que el sistema judicial se encargara de él. ¿Dónde está Hugo?
Los ojos de Stan pasaron de mi cara a Bill. Parecía preguntar en silencio a Bill la razón de que no pudiera controlar a su humano de modo más eficiente.