Extendió la mano en dirección a Karen.
– ¿Me permite su partida de nacimiento?
Karen se irguió alarmada.
– Pero no… este… No la tengo conmigo.
– Ah.
La mujer vaciló un instante y luego preguntó:
– ¿Su carnet de conducir?
– No perdí sólo el pasaporte -explicó Karen-, Me robaron la cartera también.
– ¡Ay, caramba! ¿De modo que no tiene ningún documento de identidad?
– Me temo que no.
– ¡Oh, cuánto lo lamento! En ese caso habrá problemas. Tendremos que ponernos en contacto con el Departamento de Estado para verificar si el pasaporte fue emitido o no… En fin, ese tipo de cosas. Y me temo que eso va a llevar tiempo.
– ¿Cuánto tiempo? -preguntó Karen con un hilo de voz.
– Dos o tres semanas si se hace por correo. Por supuesto que si se hace por teléfono…
Peter se puso de pie.
– Deje, deje. Con eso no vamos a ningún lado. ¿Hay algún hotel cerca de aquí?
La mujer observó la vestimenta de Karen, sus pies descalzos, el profundo escote y el bolso semideshecho. Luego miró al hombre que acompañaba a aquella extraña mujer. ¿Qué podía decirse de sus ropas? Los dos parecían náufragos. Ambos tenían un aspecto bastante sospechoso. El parecía ser norteamericano, eso era cierto. El parecía no tener problemas para entrar en Estados Unidos. Todo giraba alrededor de la muchacha. Con franqueza, las credenciales de la joven eran muy dudosas. Todas las circunstancias que la rodeaban eran extrañas. Por mucho que él fuera norteamericano, ¿cómo pretendía hacer entrar una extranjera en el país con sólo asegurar que era una ciudadana estadounidense que había perdido su pasaporte? ¡Realmente…! ¡Qué poco saben algunos norteamericanos acerca de las exigencias de su gobierno!
– El Albemar Hotel no está lejos de aquí -respondió con su voz más dulce-. Doble a la derecha por el Boulevard Victor Hugo; está a mano derecha, a unas cinco o seis manzanas de aquí.
Hizo una pausa y luego añadió con un tinte de malicia en la voz:
– Pero me temo que de nada le va a servir a la señorita. No se pueden conseguir habitaciones sin llenar una ficha de la policía, y para eso necesita el pasaporte.
Peter pasó por alto la pulla.
– ¿Se puede comprar ropa en este barrio? ¿A qué hora se cierra el comercio?
La mujer informó que encontrarían tiendas en la Avenue Medecin, camino al Albemar, y que el comercio permanecía abierto hasta las diecinueve.
Peter le dio las gracias y le dijo que ya se arreglarían. Tomó a Karen del brazo y la condujo hacia la escalinata, cruzó la puerta, descendieron la escalinata de entrada y atravesaron la verja exterior. Ya había oscurecido totalmente y la calle estaba silenciosa. A ambos lados de la calzada había largas filas de coches estacionados. Karen se detuvo, se apoyó en la verja y se cubrió la cara con las manos.
– Estúpida -sollozó acongojada-. ¡Estúpida, estúpida! Eso es lo que soy.
– No va a ganar nada con hacerse reproches -dijo Peter.
– Tenía razón -prosiguió ella, apoyando la cabeza contra las rejas-. No confiaba en ellos. Ni les dejó acercarse. Creí que les bastaría con las cien mil liras. Venden cosas en las ciudades de la costa y no ganan mucho.
Y el disparate ya está hecho.
Se interrumpió y miró sus pies desnudos sobre las frías baldosas de la acera.
– Ahora estoy atrapada y la mafia lo sabe. Y saben dónde estoy. Ahora sólo es cuestión de tiempo.
– No diga disparates.
– Es la verdad.
– Anoche también sabían dónde estábamos y no consiguieron nada.
Ella meneó la cabeza.
– Estoy cansada. No soportaré otra noche así. No puedo correr más. No puedo ocultarme más. Tuvimos una oportunidad y la desperdicié.
Lanzó una carcajada breve y amarga.
– Y le acusaba de delatarnos. Es gracioso, ¿no?
– No tiene la culpa de lo ocurrido.
– Podía haberme quedado en la cabina. Podía haberme mantenido apartada de ellos, como hizo usted. Tuve que coquetearle a Umberto. El bien parecido y simpático Umberto y su padre, ese viejo cara de buitre. Y ellos burlaron a la muchacha. ¡Ay, Dios, cómo la burlaron!
Peter la tocó por primera vez. Le apoyó una mano en el hombro. La piel desnuda de sus brazos estaba fría. La brisa nocturna era agradable, pero no para andar con un vestido liviano y los brazos desnudos.
– Deje de hacerse reproches -le dijo-. Ha nacido así y no hay nada que hacer.
Ella lanzó una breve carcajada.
– ¿Y cree eso? Lo cree realmente, ¿no?-se encogió de hombros-. Y bueno, ¿por qué no habría de creerlo?
Se sacudió la mano del hombre y prosiguió:
– Pero le quiero decir una sola cosa más. No quiero que se exponga a más peligros por mí. Tiene su pasaporte y va a usarlo.
Peter rió.
– ¿Quiere que regrese y le diga a Gorman que renuncio?
– Quiero que regrese y le diga a Gorman que la dama hizo fracasar su misión.
– ¿Y junto con mi misión la investigación de su comité? Tengo la impresión de que es menos peligroso enfrentarse con la mafia que regresar sin usted.
Karen se estremeció y apretó los brazos contra el cuerpo.
– Bueno, invente alguna historia. Dígale que he muerto. Dígale lo que quiera, pero váyase; aléjese de aquí. Ya no es cosa suya. Que por lo menos uno de los dos vuelva al hogar.
Peter la miró de arriba abajo, el pelo manchado con limpia calzado y agua de mar, el bolso húmedo y desprovisto de dinero, el vestido encogido, los pies desnudos y fríos. Se puso en jarras y le sonrió.
– ¿Y qué haría si la dejara?
– Peter, estoy hablando muy en serio. Si me deja un poco de dinero, me las arreglaré muy bien.
– No me cabe la menor duda. ¿Qué haría?
– Me compraría ropa.
– ¿Y después? ¿Se ofrecería en la calle al mejor postor? Ni siquiera conoce el idioma.
Ella levantó la barbilla.
– Esperaría el pasaporte. Llamaría al Departamento de Estado. Es un pasaporte válido. No es falso. Es legal. El senador Gorman arregló las cosas de modo que fuera un pasaporte válido.
– ¡Cómo va a ser un pasaporte válido!-rió Peter-. Él dijo que lo era, pero el Departamento de Estado puede tener una idea muy distinta al respecto. Y eso siempre que pueda probar que es Karen Halley. Pero no puede probarlo. Y aunque pudiera, aun cuando el pasaporte fuera válido, no podrá probar que es la misma Karen Halley porque no lo es. Y, por supuesto, está el problema de dónde va a hospedarse mientras espera que se hagan todas esas averiguaciones. ¿Dónde la van a admitir sin documentación? ¿En qué hotel? ¿En qué pensión? Como le dijo la mujer esa, ahí dentro, tendrá que enseñar el pasaporte.
– No se preocupe por eso, ¿quiere?-dijo Karen-. Déme todo el dinero que pueda. Por favor, váyase, ¿quiere?
Peter la tomó del brazo.
– Venga, hace frío y estamos perdiendo el tiempo.
– Peter, le digo…
– Ha dicho un montón de estupideces. Basta ya. Me mandaron a buscarla, porque no es capaz de llegar a Estados Unidos por sus medios. Y por eso voy a hacer las cosas a mi manera.
– Pero la mafia… -argumentó Karen, mientras la arrastraba a buen paso rumbo al Boulevard Victor Hugo-. Está en peligro.
– Así es. Y estoy empezando a tomarle gusto.
– ¿Qué piensa hacer?
– En primer lugar comprar esa ropa que tanto desea. Luego conseguir alojamiento. Después comeremos y luego llamaremos al senador y le diremos que ha llegado el momento de que haga algo.
Jueves 18.00-21.15 horas
Las tiendas de la Avenue Jean Medecin eran caras, sobre todo las del sector en que el Boulevard Victor Hugo se convertía en Boulevard Dubouchage. Algunos de los trajes de hombre costaban tanto que los 861 francos que Peter tenía en su cartera no habrían bastado para pagarlos. La ropa femenina tenía precios igualmente aterradores. Pero alejándose un poco, por la misma calle, más allá de la Rué Pastorelli, había unos grandes almacenes en donde se encontraban vestidos de hasta 18,95 francos en lugar de 189,50 que habrían costado en el otro barrio. Peter y Karen hicieron sus compras allí.