– ¡Conque no! -saltó ella furiosa-. Trata de ocultarlo, pero no puede. Lo he visto mirarme. He visto sus ojos. Quizá me odie, quizá me desprecie, pero me desea. Me tiene ganas. Conozco demasiado bien esa mirada.
– ¿Desearla? -repitió él indignado-. No podría tocarla sin pensar en el dinero que cobró por permitir que Joe Bono la tocara- dinero arrancado a prostitutas y drogadictos. Dinero de esclavos, que lo pagan para seguir siendo esclavos; porque piensan que es mejor eso que la muerte. ¿Tocarla a usted? Nunca tendrá la satisfacción.
Ella levantó la cabeza en un gesto orgulloso.
– Y nunca tendrá la oportunidad.
– Muy bien. Estamos de acuerdo. Ahora vaya y tíñase el pelo. Hágalo de una vez, ¿quiere? Tengo que bañarme y afeitarme.
Jueves 22.05-22.45 horas
Pasaron la comunicación a las veintidós y cinco; para entonces Karen era nuevamente rubia, aunque no natural, y Peter estaba impecablemente afeitado y renovado por el baño.
– ¿Qué está haciendo en Niza? -preguntó Gorman antes de que Peter pudiera comenzar a hablar.
Habían tenido un encuentro con unos cuantos mafiosos. Habían escapado con vida, pero Karen había perdido su pasaporte.
– ¿Cómo que lo perdió? Explíquese, Congdon.
– Quiero decir que se lo robaron, y no pienso meterme con ellos para tratar de recuperarlo. No creo que sea la mejor manera de llevársela sana y salva.
– ¿En su opinión cuál es la mejor manera?
– Creo que lo mejor es que le consiga otro pasaporte.
– ¡Ah! ¡Conque eso cree! Así como así, ¿no?
– Senador: necesita un pasaporte.
– ¡Pero carajo, Congdon! Primero la mafia le quita la clave, ahora le roban el pasaporte. Cualquier agente de mierda ya tendría a la chica aquí. Usted, en cambio, está perdido en qué sé yo qué país porque no tiene pasaporte. ¡Justamente eso!
Peter no quiso decir al senador que era culpa suya, del suficiente Gorman, que la mafia hubiera dado con el detective encargado de la misión. No quiso decírselo, porque no quería culpar al senador de los problemas sucesivos.
– Lo lamento, señor, pero así están las cosas. Además estamos cortos de fondos.
– ¡Así que dinero también! Me sorprende que aún tenga a la chica. ¿O no la tiene?
– Sí la tengo, senador. Está con vida y goza de buena salud. Se la entregaré no bien la equipemos con un pasaporte.
– Y con dinero para el billete, según entiendo.
– Todavía tengo. Pero me gustaría contar con unos quinientos dólares más. La mafia sabe que estamos en Niza, y si tenemos problemas de dinero…
– Muy bien. Pero ¿por qué recurre a mí? Si tiene problemas llame a su jefe. El es el responsable. Él le eligió. Yo no.
– Mi jefe no trafica con pasaportes, y miss Halley me dice que usted se las arregló para que su pasaporte fuera válido. Eso significa que el Departamento de Estado puede entregar un duplicado. Pero miss Halley no puede convencer a la gente del consulado local de que es quien dice ser. Por lo tanto, senador, como le consiguió el pasaporte, por un lado, y como puede atestiguar su identidad, por otro, ¿no le parece muy natural que recurra a usted para que reemplace el pasaporte robado?
Gorman murmuró algo y lanzó un juramento.
– Está bien -dijo-. Es evidente que si alguien le salva de la mafia, ese alguien tengo que ser yo. Veré qué puedo hacer. Llámeme a mi oficina mañana a las dieciséis.
– ¿A las dieciséis hora de aquí o de allí?
– De aquí, por supuesto. ¿Cómo puedo saber qué hora es allí?
Peter aceptó hacerlo y Gorman dijo:
– Y por amor de Dios, no se deje pescar. ¡Necesito a esa chica!
Peter dijo que no se dejaría pescar, se despidió y colgó. Se puso de pie y encendió un último cigarrillo. Tenía medio cuerpo desnudo y sólo tenía puestos los pantalones y los calzoncillos. Karen se había envuelto la cabeza en una toalla y estaba en combinación. Peter dejó su automática en el estante vecino a la cama, debajo del teléfono, y colgó el cartel de Ne Pas Déranger del lado exterior de la puerta. Calzó una de las sillas bajo el picaporte interior, apagó las luces, excepto las lamparitas articuladas de la cabecera de la cama, se quitó los pantalones de espaldas a Karen, los colgó en una silla y se deslizó entre las sábanas. Luego se quitó el reloj de pulsera, le dio cuerda y lo dejó sobre el estante del teléfono.
– Buenas noches -dijo-. Discúlpeme si no le hago compañía, pero necesito que el sueño restaure mi belleza.
Ella se había mantenido de pie, junto al extremo más distante de la cama, observando el proceso.
– No faltaba más -replicó, pero siguió observando sin moverse. Él se estiró en su lado, siempre vuelto hacia la puerta del pequeño hall de entrada y quitó las mantas, conservando sólo la sábana como abrigo. No miró a la muchacha ni una sola vez.
Le observó un minuto más, pero no se movió. Se dirigió entonces al baño, cerró la puerta, lavó sus prendas íntimas, las colgó en un gancho sobre el bidet, se volvió a poner la combinación y se lavó los dientes. Luego abrió la puerta con toda cautela y espió a través de la rendija.
Estaba como le había dejado, vuelto hacia el otro lado. La muchacha se acostó en silencio, apagó las lamparitas de la cabecera y se deslizó entre las sábanas, manteniéndose en el borde de la cama, a más de treinta centímetros de su compañero. La respiración de Peter era acompasada y Karen se relajó. La tensión comenzaba a ceder. Gorman y Peter la salvarían.
No tardó en dormirse, pero no fue la última en perder la consciencia. Peter había permanecido inmóvil todo el tiempo, pero no cejó en su vigilia hasta que el ritmo de la respiración de la joven le convenció de que pasaría la noche en paz.
Viernes 22.0- 22.10 horas
Peter y Karen pasaron el día siguiente en la habitación. Peter comunicó a la administración que se sentía mal y no deseaba que limpiaran la habitación, pero se hizo traer las comidas.
En circunstancias normales una pareja joven encerrada durante veinticuatro horas en la habitación de un hotel pueden vivir toda una aventura. Peter ya la había vivido con Stephannie. Habían pasado un fin de semana entero en la habitación de motel, de donde sólo habían salido para comer. Había sido una ocasión memorable, aunque extenuante. Pero cuando no se puede esperar ese tipo de entretenimiento, ése mismo período en una habitación de hotel puede ser muy duro. Y si a eso se sumaba que la chica en cuestión era la mujer más sexy que Peter había visto, una mujer libre y sin prejuicios, dispuesta a coquetear con cuanto hombre se le cruzara, salvo el propio Peter, y si -para colmo- Peter la deseaba como no había deseado a ninguna mujer desde Stephannie, era lógico que las veinticuatro horas en la habitación treinta y ocho bis se transformaran en un infierno.
Apenas se miraron, apenas se hablaron; pero mientras más trataban de ignorarse, más conciencia tenían de su mutua proximidad. Peter se había hecho enviar una edición parisina del Herald Tribune; pero esa lectura y las comidas fueron la única ocupación de ambos. Cuando Peter obtuvo comunicación con Gorman, a las veintidós horas del viernes, ambos estaban tan nerviosos e irritables que apenas podían controlar su mal humor.
Cuando el teléfono sonó, Peter casi se abalanzó sobre él para descolgarlo.
La voz de Gorman era áspera como siempre, pero no se advertía aquella nota de desesperación.
– ¿Congdon? ¿Está ahí? ¿Cómo está la chica?
Peter respondió que la chica estaba bien, que los dos estaban muy bien… No, la mafia no los había localizado. Esperaba.
– Bueno, eso ya es algo -comentó Gorman-. Me ha traído un montón de problemas, con su torpe manejo de este asunto.