– Fue inevitable.
– Debió evitarlo. Pero le voy a decir una cosa, es un tipo con suerte. Lo sacaré del pantano; pero si he conseguido lo que he conseguido es sólo por casualidad. Se dieron una serie de circunstancias favorables.
– Me alegro, senador.
– Le he conseguido… mejor dicho, le he conseguido a la chica otro pasaporte y tuve la suerte de podérselo entregar a un correo diplomático que lo llevó anoche mismo a París. Se lo entregó a un amigo mío que tiene una villa en Antibes, no muy lejos de Niza. El nombre de ese amigo es Pierre DeChapelles y ya está en Antibes. Se fue en avión esta tarde y pasará el fin de semana allí. Tiene un sobre para usted. Le llamé hace menos de una hora y la está esperando- ¿Entendido?
– Sí, señor. Pierre DeChapelles en Antibes. ¿En qué lugar?
– Iba a eso. Ahora le voy a decir lo que va a hacer. Tomará un taxi y se irá a Antibes esta misma noche. Para encontrar la villa, siga la 'carretera principal de la costa, que pasa junto al hotel… el Hotel Royale. Luego esa carretera dobla hacia dentro, se aleja de la costa. Muy poco después hay un camino que se abre a la izquierda, con un cartel que dice Cap d’Antibes. Siga ese camino. Las casas son numeradas. La de DeChapelles tiene el número treinta y siete. ¿Entendido? Treinta y siete. Está poco antes de llegar a una intersección, según recuerdo. Por si acaso, su número de teléfono es ochenta y ocho, ochenta y nueve, cincuenta y cinco. ¿Lo tiene?
– Lo tengo.
– Muy bien. Supongo que vendrán mañana en algún momento del día. Póngame un cable comunicándome el número del vuelo y la hora de llegada. No creo que haya necesidad de recurrir a la clave, porque da igual quién lo sepa. Tendré una buena cantidad de hombres a mano para recibirles al pie del avión y conducirles a un lugar seguro.
– ¿Estará con ellos, senador?
– Sí, estaré a mano.
– Entonces, le veré mañana.
– Cuídese, Congdon.
– Y cuidaré a la chica, también. Buenas noches, senador.
Viernes 22.20-23.15 horas
Todos los ancianos huéspedes se habían retirado a sus habitaciones y Peter no tuvo problemas para sacar furtivamente a Karen del hotel por la salida de servicio. Luego regresó a despertar al viejo conserje nocturno y a pedirle un taxi.
El viaje a Antibes duró menos de media hora y las instrucciones fueron fáciles de seguir porque era una ciudad demasiado pequeña como para perderse. Atravesaron el centro, descendieron por un parque y tomaron por la carretera de la costa, pasando junto al hotel Royale, que estaba cerrado, en proceso de «modernización». Se alejaron de la costa por el Boulevard de Cap. La intersección a la que Gorman se había referido estaba bien señalizada. La flecha «Cap d’Antibes» señalaba a la izquierda, la de «Cannes» y «Juanles-Pins» hacia delante. Doblaron. Era un camino de doble dirección, no muy ancho, que corría entre muros y setos vivos, residencias de tamaño variable… Mientras más se internaban, tanto más importantes eran.
La residencia de DeChapelles tenía el número treinta y siete en un poste de la verja. Una breve entrada para automóviles les condujo hasta una gran casa de dos pisos y un mirador que asomaba sobre el ángulo izquierdo de la edificación. La entrada principal estaba más allá de la torre; pero las puertas de cristal del fondo daban sobre un porche, y las de la plana alta sobre balcones corridos.
El taxi se detuvo ante la amplia y bien iluminada escalinata de piedra, que conducía a la entrada principal, sobre la fachada izquierda de la villa. Antes de que Karen y Peter tuvieran tiempo de descender, se abrieron las grandes puertas dobles que remataban la escalinata y apareció un hombre canoso, de poco más de cincuenta años. Vestía pantalones impecablemente cortados y planchados, un turtleneck de flexible lana blanca y una chaqueta de satén color vino. Tenía algo del brillo y el encanto de Vittorio Del Strabo, pero los años le habían obligado a hacer concesiones a una cintura con tendencia a engrosar y su paso era menos vivo que el del italiano. Con todo, entre los corsés y el esprit de vie, apenas si se percibían los estragos de la vida.
Descendió los escalones, mientras Peter pagaba al conductor, pasó el vaso de whisky de la mano derecha a la izquierda y extendió la diestra a Peter.
– Usted es…
Esperó que Peter le diera el nombre. Después, cuando Peter dio el nombre que esperaba, le estrechó la mano con mayor cordialidad aún.
– Et Mademoiselle Halley, non?
Dijo muchas otras cosas en francés, con el oído atento a las respuestas, para ver hasta qué punto ella le entendía. No tardó en advertir que, dijera lo que dijera, ella no le entendería. Satisfecho con el resultado, condujo a la pareja por la escalinata y a través de la puerta, como si fueran miembros de la realeza que habían condescendido a visitarlo. El senador Gorman podía haber mentido en otras cosas, pero parecía estar en lo cierto respecto a su amistad con Pierre DeChapelles.
DeChapelles, con un brazo enlazado en el de Peter y el otro en el de Karen, los condujo a un suntuoso living-room cuyas ventanas se abrían en ese momento sobre las tinieblas, pero que en las horas de sol debían mostrar barcos en un horizonte muy lejano.
La habitación no estaba vacía. En una mesa de juego próxima a las ventanas dos personas jugaban a las cartas. Una de ellas era una hermosa mujer de unos treinta y cinco años, que vestía traje largo y llevaba el renegrido pelo recogido en un chignon. Su compañero de juego era un hombre canoso, de unos setenta años, agobiado, delgado y traslúcido. A su lado había un gran vaso de brandy con soda, del que bebía constantemente.
DeChapelles hizo las presentaciones. Explicó que los jugadores de chaquete eran el conde y la condesa Benedetto di Gravura, unos amigos muy queridos, y que Karen y Peter eran amigos de un importantísimo funcionario estadounidense, con quien había trabado relación cuando estaba en el gabinete de De Gaulle. Los señores le visitaban por cuestiones de negocios, de modo que rogaba a la condesa y al conde que les disculparan por unos instantes.
DeChapelles tiró de un cordón y condujo a Karen y a Peter a un grupo de sofá y sillones que rodeaban una mesa baja. El criado se presentó y DeChapelles les ofreció algo de beber.
Peter confesó que prefería un sandwich.
– ¿No han comido?
– Entonces de ninguna manera un sandwich. ¿Una sopa? Luego una omelette. Y quizá pechuga de pollo, acompañada con un Sauternes. ¿Eh?
– No, muchas gracias. Personalmente me bastaría con un sandwich. No queremos molestarle mucho y tenemos que regresar.
– ¿Regresar adonde?
– Niza.
– No a esta hora. No puedo creer que tengan algo que hacer a medianoche en Niza. Pueden volver mañana. Mientras tanto son mis huéspedes.
Trataron de protestar, pero DeChapelles no admitió argumentos. Peter y Karen se quedarían a pasar la noche en su casa. Dio una serie de órdenes en un francés velocísimo que hablaba con perfección y mostraba un largo hábito en recibir huéspedes esperados e inesperados.
El criado se retiró y DeChapelles charló sobre generalidades. Había tiempo de sobra para los asuntos más serios. El conde y la condesa terminaron su juego y hablaban entre sí en un idioma totalmente desconocido para Karen y Peter. El conde trató de ponerse de pie, pero el brandy con soda había hecho su efecto. Perdió el equilibrio y cayó de rodillas, volcando la mesa. La condesa lo miró con desagrado, pero lo tomó del brazo y trató de ayudarlo, mientras le hablaba con dulce tono persuasivo en la misma extraña lengua. DeChapelles saltó para ayudar a la señora y entre los dos pusieron al conde en pie, bien sujeto por ambos lados. El conde, con la cabeza caída hacia delante, murmuraba algo -ahora en francés- y ellos le contestaban en francés. DeChapelles dijo algo a la mujer, llamándola Julia, y se cruzó una mirada furtiva. El dueño de casa palmeó afectuosamente al bamboleante conde en el hombro, le despidió con un cordial «Bon soir, Benedetto» y observó a la condesa, mientras ayudaba a su marido a retirarse.