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– El conde no se siente muy bien esta noche -explicó, al regresar al sofá-. El viaje en avión a Cannes fue bastante movido.

Abrió una caja que había sobre la mesa y les ofreció cigarrillos, luego les dio fuego con un pesado encendedor de mesa.

El criado entró llevando una bandeja con dos copas de pinaud para los invitados. Luego comenzó a colocar cubiertos sobre la mesita.

– No me parece bien que nos quedemos -dijo Peter-. Tiene huéspedes…

– Siempre tengo huéspedes. Muchos huéspedes. Diez, doce.

– Pero es que no hemos traído nada… ropa de dormir:…

DeChapelles rió.

– ¿Y eso qué tiene que ver? Tengo de sobra. Soy soltero, pero me gusta estar rodeado de gente… de modo que recibo mucho. Mi vocación es ser anfitrión. Pero para ser un buen anfitrión uno tiene que estar preparado. La casa está bien equipada para lo que haga falta.

Peter se llevó a los labios el apéritif, que era dulce y delicioso.

– El senador Gorman me ha dicho que nos resolverá ciertos problemas -dijo.

DeChapelles se encogió de hombros.

– Digamos, más bien, que les voy a entregar algo que solucionará sus problemas. Yo, personalmente, no resuelvo ningún problema… Soy un simple mensajero.

Introdujo la mano en el bolsillo de su chaqueta y extrajo un pequeño sobre de papel manila, con su nombre y la dirección de su empresa comercial en París. Dentro había un sobre más pequeño a nombre de Congdon, y el dueño de la casa se lo pasó.

Peter lo abrió y extrajo quinientos dólares en moneda norteamericana y un flamante pasaporte a nombre de Karen Halley, idéntico al que había perdido. Peter se lo dio y ella lo guardó en su bolso y lo apretó con fuerza.

– Créame que se lo agradezco mucho -dijo a DeChapelles.

– No me lo agradezca a mí, agradézcaselo a su amigo Robert Gorman. Todo lo que sé es que anoche, cuando llegué a mi casa… a mi apartamento de París… el criado me dijo que me esperaba una llamada de Estados Unidos. Era Robert. Me preguntó qué planes tenía. Si pensaba venir a Antibes a pasar el fin de semana. Le dije que sí. Me pidió entonces que entregara un importante sobre a míster Peter Congdon y a miss Karen Halley si venían a retirarlo. Le dije que sería un placer. Tengo entendido que aprovechó los servicios de algún correo del Departamento de Estado. Sea como sea, la persona que lo entregó llevaba una cartera diplomática unida a la muñeca por una cadena. Una cosa imponente. Supongo que esto tiene relación con esa investigación que está llevando a cabo. No quiso hacer comentarios, pero sigo sus hazañas a través de la prensa y tengo que deducir que cualquier cosa vinculada con Robert en estos días tiene que estar vinculada con la mafia. Es más, aunque admito que es un tiro a ciegas, sospecho que miss Halley es la misteriosa testigo que ha prometido sacar a relucir y que míster Congdon es una especie de escolta.

– Lo lamento, pero por ética profesional no puedo hablar del asunto -intervino Peter-. Espero que lo comprenda.

– Comprendo perfectamente. Pero Robert me dijo algo más. Deben regresar a Estados Unidos lo antes posible. Me ha pedido que haga todo lo que pueda para ayudarles a… abreviar las cosas. ¿Estoy en lo cierto sí creo que quieren regresar inmediatamente a Estados Unidos?

Peter admitió que era así.

– ¿Ha reservado los billetes?

– No. Aún no.

– Mañana por la mañana sale un avión de Niza con destino a Nueva York. ¿Quieren que les consiga billetes?

Podía ocurrir que la mafia estuviera vigilando el aeropuerto de Niza, de modo que Peter decidió consultar otras posibilidades.

– ¿Qué me dice de Cannes? -preguntó-. ¿A qué distancia está?

– Un poco más cerca de Niza, pero el aeropuerto no sirve. Es pequeño y sólo se usa para vuelos locales. Los que se hacen a lo largo de la costa.

– Pero usted voló hasta Cannes desde París.

– Fue en un avión privado, un aparato de la compañía.

Sonrió a Peter.

– Parece que no le gusta Niza, ¿eh? ¿Preferiría volar desde otro aeropuerto?

– Si fuera posible, sí.

– ¿Le parece bien París como punto de partida de un vuelo a Estados Unidos? Si no quiere ir a Niza, puedo llevarlo a París en vuelo desde Cannes.

– ¿Cuándo podría ser?

– Cuando quiera. Mañana por la mañana, si así lo desea. El avión está ahí, ¿no? Sólo espera que lo pilote.

– Sería espléndido, pero me parece un abuso.

– Será un servicio. Una de las pocas cosas que los franceses podemos hacer por los norteamericanos. No hemos sabido agradecer lo que el pueblo de Estados Unidos ha hecho por Francia. Quizá me aproxime más a la verdad si digo que quienes ocupan posiciones influyentes han preferido morder la mano que nos alimentó y nos sostuvo. De Gaulle no goza de popularidad aquí. Le vemos pocas cosas buenas. Ha permanecido demasiado tiempo en el gobierno, si es que alguna vez debió llegar a ocuparlo.

El criado entró llevando la sopa y DeChapelles se levantó para telefonear al copiloto y ordenarle que preparara el avión.

Sábado 0.15-0.30 horas

El reloj de pulsera de Peter marcaba las cero y quince cuando se desató el cinturón del albornoz, se quitó el reloj y lo dejó sobre la mesilla junto a la cama. Su dormitorio y su baño eran vecinos a los de Karen y daban sobre la fachada lateral de la casa. Desde sus ventanas se veía la entrada para automóviles, la cerca y los arbustos que separaban el jardín de los parques vecinos. Era una habitación bien amueblada, como las que Peter había podido ver, y aunque la casa no era la más grande de aquella zona de Antibes, hablaba a las claras de la considerable fortuna de su dueño. Sobre todo si se tenía en cuenta que aquélla era sólo una de las viviendas de Pierre DeChapelles.

DeChapelles era tan atento y considerado como rico. Peter casi lo habría considerado un anfitrión perfecto, a no ser por la elección de huéspedes que había hecho aquel fin de semana. No había más que verles para comprender que soportaba al conde por amistad con la condesa. Ella había reaparecido, mientras Peter y Karen comían, y había hecho un aparte con Pierre. Hablaban en francés, pero lo que Peter logró oír le bastó para comprender que el conde estaba en la cama y muerto para el mundo.

Cuando terminaron de cenar, DeChapelles los condujo a sus respectivas habitaciones y un criado les trajo la ropa de dormir. Hubo un cordial buenas noches y el anfitrión se libró de Karen y de Peter como de acompañantes indeseables. Con todo, pensó Peter mientras encendía un cigarrillo, no podían quejarse. Los esfuerzos y tensiones parecían lejanos ahora. El golpe en la cabeza y hasta la zambullida en el Porto Vecchio parecían esfumados en el pasado, simples recuerdos ingratos que un día hasta podrían resultar entretenidos a sus nietos. («Cuéntanos la historia de cuando salvaste a la mantenida de un jefe de la mafia, abuelito.» «Abuelito, ¿qué es una mantenida?» «¿Era guapa, abuelito?»)

Sí. Era guapa,

Abrió las puertas del balcón y salió. La lluvia, que se había mantenido durante todo el día, había cesado mientras cenaban y ya no quedaban nubes en el cielo. La luna aparecía radiante, casi llena; el aire de la noche era agradablemente fresco; los ruidos eran tan distantes que no perturbaban la calma nocturna. Un automóvil pasó por la carretera, pero sólo las luces revelaban su paso. Hacia la derecha, un jet descendía hacia Niza. Peter dio una larga chupada a su cigarrillo y arrojó una nube de humo. Realmente todo aquello era muy agradable. Era un paréntesis en los problemas del mundo. Podía dejar el revólver en su dormitorio, apoyarse en el marco de la puerta de su balcón, aspirar el aire fresco y aromático y bañarse en la claridad de la luna.