Un repentino ruido en el balcón hizo que se pusiera tenso. Un pestillo giró, se abrieron las puertas del otro balcón y apareció Karen. No le había visto y dio un paso hacia la baranda. Allí se detuvo unos instantes paladeando la noche, como lo había hecho Peter. Estaba envuelta en un salto de cama blanco que destacaba las líneas firmes y llenas de su figura. Su pelo no había recuperado aquel reflejo casi plateado que Peter había visto durante dos breves horas, antes de que la obligara a sumergirlo en una solución de limpia calzado; sin embargo, estaba bien cepillado y peinado de una manera simple, pero tentadora. Joe Bono tenía que haber estado loco por esa chica y Peter lo comprendía.
Karen pareció sentir la mirada y se volvió, primero con lentitud, luego vivamente.
– ¡Oh!
– ¿Admirando el paisaje?
– Sí.
– ¿Qué piensa de nuestro anfitrión?
– Parece muy agradable.
– Creo que la condesa opina lo mismo.
Ella se encogió de hombros.
– ¿Y eso qué importa?
– Bueno, eso es lo más interesante de todo. Uno ve a un anciano como el conde y se pregunta: ¿se da cuenta de que le están utilizando? ¿Piensa realmente que su maduro encanto mantiene a una esposa joven y bonita a su lado?
– No es tan joven.
– Comparada con usted, no, muchacha. Ni siquiera comparada conmigo. Pero, ¿comparada con él? Tiene que haber como cuarenta años de diferencia. ¿Y él qué tiene? Un título. Quizá hasta tenga algo de dinero; aunque en estos casos uno no sabe con certeza si es él quien tiene dinero o si es ella o si no lo tienen ninguno de los dos y el título les mantiene. Habitualmente un título equivale a una cuenta bancaria. Por supuesto el montante de esa cuenta depende del título y del lugar en que se exhiba y a quién le importa y cuánto le importa a quien le importe. Tomemos este caso, por ejemplo… Me refiero a Julia y Benedetto, como huéspedes de nuestro amigo Pierre. ¿Cree usted que el título de Benedetto o el encanto de Julia les valen los fines de semana gratuitos aquí… con avión particular y todo?
– No sé ni me interesa. ¿Qué importancia tiene?
– La importancia que tiene depende del protagonista. Para usted ya sé que no tiene la más mínima importancia. Si Pierre nos saca del atolladero ¿qué importancia tiene quién es y qué es? Pero póngase en el pellejo del conde. Bebe bastante, ¿no? Y es bastante viejo. Y no parece muy fuerte. Y ahí lo tiene, sentado con su esposa jugando al chaquete y sorbiendo brandy con soda en cantidades respetables. Y eso ocurre siendo huésped de alguien, cuando está en casa ajena. Y no estamos hablando de un pobre palurdo que no tiene noción de las reglas de urbanidad.
Este hombre sabe cómo comportarse. Entonces ¿por qué? ¿Por qué bebe tanto? ¿Por qué permite que su esposa lo meta en la cama y se vaya? ¿Por qué baja tanto la cabeza que no alcanza a descubrir las miradas de complicidad que se cruzan su esposa y ese anfitrión? ¿No se ha preguntado hasta qué punto está enterado y hasta qué punto quiere enterarse y hasta qué punto quiere fingir que no se entera? ¿Y por qué tiene importancia para él? ¿Se emborracha porque quiere que su esposa le meta en la cama?… ¿O se emborracha porque su esposa le mete en la cama?
Karen le miró a los ojos. El balcón tenía sólo un metro veinte de ancho y el largo necesario para cubrir las dos puertas. Estaban parados muy cerca uno del otro.
– No puede librarse de esa idea, ¿verdad?
– ¿De qué idea?
– La de mi relación con Joe Bono.
– ¿La de su relación con Joe Bono?
– Le obsesiona, ¿no?
– ¿Obsesionarme? Debe de estar bromeando. ¡Qué me importa!
– ¿No le importa? ¿Y por qué se preocupa tanto por la relación entre dos personas que jamás ha visto hasta hace dos horas y que saldrán para siempre de su vida dentro de ocho horas, que en su mayoría pasará durmiendo? ¡Y pretende que le crea cuando me dice que no le interesa el comportamiento de una mujer cuya vida y existencia han sido responsabilidad suya durante más de cincuenta horas y lo seguirán siendo dieciocho más, por lo menos! El comportamiento de una mujer con la cual ha compartido la cama, ha estado sumergido en la misma agua, por la cual lo han golpeado en la cabeza, en cuya defensa ha arriesgado su propia vida. ¡No! Está permanentemente ansioso por restregarle a esa mujer por la cara las reglas de moral, por sentarla en el banquillo de los acusados… y, créame, estoy convencida de que nunca había asumido esa actitud puritana. No es de ésos. Pero me está enjuiciando a mí. Cuando flirteaba con los policías de Florencia y cuando estaba con Umberto, en la barca, me miraba con el ceño fruncido y manifestaba su desaprobación como Dios Nuestro Señor en las alturas. No tiene moral, pero me restriega la moral por la cara, como si la hubiera inventado. ¿Sabe lo que le ocurre? Está celoso.
– ¿Celoso?-estalló Peter-, ¿De usted?
– De Joe Bono. No soporta la idea de que me haya poseído. Lo obsesiona esa idea, porque me desea y su ética puritana le dice que no puede pretenderme porque estoy corrompida. Y quiere atormentarme y hacerme sufrir, porque sufre.
– ¿Que la deseo? Está loca de vanidad.
– ¿Cree que no me doy cuenta de cómo me mira? ¿Cree que una mujer no sabe lo que un hombre piensa, con sólo observar su mirada? ¡Atrévase a decirme que no está deseando besarme aquí mismo y ahora mismo!
– ¿Besarla? Eso es lo que usted querría, ¿no?
– Sí, me gustaría que me besara. Porque en ese mismo instante estaría perdido. Porque en ese instante no estaría por encima de Joe Bono, no estaría por encima de mí. Porque cedería y cedería con los ojos bien abiertos y ya nunca podría echarme nada en cara.
Le enfrentaba con expresión desafiante.
– Vamos. Le desafío. Joe Bono lo hizo, ¿no? Y lo hace todo el que se me acerca, ¿no? Todos menos Umberto. No tuvo oportunidad, ¿no? Usted no le perdió de vista. No soportaba la idea de lo que podía ocurrir.
– Cállese.
– Me ha obligado a hablar.
Peter la aferró por los hombros y la besó con furia. Y en ese momento olvidó a Joe Bono y a Umberto y a todos los demás hombres y a todos los amores que hubieran pasado por la vida de ella o por la vida de él. Era el Cuatro de Julio y el cielo entero estallaba en fuegos de artificio. Y se colmaba de luces de colores para ellos dos. Un beso y de pronto se encontraron abrazándose con desesperación, besándose sin control, aferrándose uno al otro como si en ello les fuera la vida.
Se dejaron arrastrar por el vértigo. Sus besos eran desesperados; su abrazo, instinto puro. Las manos de él recorrían la espalda de ella, tomaban su cara, penetraban por la abertura de su bata y del liviano camisón y palpaban sus pechos turgentes, sus pezones erectos y excitados. Ella le abrazó con más fuerza aún. El desató el lazo de la bata blanca y la abrió. Sus labios recorrieron las mejillas tersas y mordisquearon el tierno lóbulo de la oreja. Quitó la bata de un hombro, luego del otro y ella la dejó caer a sus pies. Peter acarició una oreja de la muchacha y comenzó a susurrarle «Te quiero».
Pero no llegó a decirlo. Algo en el fondo de su conciencia se abría paso para llamar su atención… Era un recuerdo pequeño, insignificante, que fue cobrando forma y agitándose hasta dominarlo, borrando el amor, la pasión y el deseo. Permaneció un instante como paralizado, aferrando los hombros desnudos de la joven. Luego se retiró estremecido y la miró. Se retiró un paso más, sin dejar de mirarle al rostro, en un estado de profunda conmoción. Ella tenía, los ojos vidriosos, los labios entreabiertos. Era una mujer entregada, no había el menor asomo de resistencia. Eso sí era verdad. Pero el deseo había desaparecido de él, como una llama extinguida. La aferró por los hombros. Los dedos se hundieron en la carne.