– ¿Tan difícil es, Sheena? ¿Pedirme ayuda?
Bajó los ojos y sacudió la cabeza, acobardada por dentro por tener que jugar a este asqueroso juego. Quería pensar en ello como solía hacerlo, su personaje encubierto siendo más listo que su presa, pero ya no se sentía fuerte y al mando. No era fuerte. Puede que nunca volviera a serlo. Siguió mirando por la ventana, sin desear ver la cara apuesta de Stavros. Él era el diablo encarnado, y solo mirarle la llenaba de miedo. Creía que era invencible y la asustaba pensar en que pudiera poner las manos sobre sus hermanas.
– Sheena. -Su voz ronroneó suavemente y la llenó de terror-. Mírame.
No era posible que estuviera leyendo su mente, la energía psíquica estaba en su lugar. Ella siempre podía sentir el zumbido bajo, hiriente en su cabeza. Se obligó a apartar la vista de la esperanza que traía la tormenta, encontrar la mirada de sus ojos oscuros y fríos.
– Ves, mi dulzura, vivir no tiene que ser difícil, si solo haces lo que te digo. -Stavros extendió los brazos para abarcar la habitación-. Puedes vivir una vida hermosa y privilegiada aquí conmigo, teniendo nuestros hijos, teniendo cualquier cosa que quieras.
– ¿Por qué yo, Stavros? No soy como las demás mujeres con las que sueles estar. -En absoluto alta y hermosa, solo lo bastante intrigante para captar su atención y ser invitada a sus fiestas. No era una de las rubias esculturales que él parecía preferir.
Stavros se tomó su comentario como una súplica de tranquilidad.
– ¿Es eso lo que te preocupa, dulzura? ¿Que no vas a retener mi atención?
Su estomago dio un vuelto. La última cosa que quería era retener su atención. Obligó a su mente a continuar. Era tan difícil pensar, pero si podía simplemente encontrarse con él sentado a cierta distancia, sin tocarla, podría esperar una señal. Oh, Dios. Podía esperar a que el campo de energía cayera. Eso es lo que tenían que estar haciendo… derribar el campo de energía. Su corazón saltó con expectación. Stavros lamentaría amargamente haber posado una mano sobre ella si el campo caía.
Elle miró al hombre, esperando que no pudiera ver cuanto le odiaba. Se obligó a encoger casualmente los hombros, buscando las palabras correctas para apelar a su enorme ego.
– Tú pareces el príncipe de un cuento de hadas, y no finjas que no lo sabes. Cada crítica sobre ti te describió como lo que eres, y mira al espejo. Yo no soy ninguna princesa.
Stavros se inclinó hacia ella, pareciendo más complacido que nunca.
– Eres exótica, Sheena, una joya muy rara. Y yo sé de joyas. He buscado por todo el mundo una mujer como tú.
Tenía esa cualidad ronroneante en la voz de nuevo, pretendiendo hipnotizarla. Le recordaba a una cobra hipnotizando a su presa. Suprimió el estremecimiento y arrastró la manta más a su alrededor. Elle agradeció a sus hermanas el viento que golpeó contra la villa con fuerza, atrayendo su mirada naturalmente para poder apartarla de esos ojos vigilantes.
– No lo soy, Stavros -susurró y la vergüenza en su voz era auténtica esta vez-. Soy débil. Debería haber sido capaz de mantenerme en pie ante ti, tener orgullo. Me siento como si hubiera fracasado en alguna prueba que me has puesto.
Se frotó el borde de la manta contra la boca temblorosa. Deseaba ir a su casa… pero su casa ya nunca sería la misma… porque ella no era la misma. Ya no era Sheena MacKenzie o Elle Drake. Ya no sabía quién era. Sus sienes latían y el constante dolor de cabeza le recordó que ya casi había quemado su talento luchando contra el campo de energía. ¿Qué le quedaba? Despojada de todo lo que era, todo lo que sabía sobre sí misma, se sentía tan vacía como una cáscara sin nada dentro.
– Cariño, esto no era ninguna prueba para ti. Nunca hubo necesidad de probarme que eras lo bastante fuerte o lo bastante digna.
No para él. Nunca para él. Ser una Drake. Pasar su legado a siete mujeres. Ser lo bastante fuerte para guiarlas a lo largo de los años venideros en las cosas que tendrían que aprender para esgrimir semejante poder. Había tenido poder toda su vida, entrenando, su cuerpo y mente en forma, y aún así ahora, ante la primera prueba real, había fallado a sus seis hermanas, sus seis hermanas y a cada mujer Drake que había nacido antes de ella.
Estaba rota y no había forma de arreglarlo. Incluso si se las ingeniaban para sacarla de la isla y alejarla de Stavros, nunca se lo sacaría de su mente, o su tacto del cuerpo. Él había logrado lo que se proponía y la había cambiado para siempre.
Elle sacudió la cabeza y se echó hacia atrás la maraña de brillante cabello rojo. Odiaba su cabello porque él pasaba los dedos a través de él constantemente. Envolvía el puño alrededor y le tiraba de la cabeza hacia atrás, obligándola a hacer su voluntad una y otra vez. No había parte de ella que sintiera limpia, ni parte que ella que sintiera suya. Él había hecho eso. Stavros. Incluso con el viento salvaje golpeando la villa y sus hermanas cerca, sentía terror de él. Parecía invencible. Ella mantuvo la cabeza baja, no queriendo que él viera su derrota absoluta a sus manos.
– Sheena. -Su voz era engañosamente amable, compeliéndola a mirarle, con el corazón en la garganta-. Deseo tu obediencia. Tendrás que vivir aquí, por supuesto, pero haré del tuyo un mundo increíble. Tendremos nuestros hijos y nuestro hogar lejos de todos. Serás protegida al igual que nuestros hijos. Aquí, donde puedo asegurar que ninguna influencia exterior afecte adversamente nuestras vidas.
Sonaba tan razonable. No pudo evitar preguntarse, con ella sentada allí desnuda, envuelta solo en una manta, magullada y con marcas de latigazos cruzando su cuerpo, cómo podía sonar tan cuerdo y razonable.
– Me golpeas.
Los párpados de él titilaron y el corazón de Elle saltó, temiendo haberle empujado demasiado lejos. Estaban tan al límite, un equilibrio, intentando mantener una semblanza de control cuando en realidad no tenía ninguno. El control era una ilusión.
– Te castigo, sí, porque malinterpretas lo que quiero de ti. Deseo obediencia, Sheena. Me ocuparé de cada una de tus necesidades, me ocuparé de tus apetencias y deseos, incluso de aquellos que no sabes que tienes, pero a cambio, necesito que te entregues completamente a mí. Cuerpo y mente totalmente a mi cuidado. Mis apetencias y deseos siempre serán tu primer pensamiento.
Como una esclava. Como las mujeres que su hermano había robado y metido en sus cargueros para vender a una vida de infierno. Sintió la resistencia manar a través de su mente y luchó por resistirse al uso natural de poder. No necesitaba que la golpeara de nuevo. El aliento abandonó sus pulmones en una ráfaga deliberadamente larga y asintió con la cabeza.
– Creía que me estabas poniendo a prueba, poniendo a prueba mi fuerza.
Se estremeció bajo la manta y miró de nuevo al cielo… a las nubes. ¿Había sido su imaginación? ¿Su mente le jugaba malas pasadas? Las nubes parecían como enormes calderos hirvientes, el brebaje ancestral de una bruja, enturbiándose y arremolinándose más y más oscuro mientras giraba. La lluvia azotaba el cristal, oscureciendo la habitación incluso más. Esperaba que ocultara su expresión y el terror que crecía en su interior.
Stavros había sabido que ella era psíquica… por eso la había querido… no a causa de ninguna atracción por ella, sino porque quería hijos de ella. Esa era la razón de que no hubiera permitido a su hermano acercarse a ella. Cerró los ojos y enterró la cara en la manta. Ya podía estar embarazada. Era posible… probable incluso… que un niño viviera ya en su interior.
– ¿Sheena? -Stavros abandonó su asiento y se acercó a ella, deslizando una mano entre la maraña de cabello. Odiaba eso. Odiaba que le tocara el cabello. Odiaba estar sentada, temblando, esperando a que él decidiera lo que podía o no podía hacer. Ya recibiera dolor o placer, lo odiaba viniendo de él.