Tenía que estar allí. Si la habían trasladado, o Gratsos se la había llevado de la casa cuando el generador había fallado, ya podría haber desaparecido. Matt no había informado de un bote abandonando los muelles, pero Gratsos y su guardaespaldas no habían sido divisados tampoco.
Subir las escaleras sería complicado como poco. Estaban «apiñados», sus cuerpos tocándose, Jackson a la cabeza, Jonas en la retaguardia. La posición de Jackson era directamente escaleras arriba. Alexandr estaba de lado, apuntando hacia el balcón, barriendo continuamente de derecha a izquierda mientras Jonas iba de espaldas, apoyándose en Alexandr para poder sentir adónde iban mientras cubría la zona debajo de ellos.
Se movían al unísono, un escalón cada vez, comprobando visualmente cada esquina, cada sección una y otra vez mientras ganaban el rellano del segundo piso. Jackson enfrentaba un largo pasillo. Había más habitaciones, más puertas, más peligro. Y silencio. Siempre absoluto silencio. Si ella estaba ahí, ¿por qué no gritaba?
La habitación más cercana tenía la puerta ligeramente entreabierta. Jackson tuvo un mal presentimiento al respecto y alzó la mano haciendo un gesto de cortarse la garganta, indicando peligro a los otros. Dio un paso hacia la puerta, después un segundo, con Alexandr igualando sus zancadas como si estuvieran bailando. Jonas iba justo tras ellos, de cara a la puerta opuesta a la que Jackson estaba acechando.
Jackson se acercó al costado de la puerta, abriéndola con el brazo y agachándose. Disparó dos veces mientras caía, rodando y alzándose sobre una rodilla, rastreando la habitación. Un cuerpo cayó con un golpe suave sobre la gruesa alfombra, la sangre se encharcaba lentamente a su alrededor.
– Despejado -dijo Alexandr y Jonas mantuvo los ojos en la puerta al otro lado del pasillo, con el arma apuntada. Antes de dar otro paso, oyeron un rugido como un distante tren de mercancías. Entonces la tierra se estremeció. Alrededor de ellos la villa se meció, el mobiliario se sacudió, las paredes se agrietaron y la presión vibró a través de ello.
– Muelle derribado -informó Matt al oído de Jackson.
– A la mierda las navidades en Grecia, bienvenido Cuatro de Julio. Dije que enviaría al bastardo directamente al infierno.
– Maldito pirado -masculló Matt.
Sacudiendo las cabezas, los tres empezaron a recorrer el pasillo, despejando cada habitación al pasar. Cuando Jackson abría una puerta de un codazo, una sombra surgió ante él en un umbral abierto, y se dejó caer y rodó, sujetando el arma hasta estar seguro de que no era Elle. Una bala impactó, astillando la pared justo por encima de su hombro, pero él ya estaba devolviendo el fuego, su puntería fue instintiva y oyó el cuerpo caer. Disparó de nuevo, sin dejar nada al azar.
Les quedaba una habitación. Si Elle no estaba allí, estaba jodido. No había ningún otro sitio donde pudiera estar. Eso significaba que habían llegado demasiado tarde y Gratsos se les había escapado, llevándosela con él y tendrían que empezar otra vez desde el principio. Con el corazón en un puño, Jackson se aproximó a la última habitación. Estaba construida al final del piso entero, la pared que daba al océano era de cristal.
La puerta estaba ligeramente entreabierta cuando se aproximaron y oyeron movimiento dentro. Se quedó congelado, su mano hizo un corte a lo largo de su garganta para los otros. La puerta se abría hacia adentro y a la derecha, así que se aproximaron por el lado derecho. Jackson esperó, contando silenciosamente hasta que todos estuvieron en posición. Jonas pateó la puerta con fuerza, abriéndola de golpe de forma que se estrelló contra la pared de cristal de atrás y rebotó.
Jackson entró rápido, agachado, barriendo la habitación con su arma, a la izquierda y después volviendo instantáneamente al centro para cubrir a los dos hombres que estaban de pie en medio de la habitación, ocultándose tras el cuerpo laxo de Elle.
– Objetivo -escupió, su mira entre los ojos del primer guardia… el que sujetaba el arma contra la cabeza de Elle.
Alexandr había llegado una fracción de segundo detrás, moviéndose a la derecha, con el arma sobre el segundo guardia que intentaba escudarse tras la mujer y su compañero. Jonas entró casi al mismo tiempo, moviéndose deliberadamente a la izquierda con Alexandr para intentar mantener la atención lejos de Jackson, su mejor tirador.
– Un paso más, y ella muere. Bajad las armas.
– ¡Bajadlas, bajadlas ya! -chilló el otro guardia.
– Calma -dijo Jonas-. Nadie tiene por qué morir aquí. Entregadnos a la mujer y marchaos.
– Soltad las putas armas ahora -gritó el primer guardia, con los ojos llenos de pánico.
– Dispárale sin más -animó Alexandr con una voz ruidosa y detestable-. Pégale un tiro. Ella es un peso muerto de todos modos. Hazlo ya, acaba con ellos.
El guardia que estaba detrás de Elle maldijo ruidosamente.
– Acaba con ellos, acaba con ellos -insistía Alexandr.
– Calma todo el mundo -dijo Jonas.
– Bajad las armas -dijo de nuevo el primer guardia, pero ahora estaba mirando a Alexandr, con los ojos nerviosos.
Jackson nunca habló. Nunca se movió. Elle colgaba de los brazos del hombre. Cuando tocó su mente, ella no estaba allí. Aplastó el pánico y tomó aliento. Lo dejó escapar. Ni una vez apartó el arma de su objetivo. Dejó que todo se perdiera en la distancia excepto su objetivo. El caos de los gritos, los guardias maldiciendo, Alexandr provocándoles, Jonas calmándoles, todo ello desapareció hasta que estuvo en un túnel con el que estaba familiarizado. Agua helada corría por sus venas, había fuego en sus entrañas, tenía el corazón en los oídos y muerte en su mente.
Siguió la bala de su arma al objetivo, reproduciéndolo una y otra vez en su cabeza. Todo el rato esperando. Un momento. Una fracción de segundo. Un error.
– Acaba con ellos, maldita sea -continuaba gritando Alexandr, cambiando una y otra vez del inglés al ruso.
Los guardias respondían a los gritos, amenazando, acercando a ellos el cuerpo laxo de Elle.
– La mataré, la mataré, dejad las armas.
– Mata a estos bastardos -chilló Alexandr a pleno pulmón, su acento ruso era mucho más evidente-. No nos importa una mierda la mujer. Mátalos.
El guardia que sujetaba el arma contra la cabeza de Elle dirigió el cañón hacia Alexandr y Jackson le disparó entre los ojos. Alexandr apretó el gatillo y el segundo guardia golpeó el suelo casi simultáneamente. Jonas saltó junto a Elle. Jackson llegó allí antes que él, comprobando en busca de pulso, asegurándose de que estaba respirando. Por primera vez, se permitió a sí mismo mirarla, confiando en Jonas y Alexandr para mantener a raya a sus enemigos.
Ella yacía en el suelo, rota, como una muñeca. Su cabello rojo era una masa de enredos. Su cara estaba blanca. No pálida, sino blanca, y feas magulladuras oscuras marcaban su suave piel, alrededor de los ojos, la mejilla e incluso la mandíbula. Su cara estaba hinchada y cuando se inclinó y susurró su nombre, la bata en la que la habían envuelto se abrió. El aliento se le quedó atascado en la garganta. Su corazón se detuvo en el acto. La bilis se alzó, se agitó en su estómago y le estranguló la garganta. Tras él, Jonas dejó escapar un sonido, como de animal herido.
– Dios mío, Jackson. Mira lo que le han hecho. -La voz de Jonas se ahogó. Había lágrimas en sus ojos y se dejó caer junto a la mujer a la que siempre había considerado una hermanita. El cuerpo era un amasijo ensangrentado, latigazos abiertos y magulladuras oscuras. Por un momento Jackson abrió la bata y siguió el rastro de arriba a abajo por el cuerpo de ella. No había lugar que no hubiera sido tocado. Incluso levantarla iba a hacerle daño.
– Tenemos que irnos -dijo Alexandr-. Cógela, Jackson, moved el culo. Andamos algo cortos de tiempo. Las mujeres no pueden sostener la tormenta para siempre. Déjalo para luego -aconsejó Alexandr, poniéndole una mano en el hombro.