– Lo siento, Jackson. De veras. No soy lo bastante fuerte para estar sola y tú eres al único que tengo que podría ser capaz de hacerle frente. Jonas podría perder a Hannah o me quedaría con él…
– No, nena -la consoló-. Estamos juntos en esto, siempre hemos estado juntos quisiéramos admitirlo a no.
– Te matará. Lo sabes, ¿verdad? -Su voz tembló sólo de pensar en Stavros y sintió como su mente se hacía trizas. Se aferró a la fuerza de Jackson, a la oscuridad en él. Era brutal y tosco, con una violencia que hacía juego con la de Stavros. Al contrario que el griego, él no se molestaba en ocultarla… desde luego de ella no. No era verdad que habría arriesgado la vida de Jonas, y no podía soportar la mentira entre ellos-. No debería haber insinuado que Jonas…
– No te expliques, Elle. Estoy en tu cabeza. Eres mía. Compartimos la misma piel ahora mismo, y tú estás en peligro, estando conmigo, así que está bien. Yo también tengo una amenaza colgando sobre mi cabeza. -Le recordó tranquilamente-. Mi padre se pasó a otra banda y le mataron por ello. Me llevé por delante a varios de ellos antes de que me cogieran. No morí y lo saben. Me han estado buscando y cualquiera que esté conmigo está en peligro.
La mirada de Elle se deslizó sobre él. Él miraba directamente adelante, por la ventana, ignorándola y al océano bajo ellos.
– ¿Y ahora me lo dices?
– No había necesidad de que lo supieras antes.
Una pequeña agitación en la mente de ella le dijo a Jackson que Elle Drake no había desaparecido completamente. Siempre había tenido un genio del demonio a juego con su brillante cabello rojo, y sintió ese pequeño arrebato, como un petardo débil apagándose.
– Había absoluta necesidad. Sabes lo que pensé.
– Sé lo que dijiste que pensaste. Me culpaste de tu huída.
Los labios de ella se apretaron y agachó la cabeza profundamente en la manta, ocultando la cara, inhalando el viento. La brisa le alborotó el cabello enredado. Se lo apartó.
– No me deseabas lo suficiente para aceptarme como era, Jackson.
Él sintió el golpe de sus palabras en el estómago.
– Joder, no me digas que no te deseaba lo suficiente, Elle. Nunca me digas eso. Puede que yo no sea Jonas, todo sonrisas y diciendo siempre lo que una mujer quiere oír, pero seguro como el demonio que te deseaba con cada célula de mi cuerpo y tú lo sabías. Querías que cambiara. Querías que fuera un hombre complaciente.
Ella tragó con fuerza.
– No voy a seguir por ahí contigo. Eso ya no importa. Tuvimos nuestra oportunidad y la perdimos.
– Joder, no me digas eso tampoco.
– Tal vez simplemente no debería decir nada en absoluto.
El paisaje se nubló mientras miraba fijamente sobre el océano. Las olas golpeaban contra las grandes rocas, lanzando géisers de agua al aire y salpicando las rocas con espuma blanca. Había una semblanza de paz en la familiaridad del litoral, salvaje e indomable, el océano impredecible aunque siempre constante. Como su familia.
Jackson se aclaró la garganta.
– No sé como hacer esto bien, Elle. Estás cansada y herida y…
– Dañada. Dilo sin más. Ambos lo sabemos. Necesito honestidad de ti, Jackson. Cuento con tu honestidad para decirme cuando la estoy jodiendo. Porque me siento tan… -se interrumpió. Se frotó la barbilla con la manta-. Furiosa. Deseo hacer daño a alguien. Me odio a mí misma por esto, pero mejor tú que ellas.
– ¿Crees que no lo sé? -Condujo la camioneta sobre su camino de entrada y los llevó hasta la casa-. Sabía lo que te pedía cuando te supliqué que permanecieras viva, Elle. Yo he estado ahí, sé mejor que nadie lo que estás sintiendo ahora mismo. Soy bien consciente de que harás lo que sea para proteger a tus hermanas.
– ¿Incluido poner en peligro tu vida? -Había una nota de desafío en su voz.
– Compartía tu mente cuando empujó un arma por la garganta de alguien.
Ella apretó los ojos firmemente, pero no pudo detener la visión de un completo desconocido irguiéndose sobre ella, empujándole su pene en la boca, o la visión de Stavros metiendo el arma en la boca del hombre y apretando el gatillo. Su garganta se le cerró, como si una mano se apretara como un grillete alrededor de ella, quitándole el aliento hasta que luchó, agitándose para tomar aire.
Jackson pisó el freno y extendió la mano hacia ella, arrancándole el cinturón de seguridad para poder girarla, cogiéndola por los hombros. Ella tenía las manos en la garganta, intentando arrancarse de allí unos dedos invisibles. Tras él, en la parte de atrás, Bomber ladraba frenéticamente.
– Respira. Toma aliento -exigió Jackson, con voz tranquila, aunque su corazón latía entrecortado. Los ojos de ella estaban brillantes, lejanos, sin verle.
Continuó derramando su mente en la de ella y lo intentó de nuevo. Elle. Toma aliento. Respira conmigo. Le apartó los dedos del cuello e hizo que le presionara las palmas contra los pulmones mientras inhalaba profundamente y después soltaba el aire. Eso es, nena, conmigo. Siéntelo. Juntos. La misma piel, cariño. Yo respiro y tú respiras.
Ella estaba siguiendo sus instrucciones, acurrucada, abrigada dentro de él, sintiendo a Stavros buscarla desde la distancia. Jackson se inclinó y le rozó la coronilla con un beso.
– Ahora estamos bien, Elle. Estás en casa. Estás a salvo. -La arrastró a sus brazos, acunándola contra su pecho, con manta y todo-. Sarah te traerá algo de ropa mañana. Entretanto, puedes ponerte la mía, pero te quedará grande. Nos apañaremos.
Elle se aferró a él un momento, intentando no sentir esos dedos en la garganta. ¿Un ataque de pánico? Antes nunca los había tenido. ¿O había sido real? ¿La había encontrado ya Stavros? Sheena MacKenzie había dejado de existir. No había ninguna forma de que pudiera rastrearla hasta Elle Drake, y desde luego no tan rápido. Tenía que haber sido un ataque de pánico. Se frotó la garganta, sintiéndola magullada e hinchada.
– Tal vez esté perdiendo la cabeza, Jackson.
– Y tal vez sólo estés traumatizada, Elle. -Abrió la puerta de una patada e hizo un ademán con la mano hacia el interior, indicando al perro que entrara y buscara. Incluso con Elle en brazos, tenía una mano cerca del arma ajustada en su cinturón. El pastor alemán asomó la cabeza hacia afuera unos minutos más tarde y soltó un ladrido corto, señalando que todo estaba despejado. Jackson entró y bajó a Elle en el centro de la habitación-. No está muy limpio, cariño. No esperaba traerte a casa conmigo.
Elle se giró en un lento círculo para examinar la habitación. Era una habitación de hombre. Techos altos, todo madera brillante. La parte delantera de la casa tenía una serie de ventanas tipo catedral alzándose hasta los altos y brillantes paneles del techo, enmarcados por la misma madera pulida. El suelo iba a juego con el techo y las paredes, como si la habitación entera hubiera sido tallada del mismo pedazo de secoya gigante. Se acercó a la chimenea de piedra, de nuevo una impresionante pieza que parecía masculina.
– Es hermosa, Jackson. Y muy abierta.
– No me gustan los espacios cerrados.
Su mirada saltó a la de él. El fantasma de una sonrisa le tocó la boca.
– A mí tampoco.
– Siéntete libre de echar un vistazo, Elle. Estás en tu casa. Te prepararé un baño. -Mantuvo la voz absolutamente inexpresiva-. Tendré que echar un vistazo a tus heridas y limpiarlas y tenemos que hacer algo con tu cabello.
Su cabello. Su gloriosa corona, como la llamaba su madre. Odiaba su cabello. Odiaba la sensación de Stavros pasando los dedos por él.
– Creo que me lo cortaré. Todo. -Pero todavía podría sentirlo. Todavía deslizando las manos sobre su cabello. Su estómago se revolvió y temió vomitar.