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Su olor era puramente varonil. Su aura la rodeaba, fusionándose con la de ella. Los colores eran más oscuros que los de la mayoría de la gente, pero no intentaba esconderlo de ella. Sus labios, ligeros como una pluma, le tocaron la piel, rozaron el borde del ojo, revolotearon mejilla abajo hacia la boca. Cada caricia de sus labios era suave, un soplo sobre su piel, suave pero firme. Podía sentirse a sí misma, manteniéndose tensa por dentro, con los músculos inmovilizados y agarrotados, el terror dominándola y conmoviéndola con cada beso. Tan leves, pero inexistentes, tranquilos, sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo… como si fueran los únicos y no existiera nadie más. Con cada toque de su boca sobre la piel, la tensión se alejaba, continuó conmoviéndola hasta que se sintió casi derretirse, hasta que levantó los brazos, le rodeó el cuello y se inclinó más cerca.

La boca de Jackson se posó en ella. No vertió lujuria ni siquiera amor en su boca. No hubo exigencias, ni presión, simplemente esa pincelada ligera como una pluma de un artista… un poeta… un auténtico maestro manejando un instrumento de un modo que la hizo desear llorar de alegría. Lo sentía en su mente, llenando cada oscuro espacio con atenciones, con fortaleza, con una lenta y ardiente pasión que la hizo sentir viva, cuando había estado muerta durante tanto tiempo.

Profundizó el beso, deslizándose suavemente hasta el siguiente, deslizando las manos hacia arriba, hacia su rostro, enmarcándola, sujetándola, acunándola como si fuera el tesoro más preciado en el mundo. Ella continuó derritiéndose, como si el intenso calor que él generaba descongelara el glaciar azul pálido de su interior. Su boca se movió hacia la suya, deseando más… incluso necesitándolo.

En el momento en que participó, en el momento en que lo aceptó, la garganta se le constriñó, como si unos dedos la apretaran implacablemente y sus pulmones ardieron faltos de aire. Se aterrorizó, trató de apartarse, trató de liberarse de la invisible mano en su nuca.

Jackson no desistió.

– Abre los ojos, nena. Levanta las pestañas y mírame.

Las palabras fueron susurradas contra su boca, dentro de su boca, los labios nunca se apartaron de los de ella.

Elle abrió bruscamente los ojos y se encontró mirándolo fijamente. Nunca se había dado cuenta de la intensidad del color de esos ojos, cómo se parecían a la obsidiana negra. Había absoluta determinación en aquellos ojos, una oscura promesa de protección y algo más que no estaba segura de querer ver… la necesidad de destruir a su enemigo.

– Ahora respira conmigo. Sólo nosotros dos. No hay nadie más aquí. Arrastra el aire hasta tus pulmones, Elle, y respira conmigo.

Bajó la mano deslizándola desde la cara hasta su tórax, descansando la palma allí mientras con la otra mano presionaba la palma de ella en su propio tórax. Ella sintió su respiración. Dentro. Fuera. La mecánica de eso y su mente atándolos juntos, amarrándolos, los convertía en uno, haciendo que su cuerpo automáticamente siguiera el de él y sacara el aire de él. La boca de él en la suya. Sintió relajarse su garganta. Sintió los pulmones inhalando profundamente el elemento vital en su interior. Saboreó a Jackson. Sintiéndolo en su interior. Sabiendo que era real y sólido y que lucharía a su lado, permanecería frente a ella, protegiéndola, haciendo lo que fuera necesario para mantenerla a salvo.

– ¿Cómo dudé de ti?

– ¿Cómo dudamos el uno del otro? -corrigió Jackson tiernamente. Rozó los labios a lo largo de los de ella una última vez y alzó la cabeza-. Estamos juntos en esto, Elle. Tienes que pensar en nosotros como en una unidad. Si lo haces, lo lograremos.

– Ahora mismo, pienso en nosotros como si compartiéramos la misma piel -admitió Elle-. Sé que necesitas espacio, Jackson, y de verdad aprecio que permanezcas en mi mente.

Él la abrazó, escuchando su silencioso llanto hasta que Bomber empujó la cabeza contra ellos en un esfuerzo por consolarla también. Jackson palmeó la cabeza del perro.

– ¿Te sientes con fuerzas? ¿Qué te parece un paseo a medianoche? -miró el reloj-, bueno, ¿a las tres de la mañana? ¿Puedes? Podemos coger un par de sillas e ir a sentarnos y observar la salida del sol.

– Pero necesitas dormir.

Él se encogió de hombros.

– En realidad, nena, me he tomado una excedencia del trabajo. Me deben un montón de días por enfermedad y tiempo personal y supongo que ahora es un buen momento para aprovecharlos, así que podemos dormir de día, quedarnos levantados toda la noche y vivir como un par de vampiros, menos por lo de chupar cuellos, aunque más adelante, cuando estés preparada, podríamos incluir eso en nuestras actividades nocturnas.

– ¿De verdad me harías rastas en el cabello?

Elle alzó la cabeza del pecho de él, cansada de llorar, cansada de sentirse fuera de control. Puede que tuviera miedo, podía incluso estar debilitada, enfadada o sentir la necesidad de encontrar a Stavros y meterle una bala en la cabeza, pero tenía que dejar de llorar. Había vuelto del revés la vida a Jackson y él no pronunciaba ni una palabra de queja.

Jackson le alzó la masa rojiza de cabello enredado.

– No creo que tengamos que hacer mucho para lograrlo. Ya eres una gigantesca rasta.

Él se levantó, cruzando la habitación con los pies descalzos y los vaqueros en las caderas, el primer botón sin abrochar.

¿Por qué se había fijado ella en ese detalle en particular? ¿Y por qué tenía la boca seca? Imposible que alguna vez fuera a desear que un hombre volviera a tocarla, no de esta manera.

Jackson volvió la cabeza, mirándola por encima del hombro, sus ojos dos pozos negros y despiadados.

– Cuando te toque, Elle, vas a sentir amor. Estarás preparada algún día y cuando así sea, nos amaremos el uno al otro.

Odiaba en lo que se había transformado, lo que Stavros había hecho de ella. Tenía que darle algo.

– Siempre te he amado, Jackson. Desde la primera vez que tu mente conectó con la mía, te amé.

– Menudo momento para decírmelo, nena -le dijo volviéndose hacia ella e inclinándose, abarcándole la garganta con la mano en una leve caricia-. Pero gracias. No sé cómo demonios soy tan afortunado, pero lo aprovecharé.

– Yo soy la afortunada.

Y lo era. Tenía a Jackson. Tenía a sus hermanas esperándola, listas para ayudarla y darle apoyo. Tenía un pueblo entero de gente que la había visto crecer y deseaba su bien. Muchas otras jóvenes no tenían tanta suerte. No tenían a nadie que las ayudara a superar el trauma de la violación y la agresión.

Jackson le agarró la mano y tiró.

– Ven. Vamos a ver como sale el sol.

Elle se levantó lentamente, dejando caer la sábana, quedando en camisa y piel desnuda.

– ¿Por qué no me preguntas por qué no te dejo lavarme el pelo?

Jackson la soltó y caminó hacia los cajones para sacar un chándal que se ataba a la cintura. Se lo ofreció, mientras su mirada la recorría con una ternura cautivadora que nunca habría asociado con él.

– No estás preparada. Cuando lo estés, me lo dirás.

Ella se tocó el cabello.

– Siempre adoré mi cabello. Mamá decía que era mi mejor rasgo, mi gloriosa corona.

– Tus ojos son tu mejor rasgo. -Ladeó la cabeza para estudiarla-. Quizás tu boca. Tienes una boca matadora. Tu sonrisa puede parar el tráfico. Pero adoro tu pelo. Todo ese rojo encendido me recuerda que en realidad eres un pequeño cartucho de dinamita.

– Ya no tanto.

Se puso el chándal.

– Estás caída, Elle, no acabada.

Él se puso una camisa, cogió una manta y dos jerséis, señalando que lo precediera fuera de la habitación.

Bomber empujó contra la pierna de Elle como guiándola y ella dejó caer la mano sobre su cabeza, sintiéndose más segura con la presencia del perro.

– Tengo dos perros más en camino -anunció Jackson mientras abría la puerta, pasando la mano por encima de la cabeza de ella.