Выбрать главу

– Quédate conmigo, cariño. Métete bajo las mantas y dame calor.

Estaba tan frío. Helado. En el interior, donde estaba su alma, estaba congelado. Rodó bajo las mantas y sobre su cuerpo, consciente de que Jonas e Ilya estaban trayendo a Abbey y Libby. Los brazos de Jackson la rodearon y la sujetaron con fuerza contra su figura desnuda.

– No lo decía en serio, Elle. Lamento haber dicho eso.

– Te necesito -susurró ella en su oído, avergonzada, consciente del frío helado de la larga extensión de carne que cubría los duros músculos-. Nunca he necesitado a nadie. Te elegí porque quería estar contigo, no por un legado, ni porque me hayan violado y golpeado. No debería desearte tan desesperadamente.

Los brazos de él se apretaron a su alrededor con tanta fuerza que casi la dejó sin aire en los pulmones.

– ¿Crees que yo no te necesito? Te necesito, Elle, y necesito que sobrevivas intacta. Lo sabes desde el principio y eso es lo que te hizo huir. Sabías que te sostendría con fuerza y la idea de tener poca libertad fue algo con lo que no podías vivir. Lo sé. Déjalo estar. Lo que sea que deba pasar entre nosotros, dejemos que pase.

Los incontrolables temblores estaban remitiendo y Jackson comenzaba a ser más conscientes de lo que le rodeaba, de Bomber alertando de extraños en el patio, de Ilya depositando a Sarah sobre el sofá y cubriéndola con una manta.

– Ilya -llamó-. Llévanos a la otra habitación antes de que comience el circo.

Ilya vaciló, lanzó un vistazo a los paramédicos que se apresuraban subiendo el camino y se inclinó para ayudar a Elle y a Jackson a ponerse de pie. Simplemente levantó a Elle y cargó a medias a Jackson con su otro brazo, llevándolos al dormitorio.

– Deberías dejar que te examinen -advirtió Ilya a Jackson-. A los dos. Elle está cubierta de sangre.

– Ya sabes que es una hemorragia psíquica -dijo Elle-. ¿Qué van a hacer aparte de hacerme un escáner cerebral y decirnos lo que ya sabemos?

Ilya soltó una maldición y la colocó en la cama, estabilizando a Jackson con el otro brazo.

– ¿Estáis seguros de estar bien?

– Tráenos algo de té -dijo Jackson, y se dejó caer al lado de Elle.

Ilya le cubrió con las mantas.

– El calor de tu cuerpo lo calentará más rápido que cualquier otra cosa, Elle -dijo-. Traeré botellas de agua caliente y té en cuanto pueda. Dadme un minuto.

– Cierra la puerta -pidió Jackson tras él, indicando al perro que subiera a la cama. Bomber subió y se tendió contra su costado mientras Elle yacía extendida encima de él.

– Gracias por salvar a Hannah.

– Aquí nunca ha habido resaca, Elle. Nunca.

– Lo sé. -Le acarició la garganta con la nariz. Olía a mar, un olor reconfortante a pesar del casi trágico incidente-. Era él. Stavros.

La mano de Jackson se deslizó por su espalda hacia la nuca, sus dedos dibujaban un lento masaje mientras él le daba vueltas a sus conclusiones mentalmente. Ella se sentía agradecida de que él simplemente no las hubiesen desechado como histeria paranoide. Ella siguió deslizando sus brazos y su pecho intentando calentarlo. Entre ella, el perro y las mantas, él estaba volviendo rápidamente. Su mente había pasado de embotada a aguda casi antes de que su cuerpo respondiese. Elle descubrió que podía respirar más fácilmente, un poco de la tensión la abandonó.

– ¿Crees qué atacó a Hannah? ¿Cómo podría haberte encontrado tan rápido? Es posible, incluso probable, que te encuentre, pero no tan rápido. ¿Cómo fue capaz?

– ¿Quizás sobornó a alguien?

– ¿De nuestro equipo? Lo dudo. Podría ocurrir, pero es improbable.

Había especulación en su voz y Elle pudo sentir cómo la mente de Jackson trabajaba con rapidez, procesando y descartando nombres de los hombres que los habían ayudado. Todos buenos amigos. Todos hombres que habían combatido a su lado. Hombres por los que había arriesgado la vida muchas veces.

– Quizás -repitió él, pero esta vez Elle sintió la duda en su mente.

Ella no dijo nada, pero su cuerpo se estremeció, sólo una vez. Dudó de sí él había podido sentirlo con los temblores que le sacudía el cuerpo, pero sus dedos continuaron aquél tranquilizador y rítmico masaje.

– Quizás fue otra cosa, Elle. Quizás le estamos concediendo demasiado mérito.

– Quizás. -Pero lo sabía, daba igual. No iba a discutir con él. Sintió de nuevo los dedos de Stavros sobre su garganta, oyó su voz, aquella suave monotonía que nunca cambiaba, ni cuando le pegaba con el puño, o le rasgaba el cuerpo con la fusta, le golpeaba con una vara, y tampoco cuando era amable, sus manos y su boca vagando sobre ella como si fuese su dueño. Se le escapó un sollozo antes de poder suprimirlo.

– Bésame.

– No puedo.

– Mírame, Elle. -Esperó hasta que ella encontró su mirada. Había allí vergüenza. Dolor. Humillación. Pánico. Principalmente una profunda pena por todo lo que había perdido.

– Bésame. Siénteme. Él no está aquí con nosotros. No le dejaré. Es un monstruo que te tomó y no tuviste otra elección que entregarte a él…

– ¡No! Debería haber luchado más. Debería haber hecho algo. Maldita sea, estoy entrenada. Me he entrenado en artes marciales, con armas. Tengo un gran talento psíquico. No debería haberme pasado, no a mí. ¿Cómo pude permitirle que me hiciera esas cosas?

– Dime tú, cariño. Dime cómo, con todo mi entrenamiento, con mi talento psíquico, con mi fuerza y mi habilidad con las armas, caí en manos enemigas y les dejé hacerme todas esas cosas. Explícamelo entonces, porque yo no lo entiendo.

– Eres un bastardo, Jackson. ¿Por qué tienes que hablar así? -Intentó apoyar la cabeza en su pecho, tratando de esconderse.

– Vas a besarme primero, Elle. Él no se interpondrá entre nosotros. ¿Me entiendes? No lo permitiré. Libraste una buena batalla. Sobreviviste. Eso es lo que se supone que debemos hacer. Sobrevivir.

Ella hundió los dientes en su hombro y las lágrimas ardieron contra la piel de él.

– Yo no debería haberlo hecho -susurró-. Debería haber tenido el coraje de terminar con aquello y quizás con él.

Los dedos de Jackson se apretaron con fuerza sobre su cuello y tiraron hacia atrás su cabeza para poder mirarle a los ojos llenos de lágrimas.

– Nunca pienses eso, y menos aún lo digas. ¿Hubieses querido que yo muriese? ¿O Hannah? ¿O Abbey?

Ella negó con la cabeza.

– Pero esto es culpa mía, lo que ocurrió hoy. Lo oí. Oí su voz. Me dijo que mataría a todo aquel que quiero si no regreso a él.

– Escúchame, Elle. Él es quien debería estar asustado, no tú. No estás encerrada en su campo de energía psíquica. No te tiene atrapada. Eres fuerte y letal. Tus hermanas también. No las menosprecies. Demonios, cariño, tu casa hace que la gente desaparezca. Por no hablar de mí, pero si ese hijo de puta piensa que puede alejarte de mí, que venga y lo intente. Estás en baja forma, pero no estás fuera de combate. ¿Me entiendes? ¿Elle? Mírame. No te alejes de mí y pases de lo que te digo. Mataría a ese bastardo ahora mismo por ti. Dilo y me iré y me pondré manos a la obra. De todas formas, es lo que mejor se me da. No hay ningún lugar donde pueda estar a salvo y si piensas que no quiero hacerlo, te equivocas, sueño con ello, pienso en ello, día y noche, y nada de lo que le hago es agradable o civilizado. Si quieres sentir miedo de alguien, joder, temes al hombre equivocado.

Ella miró sus negros y brillantes ojos sabiendo que cada palabra que había dicho era verdad. Se inclinó hacia delante y rozó su boca.

– Deja de decir «joder».

Jackson había estado furioso ante la idea de que Stavros pudiese de alguna forma atravesar el océano y asustar a Elle. ¿Podía hacerlo? ¿Podría el hijo de puta de verdad llegar a ella psíquicamente? Elle y él habían conectado sus mentes con un océano de por medio. Jackson quería envolverla en una burbuja, ponerla en algún lugar donde nadie pudiese encontrarla, contratar a un ejército para que la protegiese, conseguir diez perros. Quería a aquel cabrón muerto. Y entonces ella lo había besado. No un auténtico beso, sólo un roce de labios. Y lo había regañado con aquel tono remilgado que tanto le gustaba.