Hubo un pequeño silencio. Giró la cabeza para encontrarle apoyado perezosamente con una cadera contra la jamba de la puerta.
– Armas. Montones de armas.
Ella sacudió la cabeza.
– Estás loco.
– Te espero en la ducha. Las velas deberían estar en una de esas cajas.
Se paseó hasta ella y extendió la mano a su lado para agarrar un par de pantalones limpios. Elle inhaló su fragancia. No creía que necesitaran velas, le gustaba como olía él, pero tal vez tenía algunos prejuicios.
Él se rió y le besó la punta de la nariz.
– Los tienes, pero me gusta.
– Deja de leerme la mente.
– No puedo evitarlo ya que estoy tanto en ella.
– No te halagues a ti mismo.
Él rió de nuevo y la dejó. Se quedó esperando el sonido de la ducha, comprendiendo que tenía una sonrisa en la cara cuando honestamente no había creído que nunca volvería a sonreír de nuevo. ¿Cómo podía Jackson coger una situación muy mala y hacerla no sólo soportable, sino buena? ¿Por qué no le había visto como realmente era antes de marchar a su misión encubierta? ¿Habría aceptado entonces un trabajo tan peligroso?
Elle suspiró. Sí. Lo habría aceptado porque alguien tenía que detener a los monstruos del mundo. Elle había creído en sí misma, en sus habilidades, en sus talentos psíquicos y su entrenamiento. Habría ido aunque Jackson le hubiera pedido que no lo hiciera. Se habría dispuesto a probar que no le necesitaba… que ningún legado iba a dictar su vida. Y había querido que él la siguiera, que fuera tras ella, que la amara lo bastante como para eso. Lo que no había comprendido es que él lo había hecho. La había amado lo bastante como para permitirle escoger su propio camino.
Ella había visto propiedad. Deseaba compañerismo y Jackson podía ser un hombre que se plantara delante de ella cuando lo considerara necesario, pero siempre sería su compañero porque respetaría su derecho a escoger. Cerró los ojos un momento y le envolvió con amor desde la distancia… porque podía. Porque necesitaba hacerlo.
La calidez y la emoción le fueron devueltas multiplicadas diez veces. Lo sintió en su mente, moviéndose a través de su cuerpo hasta que fluyó por sus venas.
– Jackson -jadeó su nombre en voz alta porque le estaba prohibido usar telepatía y solo la idea de eso la hizo sonreír. Había pensando en él como en un dictador porque no entendía la diferencia entre preocupación responsable y obligar a alguien a aceptar la voluntad de otro.
Sacó una caja y revisó su contenido. Evidentemente Inez había traído a Jackson unos cuantos artículos a los que probablemente él daba poco uso. Pequeños jabones aromáticos, lociones fragantes, flores secas, ante lo cual se tuvo que reír, seguro que él no tenía ni idea de qué era eso, y crema para las cutículas. La segunda caja contenía linternas y todo tipo posible de pilas, todo pulcramente empaquetado. Cerró la tapa y sacó la última caja. Retiró la tapa, y se quedó inmóvil. Medallas. Montones de medallas. Incluyendo un Corazón Púrpura. ¿Cómo conseguía una persona tantas medallas? ¿Por qué clase de cosas había tenido que pasar para ser tan reconocido?
El agua en el baño se cerró. Elle devolvió la tapa a su sitio y dejó la caja cuidadosamente.
– No encontré ninguna vela, Jackson.
– Tal vez las velas estén aquí después de todo -dijo él-. Déjame mirar.
Elle fue al baño. La puerta estaba abierta y él tenía una toalla envuelta holgadamente alrededor de las caderas. Su cabello estaba húmedo y el agua todavía formaba gotas sobre su piel. Sintió la urgencia de lamerlas, pero no iba a ir por ahí otra vez, no después del último desastre. Él se agachó, asomándose bajo el lavabo, con un pequeño ceño en la cara.
– Elige a gusto. Creo que hay como cien aquí abajo. Todas de fragancias. -Sonaba un poco disgustado, como si pensara que Inez estaba intentando convertirle en una chica.
Elle apenas podía respirar por como se sentía sólo de mirarle. Cada vez que se movía, los músculos se ondulaban sutilmente bajo la piel. Él giró la cabeza y la miró y ella se ruborizó, sabiendo que no le había ocultado sus pensamientos.
– Vas a meterte en problemas, mujer -dijo-. Estás jugando con fuego.
– No sé que pasa conmigo. No puedo dejar de pensar en ti.
– Compartimos la misma mente, Elle. Es bastante difícil no hacerlo. -Empujó varias velas a sus manos-. Aquí tienes, enciéndelas mientras yo me pongo algo de ropa. Rápido.
– Podría quedarme aquí de pie y observarte.
– Podrías comportarte y dejar de pensar que soy un maldito santo. -Extendió la mano y le tocó la cara, dejando que las yemas de sus dedos resbalaran hacia abajo por la mejilla antes de dejar caer la mano y apartarse para mirarse la mandíbula sombreada en el espejo-. Tengo que afeitarme.
– No. Me gusta. Solo recórtatela.
– ¿Estás segura? Me la dejaba creer cuando estaba ayudando en otro país. Y después no me molesté en afeitarme cuando te buscábamos.
Encubierto, había querido decir.
– Me gusta -reiteró ella, y llevó las velas al salón y la cocina. Toda su vida su familia había usado simplemente sus talentos para encender velas a distancia, hacer té y servirlo. Resultaba extraño efectuar el simple acto de encender una vela y servirse una taza de té. Al principio esto la había hecho sentir enferma, menos que una Drake, apartada de sus talentos, pero mientras servía una taza de té para Jackson y añadía leche, se encontró sintiéndose hogareña.
Jackson entró descalzo, vistiendo sólo sus vaqueros, colocándose tras ella y rodeándole la cintura con un brazo, empujándola contra él mientras enterraba la cara contra su cuello.
– ¿Eso es para mí?
Se apoyó contra él… contra su fuerza, su cuerpo encajaba contra el de él perfectamente.
– Pensé en sobornarte para que terminaras de desenredarme el cabello.
Él le rozó un beso a lo largo del cuello, y después jugueteó con el sensible lóbulo de su oreja con la lengua.
– Soy bastante fácil de sobornar.
Elle dejó que la sensación de bienestar y deseo la bañara. En vez de sentir miedo de ella, simplemente la absorbió porque Jackson no estaba pidiendo nada de ella. Sólo la aceptaba y eso hacía posible el disfrutar de estar con él, disfrutar de tu toque y de la forma en que la anhelaba.
– Eres bastante fácil de amar.
Él le sonrió y tomó la taza de té.
– Voy a recordar eso cuando tengamos siete pequeñas muy traviesas corriendo por la casa y estés intentando meterlas a todas en la cama.
Ella le siguió a la silla de él, donde podían sentarse y cepillar los últimos enredos.
– ¿Y qué vas a estar haciendo tú mientras yo las persigo por la casa?
– Soliviantándolas, por supuesto. -Lanzó otra sonrisa-. Yo seré el papá oso, asustándolas a muerte a todas.
Elle se sentó en el suelo delante de él, captando la imagen en la mente de Jackson, con las manos en alto, los dedos curvados como garras tambaleándose alrededor de la cocina persiguiendo a chiquillas chillonas de cabello rojo y brillante, con ojos risueños mientras ella estaba allí de pie, con las manos en las caderas, intentando parecer severa. Se rió.
– Estás loco. Por supuesto que lo harías y todas se meterían antes en la cama. Y no todas van a tener el cabello rojo.
Las manos de él eran gentiles mientras tiraba de los enredos.
– Sí, lo tendrán. Y también nuestro pobre hijo.
– ¡So! Para el carro. ¿Un hijo?
– Bueno, no querrás que tenga que vivir en una casa toda llena de mujeres, ¿verdad?
– Sí. -Giró la cabeza rápido y chilló. Le fulminó con la mirada, pero él se encogió de hombros y le volvió a girar la cabeza, pero no antes de que ella captara su sonrisa burlona-. Eso son ocho hijos, Jackson. Son un montón de hijos.
– Bueno, míralo así. Ilya y Joley probablemente tendrán ocho chicos. Y Jonas no mantendrá las manos lejos de Hannah y es muy competitivo, así que quién sabe cuantos tendrán ellos. No podemos quedarnos atrás.