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Se ahogó. Jackson se puso rígido y la obligó a mirarle. Elle estalló en carcajadas.

– Lo siento. No pretendía asustarte. Es sólo que eres tan malo. No vamos a competir con Jonas para ver quién tiene más hijos. Después de la primera, estoy segura de que vas a estar temblando en tus botas. Empezarás a pensar en las citas y me volverás loca.

– Tengo armas, cariño. Montones y montones de armas. Y sé como usar cada una de ellas. No me importa asustar a muerte a chicos adolescentes.

Elle se quedó en silencio por un momento, reproduciendo la imagen de Jackson persiguiendo a sus hijas en su mente. Frunció el ceño.

– Cuando pensabas en tener siete hijas corriendo por la casa, era la cocina Drake, no ésta. -De hecho, la casa había estado muy detallada en su mente, como si ya conociera la distribución entera.

Él suspiró.

– Es simplemente mi personalidad, Elle. Tengo ojo para los detalles.

Por seguridad, quería decir. Reparaba en la gente al igual que en las cosas. Podía reproducir la casa Drake con exactitud desde el mobiliario a las paredes. Tenía ese tipo de memoria.

– ¿Por qué la casa Drake?

– Les ofrecerá más protección de la que nosotros dos solos podamos darles. No me importaría empezar ahora mismo, contigo. Y como la menor de las hijas, es tu herencia. Te la mereces al igual que nuestras hijas.

Ella miró a su alrededor. La casa de Jackson la hacía sentir a salvo.

– Me gusta tu casa, Jackson.

– Eso está bien porque nos retiraremos aquí cuando pasemos el legado a nuestra última hija. Creo que tus ancestros se están mudando. ¿Has notado todos esos arbustos? No estaban ahí hace un par de días.

Ella giró la cabeza otra vez, ganándose otro agudo tirón en el cuero cabelludo.

– ¿Estás seguro?

– Lo sabría si hubiera plantado enredaderas y flores, Elle. En realidad no soy yo quien se ocupa del jardín.

Elle se recostó hacia atrás.

– Si no eres tú, ¿quién? Tienes una de las propiedades más bonitas de por aquí.

Él trabajó en un enredo particularmente difícil hasta que lo alisó.

– Creo que ya está. Puedes darte otra ducha y ponerte acondicionador en el cabello.

Elle rompió a reír. Una auténtica risa genuina.

– Jackson el peluquero. Te lo juro, guardas más sorpresas que ningún hombre que conozca. Apuesto a que Jonas no sabe lo que es un acondicionador.

– Tal vez no antes de casarse con Hannah, pero seguro que ahora lo sabe. Ella fabrica todas esas cosas. Lo sé, porque Jonas me lo trae por cajas.

– ¿Tienes algún acondicionador de Hannah bajo el lavabo? ¡Deberías habérmelo dicho antes! -Ansiosamente, Elle se levantó de un salto y se apresuró al baño.

Jackson recogió su té, tomó un sorbo, y lo encontró demasiado frío para beberlo. Sonriendo, sacudió la cabeza. Realmente se había preguntado como sería vivir con Elle. Había estado solo toda su vida. Su madre y él habían sido felices durante breves períodos juntos en el bayou, cuando ella no penaba por su padre. Y había habido algunas veces en las que podía recordar haber disfrutado de la compañía de su padre, pero habían sido pocas y muy esporádicas. Principalmente había estado solo, largos días y noches, corriendo por el bayou y evitando a los asistentes sociales tanto como era posible.

Se había valido por sí mismo en el ejército, haciendo su trabajo, hasta que había conocido a Jonas. Nadie esquivaba a Jonas. Y a través de Jonas había encontrado a Matt. Su círculo de amigos cercanos se había ampliado, pero Jonas siempre era el centro. Habían atravesado juntos el infierno y luchado para salir de él. Jonas se había librado, pero Jackson había sido capturado. Una simple misión de rutina había ido mal y entonces sí que había estado realmente en el infierno. Pasaron semanas y había sabido que estaba perdido hasta que oyó una voz.

Nunca olvidaría la voz de Elle envolviéndole en sábanas de satén y esperanza. Ella había encontrado un modo de iluminar la oscuridad y darle la fuerza para escapar. Lo habían planeado juntos, esa suave voz femenina y él. Ella le había acompañado a través de las incontables torturas, el dolor y la angustia, la humillación de estar indefenso y tener a su lado monstruos que se divertían descubriendo cuando podía sufrir un cuerpo sin matarlo. Le habían torturado y utilizado su cuerpo hasta que él mismo no fue más que un monstruo con una necesidad de venganza.

Ella estaba allí. En su mente. Negándose a dejarle incluso cuando él le había suplicado que se fuera. Le había visto atravesar todo eso y salir por el otro lado, cuando él mismo había creído imposible sobrevivir intacto. Era la primera vez en su vida que no había estado solo. Había sido el peor… y a la vez el mejor momento de su vida. Elle había compartido su mente, compartido su dolor y su esperanza y al final salvado su cordura y su vida. Había seguido a Jonas a Sea Haven para conocerla.

Aunque había sabido en el momento en que conoció a su familia que de ningún modo era lo bastante bueno para ella, que provenía de un lugar que ella nunca entendería, no pudo evitar desearla. Aún así, después de tantos años de estar solo, no había sabido como se sentiría viviendo con ella bajo el mismo techo. Ahora lo sabía.

Inhaló la fragancia que llegaba desde su baño. El agua estaba cerrada ahora y podía oírla moviéndose por ahí. Le gustaba el sonido de ella en su casa, la fragancia que era totalmente Elle. Por un momento cerró los ojos y saboreó la idea de que estuviera con él. Como hombre que había estado solo, a la deriva, sin nada en su vida aparte del deber, comprendió que encontrar a Elle había sido un milagro. Ella era su vida. Su razón para el honor, el código y todo lo que defendía. Entró en la habitación, tan femenina, tan descorazonadamente hermosa que le dolió de emoción. Su corazón realmente dolió y eso le hizo sentir como un maldito tonto, pero aún así no le importó.

– ¿Vamos a dar un paseo?

Suspiró. Esperaba que se olvidaría de ello, pero sabía que parte de esto era un desafío, plantar cara a Gratsos, negarse a permitirle controlar su vida de ningún modo. Y estaba orgulloso de ella por eso. Miró fuera al cielo despejado y dejó escapar el aliento. La mantendría lejos de la orilla y caminarían alto y más cerca de las dunas que del agua.

– Vamos, Bomber. -Hizo una seña al perro-. Vamos a pasear. Mi dama quiere ir, así que vamos.

Elle se recogió hábilmente el cabello en una gruesa trenza que colgó hasta su cintura mientras le seguía fuera. Al instante alzó los brazos al cielo y sonrió.

– Adoro el océano.

– Y yo. -No podía imaginarse viviendo en ningún otro sitio excepto aquí en la salvaje costa norte de California, con el mar tormentoso y esta comunidad tan unida. Artesanos y pescadores coexistían y trabajaban juntos para mantener el medio ambiente prístino y preservarlo tanto como podían. A Elle no parecía importarle caminar a lo largo de las dunas, por encima de la inmensa playa, lanzando ramas a Bomber y avanzar dando saltos y brincos, libre de correr cuando quería o pasear a su lado, cogiéndole de la mano mientras se abrían paso hacia abajo por el curvado litoral.

Los pájaros volaban en perezosos círculos buscando comida y fuera en el mar dos delfines saltaban y parloteaban. Se detuvieron un momento para observarlos.

– Son los delfines de Abigail -dijo Elle ansiosamente-. Sé que lo son. Bueno, no son de Abigail, por supuesto son salvajes, pero es lo mismo, realmente la llaman con un silbido distintito. Es muy guay. Dos machos, Boscoe y Kiwi vienen con frecuencia a rogarle que nade con ellos. Kiwi tiene una cicatriz de cuando salvó la vida de Abbey. Se alegrará de saber que han vuelto. -Miró hacia la casa Drake, pero desde donde estaban no podía ver la almena del capitán-. Apuesto a que está ahí arriba ahora mismo.