– Bueno, no hay necesidad de eso -dijo Jackson-. Marie siempre me proporciona sopa y se ocupa de mí cuando estoy enfermo. Puedo hacer algo a cambio. Así no me siento mal porque tenga que venir y alimentarme.
– Vamos, Jackson -regañó la señora Darden como si él no fuera más que un muchachito-. Casi nunca enfermas y a mí no me importa en absoluto.
De repente Bomber soltó un ladrido corto, su cuerpo se quedó inmóvil, de cara al mar. A Elle se le puso la carne de gallina en los brazos cuando vio las orejas del perro inclinarse hacia adelante y sus ojos concentrados más allá de las olas. Lentamente, temiendo mirar, giró la cabeza. Jackson ya se había movido, deslizando su cuerpo con facilidad entre ella y el mar. Cogió el codo de la señora Darden y empezó a urgirla a caminar hacia las dunas. El viento cambió y sopló hacia ellos. Mar adentro, la niebla comenzó a concentrarse, una masa gris oscura que se espesaba mientras ella observaba.
– Jackson.
– Lo veo, nena. Que no te entre el pánico.
– ¿Qué pasa, Jackson? -preguntó el señor Darden, sorprendiendo de nuevo a Elle. El señor Darden miró al perro, a la cara pálida de Elle y luego al mar-. No me gusta el aspecto de esa niebla.
No parecía molesto, sino protector, dando un paso al otro costado de ella, como si también él la protegiera del mar. Las gaviotas en lo algo gritaban. En medio de las olas, los dos delfines saltaron en el aire y cayeron con una pirueta, golpeando el agua con fuerza para atraer la atención. Ambos se alzaron sobre sus colas, corriendo hacia atrás y silbando con agitación antes de volver a hundirse bajo el agua.
– ¿Dónde está tu coche, Clyde? -preguntó Jackson.
El señor Darden miró hacia la carretera.
– Como a cuatrocientos metros más atrás. Era un día tan encantador que pensamos en caminar hasta tu casa y saludar a Elle y después volver paseando.
– Te traíamos una tarjeta, querida -añadió la señora Darden.
– Gracias -dijo Elle, intentando no sonar nerviosa-. Qué considerado por su parte.
– Tal vez deberíamos irnos todos a casa -dijo Jackson, sonando como el ayudante del sheriff autoritario-. La niebla puede ponerse bastante mal y preferiría que estuvierais a salvo. Ya sabéis lo espesa que puede ponerse y no querría que condujerais en medio de ella.
– ¿Crees que se va a poner tan mal? -preguntó la señora Darden, mirando mar adentro, obviamente molesta porque el tiempo pudiera arruinar su visita-. Miré la previsión meteorológica y no decía nada de niebla.
– Elle necesita descansar de todos modos. La llevaré conmigo cuando vaya a mirar el generador -añadió él.
La pareja sonrió y se mostró de acuerdo rápidamente. Jackson los observó hasta que rodearon a salvo el recodo y se perdieron de vista antes de urgir a Bomber y Elle hacia la casa.
Capítulo 13
La niebla permanecía donde se había acumulado, a cierta distancia de la costa durante la mayor parte de la tarde. Era oscura y simplemente colgaba en el cielo como una pesada cortina a pesar del viento que se había levantado. Jackson mantuvo a Elle puertas adentro, obligándola a jugar a las cartas con él y jactándose cuando la derrotaba concienzudamente.
– Creía que se suponía que eras buena en esto -se burló.
– Sí, bueno, no soy jugadora profesional. Jesús. ¿Qué hiciste? ¿Fuiste a una escuela para esto? Nadie gana todas las manos en el gin rummy.
– Yo sí -dijo él con una pequeña sonrisa burlona-. Hice un montón de dinero jugando a la mayor parte de los juegos de cartas en el ejército.
– Y ahora eres el dueño de una tienda de comestibles.
Él le frunció el ceño.
– Será mejor que no menciones eso a nadie. Ni lo saques a colación otra vez. Es embarazoso. E Inez no se detendrá con lo de las provisiones. Me trae todo tipo de cosas. -Sonaba exasperado-. Le digo que no lo haga, pero no me hace caso. No puedo comerme toda esa comida.
– ¿Qué haces con ella?
Él se encogió de hombros, su ceño se profundizó.
– No sé.
Las cejas de Elle se alzaron y la diversión se arrastró hasta su expresión.
– ¿Encuentran su camino hasta la casa de los Darden?
– Elle -pronunció su nombre como una advertencia, se levantó de un salto y se entretuvo en servirles otra taza de té a ambos. Añadiendo leche, llevó una pequeña bandeja con galletas a la mesa y la colocó delante de ella.
– ¿Haces galletas también? ¿Hay algo que no sepas hacer?
Otro ligero rubor se extendió por el cuello de Jackson mientras se sentaba frente a ella.
– Yo no hago estas malditas cosas. Pero están buenas, así que cómetelas. Todavía estás demasiado delgada.
– Estoy bien. -Pero cogió una galleta de todos modos-. Son geniales. ¿Quién las hace?
Él suspiró.
– Marie.
La sonrisa de Elle se amplió.
– ¿Con los ingredientes que le llevas de las provisiones que te trae Inez? Llevas una vida muy complicada, ¿no?
– Soy un hombre muy complicado. -Tomó cautelosamente un sorbo de té e intentó parecer casual.
Elle rompió a reír.
– Tienes todo un círculo de personas a las que cuidar. Todo este tiempo, todos pensando que eras un solitario, pero estás rodeado de gente.
El ceño volvió.
– Soy ayudante del sheriff. Se supone que tengo que ayudar a la gente cuando lo necesitan.
– Creía que tu trabajo era disparar a los malos.
– Bueno, eso también. Técnicamente, se supone que los arresto. Jonas nos frunce el ceño si disparamos a la gente, pero de vez en cuando, sólo para mantener la práctica…
Ella rió de nuevo, asombrada de que él pudiera lograr que lo hiciera cuando la niebla colgaba pesada fuera de la ventana y el perro se paseaba intranquilo arriba y abajo, manteniendo un ojo cauto sobre la niebla. Bomber podía sentir la energía psíquica buscando un objetivo, y aun así Jackson se las había ingeniado para distraerla. Elle se inclinó sobre la mesa.
– ¿Cómo demonios has llegado a involucrarte con esa gente?
Él se encogió de hombros.
– Las personas raramente prestan atención a los mayores cuando hay mal tiempo y durante las grandes olas de frío. A veces no tienen calefacción o no pueden conducir sus coches hasta la tienda, o no tienen coche y no pueden caminar. Yo sólo les echo un vistazo y me aseguro de que a todo les vaya bien. No es gran cosa.
Elle se recostó hacia atrás, evaluándole con ojos brillantes. Jackson apartó la mirada.
– No me mires así.
– ¿Cómo?
– Como si fuera un jodido santo, Elle. No lo soy.
– No te preocupes, hasta que dejes de usar la palabra por «J», nadie va a confundirte con un santo.
Él le sonrió.
– Tienes ese tonillo de profesora en la voz siempre que me regañas.
– Te gusta -dijo ella.
– Es mono.
Ella le hizo una mueca.
– Sólo por eso voy a decirles a mis hermanas que eres «Jackson Buenas Obras». Nunca dejarán de echártelo en cara.
Él gimió.
– No te atreverías.
La sonrisa se desvaneció de la cara de Elle. Se quedó congelada, giró la cabeza en dirección a la casa Drake. De repente se puso en pie de un salto, casi volcando su taza de té. Jackson, sin estar seguro de lo que estaba ocurriendo, se levantó también, extendiendo la mano hacia el arma en su pistolera oculta. La cara de Elle se había puesto pálida y sus ojos estaban enormes. Miró salvajemente alrededor de la casa y luego comenzó a avanzar hacia la puerta.
Jackson llegó allí antes que ella, insertando su figura grande e inamovible entre ella y la salida.
– Háblame, nena. ¿Qué pasa?
– No lo sé. -Frunció el ceño y se pasó una mano por el cabello sedoso con agitación, su expresión era lejana, sus ojos un poco embrujados-. Abbey. Está molesta. Se dirige a… -Miró sobre el hombro hacia la creciente masa gris, ahora más cerca de la costa-. Eso.