El guardia dio vueltas durante unos pocos minutos, luchando por respirar, mientras el segundo guardia corrió a envolver otra cuerda alrededor de los tobillos de Jackson. Hubo un silencio roto sólo por la respiración áspera del guardia sádico. Se puso lentamente de pie, la cara era una máscara de sangre. Juró, asiendo a Jackson por los pies y comenzó a arrastrarlo a través del suelo de piedra hacia la puerta. Se detuvo y plantó cruelmente una bota en las costillas de Jackson antes de chillar al otro guardia para que le ayudara.
Sangre y saliva le corrían por la cara mientras pateaba otra vez la cabeza de Jackson antes de tirar una vez más del pie. Jackson fue arrastrado afuera y a través de un patio hasta el maletero de un viejo coche abollado. Su boca se le secó. Había visto un cuerpo cuando volvió después de que le hubieran arrastrado por el camino cubierto de arena y lleno de piedras y agujeros. No había habido nada de piel sobre su cuerpo, había parecido un trozo de carne cruda en un gancho.
El guardia amarró los brazos de Jackson al parachoques y señaló al otro hombre para que entrara en el asiento del conductor. Discutieron un par de minutos y entonces el guardia sádico sacó su arma. El otro hombre subió al coche y arrancó el motor. No se molestó en enjuagarse la sangre, escupió sobre la cara de Jackson y entonces se metió en el coche. Jackson oyó el golpe de la puerta.
Déjame ahora. Ella no podía estar en su cabeza cuando muriera, no de este modo, arrastrado detrás de un coche como una res muerta. Gracias por todo. No tienes ni idea de lo que has significado para mí.
No voy a abandonarte. No lo haré.
Si hubiera habido un corazón en su cuerpo, su emoción lo habría roto, pero por fin todo en él se había ido. Sintió retumbar el coche, la explosión del tubo de escape, un tirón terrible en sus brazos como si le estuvieran siendo arrancados y entonces fue arrastrado por las piedras y la arena.
Había pensado que conocía el dolor, pero no estaba preparado para la atroz agonía que le atravesó. Casi perdió el conocimiento cuando las piedras y la arena le machacaron la ropa y luego la piel. La cabeza estaba más alta, así que la arena que se expulsaba actuaba como un molinillo en un lado de la cara, quemando hasta que pensó que no había nada excepto hueso.
Un coche vino coleando por el otro lado, tocando la bocina desenfrenadamente, el conductor ondeaba los brazos y finalmente se tiró delante de ellos, forzando al guardia a obedecer. El coche se deslizó hasta pararse, las ruedas al girar escupieron arena por todas las heridas abiertas en la cara y el lado izquierdo de su cuerpo. La arena había destrozado la poca ropa que había estado llevando, dejándole en carne viva y ensangrentado, picado de la cabeza a los pies.
Jackson estaba allí tumbado, la arena ardía a través de músculos y huesos, pero no tenía la fuerza suficiente para levantar la cabeza para ver qué sucedía. Los brazos se sentían como si hubieran sido arrancados de un tirón de sus agarres y estaba casi seguro de que algo malo le había sucedido al hombro izquierdo. El dolor le hizo tener nauseas y el mundo a su alrededor giró, hasta que su centro se desequilibró y todo se inclinó locamente.
La portezuela del coche golpeó y el conductor rodeó la parte trasera del coche, las piernas estaban en su línea de visión. El guardia sádico se apresuró al otro lado, rugiendo con ira. El conductor del otro coche salió mucho más lentamente y rodeó para pasar por encima el cuerpo de Jackson. Le pateó arena en la cara, pero no pensó que el hombre se diera cuenta de lo que había hecho. Jackson, como ser humano, no merecía tal consideración, apenas le miraron.
Estalló una discusión, con el guardia sádico gritando que mataría a Jackson, que haría lo que quisiera. El conductor del otro coche, un extraño para Jackson, no levantó la voz, pero insistió en que él era valioso y no debía ser matado. El hombre sacó un cuchillo, asió la cuerda que ataba a Jackson al parachoques del coche y empujó los brazos hacia arriba hasta que la cuerda estuvo tirante. Dolía como el infierno. Por un momento, pequeñas estrellas bailaron en un fondo negro y Jackson estuvo seguro de que se desmayaría.
¡No! La voz de ella fue aguda. No te están prestando atención. Sólo son tres. Advertiste el arma en su cinturón. Cuando enfunde el cuchillo en la vaina, esa es tu oportunidad, Jackson. Hay un coche, agua, armas y nadie alrededor. Tienes que hacer esto. Te daré todo lo que pueda, pero tienes que hacer esto.
Ella tenía razón. Era ahora o nunca. No importó lo débil que estaba, cuán agotado o herido, si no aprovechaba esta oportunidad quizá no tendría ninguna otra. La resolución de ella llegó a ser la suya. Lo reforzó con su odio hacia sus captores. Había aprendido a orar y había aprendido a odiar. Nunca rezó por nada excepto por la fuerza para aguantar, resistir, mantener su alma intacta, pero ahora oró por la fuerza para matar y matar rápidamente.
Sus brazos chillaron, el hombro latió y pulsó de dolor, pero apartó todo eso. Colgaba de las cuerdas, los ojos entrecerrados hasta ser rendijas, su cuerpo enrollado en la máquina que había sido entrenado para ser. El cuchillo cortó limpiamente las cuerdas y cayó a la arena, miró mientras el conductor empujaba la hoja de vuelta a la vaina dentro de la bota. Todo el tiempo, el conductor y los guardias siguieron discutiendo, sin prestarle atención.
Cuando el guardia sádico dio un paso más cerca, la furia que le aguijoneaba le dobló los puños, Jackson sintió la fuerza y el poder vertiéndose sobre él. Era tanto y tan rápidamente, que apenas lo pudo contener. Había olvidado lo que era sentir la ráfaga de adrenalina emparejada con el completo poder. El cerebro estaba despejado, preciso, cada paso planeado de antemano. Golpeó, liberando el cuchillo con la mano izquierda, el suave arco de su mano continuó hasta cortar profundamente en el muslo, cortando arterias hasta alcanzar el arma con su mano derecha, arrancándola del cinturón y disparando al sádico guardia directo entre los ojos.
Rodó, las piernas barrieron al conductor que había cortado las ligaduras. Mientras Jackson rodaba disparó al segundo guardia tres veces en el pecho y una vez en la garganta, empujándolo hacia atrás. Sentándose, disparó al conductor en la cabeza y cortó la cuerda que le ataba los tobillos juntos. Algo se movió detrás de él, le rozó la espalda y se retorció dándose la vuelta, con el cuchillo en la mano, su corazón bombeando, hacia el enemigo invisible.
– ¡Jackson!
Ella se movió en su mente. Temor. Compasión. Elle. Jackson se encontró sentado en la cama, un cuchillo en el puño, el sudor brillando en su cuerpo. El pelo estaba húmedo, las sábanas empapadas. Elle estaba sentada casi bajo él, las manos en el regazo, su expresión suave y adorable. Miró hacia abajo y vio la hoja del cuchillo señalando hacia ella, a centímetros de su cuerpo. El estómago le dio bandazos. Abrió los dedos y dejó que el cuchillo cayera al colchón entre ellos.
– Lo siento, nena. Dime que no te he hecho daño. -Se enjuagó el sudor de los ojos, frotando las palmas sobre la cara y por su pelo húmedo-. Demonios. Te podría haber matado. ¿Qué cojones estaba pensando, trayéndote aquí?
Ella le tendió una mano, pero se apartó de un tirón, apoyándose al otro lado de la cama, los pies en el suelo, frotándose la cara con las manos agitadamente.
– Jackson…
– No. Joder, no. Llama a Sarah y dile que venga a buscarte. Iré por la mañana. Llévate a Bomber contigo.
– No lo creo.
El genio siseó en su voz, haciéndole girar la cabeza y encontrase con su brillante mirada.
– ¿Qué me has dicho? -preguntó él, su propia voz baja, al borde.