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– Me has oído muy bien, Jackson. No me voy. Tenías una pesadilla. Una escena retrospectiva. Lo que fuera. Sucedió. Nos ocuparemos de ello.

La miró con furia.

– ¿Estás loca, Elle? Podría haber empujado ese cuchillo en tu garganta. Justo entonces, en ese momento, eras el enemigo. Te sentaste ahí mirándome, sin defenderte en absoluto. Ni siquiera levantaste las malditas manos. ¿Quién hace eso, Elle? ¿Yaces aquí ofreciéndote como para algún sacrificio?

– No quise añadirme a tu pesadilla. Sólo te hablé para sacarte de ella.

Ahora su voz lo irritó. Se había vuelto toda suave otra vez, comprensiva. Se levantó, caminando a través del cuarto en busca de sus vaqueros y los arrastró sobre sus caderas.

– Bien, no me hablaste detenidamente, ¿verdad, Elle? Llegaste a ser parte de ello. Y podrías haber despertado con un cuchillo sobresaliendo de tu vientre y mi mano en la empuñadura.

– Nada sucedió, Jackson -dijo, luchando obviamente por mantener su voz tranquila.

– No utilices esa voz conmigo. No soy ningún jodido niño.

– Ciertamente estás actuando como uno. ¿Crees que decirme la palabra «joder» te convierte en Jackson, el tipo malo? No te tengo miedo.

Él se giró, cruzó hasta su lado de la cama con zancadas largas y resueltas, cerniéndose deliberadamente sobre ella.

– Bien, quizá deberías.

Ella se negó a dejar caer la mirada.

– Nunca tendré miedo de ti. No si vienes hacia mí con un cuchillo y no si me gritas la palabra por «J» con la fuerza de tus pulmones. Te amo. Estoy en tu mente. Nunca me harías daño, por ninguna razón. Así que supera tu gran mal humor.

La miró con furia otra vez.

– ¿Te ha dicho alguien alguna vez que no eres la mujer más tranquilizadora del mundo?

– La idea no es ser tranquilizadora -dijo-, es meter algo de sentido en tu increíblemente denso cráneo.

Se miraron fijamente el uno al otro, Jackson respirando pesadamente. Sacudió la cabeza, apartando la mirada primero.

– Maldita seas, Elle. No pareces tener una pizca de supervivencia dentro de ti. ¿Crees que esto no sucederá otra vez? Sucede con regularidad. He apuñalado el colchón más de una vez. No duermo durante días. No parará.

– No, tienes razón, no parará. Tienes cicatrices en tu cuerpo, Jackson, y las peores están donde nadie más puede verlas. No desaparecerán. Eso me dijiste, porque lo has vivido y lo sabes. Lo que sucedió es parte de ti. A veces todo irá bien, y otras veces no.

Le tiró sus palabras a la cara. Si fueron lo bastante buenas para que él se las dijera a ella, entonces eran lo bastante buenas para que él viviera con ellas.

– Eso va a ser una parte de nuestras vidas. Puedo vivir con ello. Y tú tendrás que vivir con mis cicatrices, porque créeme, Jackson, tengo muchas. Me dijiste que lo que me sucedió no se interpondría entre nosotros. No soy una cobarde, y te amo. Me niego a irme y maldición, tú no te alejarás de mí.

Se puso de pie, dio un paso hacia él, negándose a ser intimidada.

– No después de que me hicieras estar viva. No después de tus promesas hacia mí. No tienes esa opción.

Él estaba allí, mirándola, los ojos negros brillando con calor. Parecía salvaje, malvado incluso, pero ella no parpadeó, le miró desafiantemente, en tono acusador.

– ¿Sabes lo que ellos me hicieron, Elle? Piensas que fui un animal arrastrándose por el suelo, ciego, enfermo y roto. Fui un monstruo aprendiendo a odiar, a encontrar hielo en las venas, un lugar al que puedo ir y no sentir nada, nada en absoluto. Un lugar al que puedo ir a matar. Eso es con lo que estás viviendo. Eso es quién soy. Eso es lo que Kate vio esa noche.

Ella no se estremeció ni se apartó como él esperaba, como debería haber hecho. Los ojos de Elle se suavizaron y él vio amor.

– Kate vio lo que veo. Un hombre que trata de salvar al mundo. Un hombre que no huye de un combate. Uno que se levanta y con el que siempre se puede contar. Cuando estaba sola, aterrorizada y medio loca de dolor y repulsión e incluso vergüenza, supe absolutamente sin una sombra de duda que vendrías a por mí. Que nunca pararías de buscar, sin importar cuántas semanas, meses o años. Lo supe en mi cabeza, en el corazón y en mi alma. Ese es el hombre que eres. Ese es el hombre que veo de pie delante de mí. Y si tú no lo ves, lleva tu culo al cuarto de baño y mírate en el espejo.

Jackson sentía un ardor detrás de los ojos. La garganta en carne viva. Ella era un cartucho de dinamita cuando se dejaba ir, siempre lo había sido. La amaba tanto que le aterrorizaba. Nunca había necesitado a nadie. Nunca había deseado a nadie. Elle era diferente. Había tomado asidero en su corazón y no iba a soltarlo. Él era un peligro para ella, quizá para otros, pero simplemente se paraba allí delante de él, pequeña, delicada y hecha de acero.

Maldición si iba a permitirle verle llorar. Giró sobre los talones y dejó el dormitorio, andando a zancadas por el vestíbulo en oscuridad, hacia el único cuarto en su casa donde podía perderse. No se molestó en encender las luces; siempre que estaba así, inquieto, nervioso y gritando de rabia por dentro, necesitaba la oscuridad y las sombras.

Fuera de las ventanas la niebla había encerrado la casa como una manta, envolviéndolos en un abrazo místico. El viento soplaba por los árboles haciéndolos oscilar y bailar fuera y cuando se paró en la ventana, pudo ver las enredaderas creciendo por la valla, gruesas y fuertes, entrelazándose alrededor de todo, con pesados racimos de flores. Esas flores crecían espesas y fuertes y por todo lo largo de las vallas de la casa Drake, florecían en invierno.

Sacudió la cabeza y se giró lejos del extraño fenómeno, miró su obra maestra, la única cosa que tenía sentido para él cuando todo el mundo estaba mal. El piano de media cola era hermoso. Las líneas, las teclas negro brillante y de marfil, se había gastado una fortuna en él y había valido cada centavo. Perfectamente afinado, sin una sola imperfección, era tan hermoso para él como la música que creaba.

Se sentó en el banco y colocó los dedos sobre las teclas y todo en él que había sido caótico y malo se asentó. Cerró los ojos y dejó que los dedos vagaran por las teclas, escuchando las puras notas que se vertían del instrumento, un tono perfecto, una melodía de otro lugar, de algún lugar sin maníacos sádicos, sin violación y tortura, algún lugar donde su mente podía ir y ver la belleza del mundo a su alrededor.

La música le permitía ver el océano, las olas chocando, cayendo y fluyendo como la sangre de la tierra. Podía sentir el pulso de la tierra, las colinas y las montañas alzándose majestuosamente en los acordes menores y mayores, mientras la música fluía de él a las teclas y fuera otra vez al cuarto, llenándolo con el sonido de la paz, dándole una sensación de paz.

Y Elle, hermosa y ardiente. Estaba más roto por Elle que por lo que le había sucedido a él. Podía escapar de su propio pasado, permitir que el odio y la rabia hacia sus captores se desvanecieran y murieran en él, pero no Gratsos. No podría vivir con la amenaza de Gratsos colgando sobre la cabeza de Elle. La manera en que el hombre la aterrorizó y la había tratado. Podía vivir con muchas cosas, pero no con eso. Sabía que cazaría a Gratsos y lo mataría, tendría que volver a casa y encararla. No podría vivir sin eliminar al hombre de la tierra permanentemente y no estaba seguro de que ella pudiera vivir con él una vez lo hubiera hecho. El corazón se desacompasó y también los dedos.

Dejó que la música le llevara lejos de sus pensamientos y de vuelta a lo que era su mundo. De vuelta a la cordura y la paz. Elle. Los dedos volaron sobre las teclas, vertiendo pasión y fuego en su concierto, viéndola en su mente con su largo cabello rojo derramado a su alrededor como una cascada sedosa y llameante. Su piel, tan suave, pálida en la oscuridad, como pétalos de rosa a la luz de las velas, sus manos moviéndose sobre su cuerpo, tomándola en el suyo, enmarcando y memorizando cada dulce curva.