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—¿Qué es usted? —preguntó Thesme.

—Un gayrog. ¿No conoce a mi raza?

—Claro —dijo ella, aunque en realidad sabía muy poco de los gayrogs.

Numerosas especies no humanas se habían establecido en Majipur en los últimos siglos, una auténtica colección de seres extraños invitados por la Corona lord Melikand porque no había bastantes hombres para llenar las inmensidades del planeta. Thesme había oído decir que existían seres de cuatro brazos, de dos cabezas, con tentáculos, y con escamas, lenguas bífidas y cabello serpentino, pero ninguno se había acercado a Narabal, una ciudad al borde de ninguna parte, tan distante de la civilización como pudiera imaginarse. De modo que estaba delante de un gayrog… Extraña criatura, pensó, casi humana por la forma del cuerpo, pero totalmente distinta en todos sus detalles. Una monstruosidad, sí, un ser de pesadilla, aunque no especialmente aterrador. Thesme se compadeció del pobre gayrog, en realidad… Era un vagabundo, doblemente perdido, lejos de su planeta natal y lejos de cualquier cosa importante de Majipur. Y gravemente herido, además. ¿Qué iba a hacer ella con el gayrog? ¿Desearle buena suerte y abandonarlo a su destino? Ni pensarlo. ¿Ir a Narabal y organizar una misión de rescate? Harían falta dos días como mínimo, suponiendo que alguien quisiera colaborar. ¿Volver con el herido a la choza y cuidarlo hasta que se repusiera? Era lo más apropiado, aunque… ¿qué iba a ser de su soledad, de su intimidad? Y en cualquier caso, ¿cómo había que cuidar a un gayrog? ¿Realmente deseaba ella asumir la responsabilidad? Y el riesgo, por otro lado. Se trataba de un ser extraño y ella desconocía por completo qué podía esperar de él.

—Soy Vismaan —dijo el gayrog.

¿Era su nombre, su título, o meramente la descripción de su estado? Thesme no hizo preguntas.

—Me llamo Thesme —dijo—. Vivo en la jungla, a una hora de camino de aquí. ¿Cómo puedo ayudarle?

—Deje que me apoye en usted mientras trato de incorporarme. ¿Cree que tendrá fuerza suficiente?

—Seguramente.

—Es una hembra, ¿verdad?

Thesme sólo vestía unas sandalias. Sonrió y se llevó la mano a los pechos.

—Hembra, sí —dijo.

—Eso pensaba. Yo soy varón y quizá demasiado pesado para usted.

¿Varón? En la entrepierna era tan liso y asexuado como una máquina. Thesme supuso que los gayrogs tenían el sexo en otra parte. Y si eran reptiles, los senos de Thesme no les significaban indicio alguno respecto a su sexo. Extraño, de todos modos, que el gayrog hubiera tenido que formular la pregunta.

Se arrodilló junto a él, mientras se preguntaba cómo el gayrog iba a levantarse y caminar con una pierna rota. Él pasó un brazo por los hombros de la mujer. El contacto de la piel sobresaltó a Thesme: era una piel fría, seca, rígida, lisa, igual que si él llevara una coraza. Sin embargo la textura no era desagradable, sólo extraña. Un fuerte olor brotaba de aquella piel, un hedor a pantano, acre, con un rastro de miel. Apenas era comprensible que ella no lo hubiera percibido antes, porque era un olor penetrante e insistente; Thesme pensó que la había distraído la sorpresa de toparse con aquel ser. Era imposible ignorar el hedor una vez percibido, y al principio Thesme juzgó que era intensamente desagradable, aunque poco a poco el detalle dejó de preocuparla.

—Procure mantenerse firme. Voy a levantarme.

Thesme se agachó, hundiendo rodillas y manos en la tierra, y para su sorpresa el gayrog logró levantarse con un peculiar movimiento serpentino, apoyándose en Thesme, cargando todo su peso por un instante entre los omoplatos de la mujer de tal modo que ésta jadeó. Luego estuvo erguido, tambaleante, agarrado a una liana que colgaba. Thesme se dispuso a sujetarlo si caía, pero él se mantuvo derecho.

—Esta pierna está rota —explicó a Thesme—. La espalda está herida, pero no rota, creo.

—¿Es fuerte el dolor?

—¿Dolor? No, nosotros sentimos poco dolor. El problema es funcional. La pierna no me sujetará. ¿Puede buscarme un palo fuerte?

Thesme exploró los alrededores en busca de algo que él pudiera usar como muleta, y al cabo de unos instantes vio la rígida raíz aérea de una liana que colgaba de la bóveda de focalle. La lustrosa raíz negra era gruesa pero frágil, y Thesme la torció hacia adelante y hacia atrás hasta que consiguió arrancar un trozo de dos metros. Vismaan la asió firmemente, pasó el otro brazo alrededor de Thesme y, con mucho cuidado, se apoyó en la pierna sana. Dio un paso sin dificultad, luego otro, otro más, arrastrando la pierna rota. Thesme pensó que el olor corporal del gayrog había cambiado: era más áspero, más avinagrado, menos dulce. La tensión de andar, sin duda. Probablemente el dolor era menos trivial que lo que Vismaan deseaba hacer creer a la mujer. Pero había conseguido moverse, en cualquier caso.

—¿Cómo se lastimó? —preguntó Thesme. desconocía por completo qué podía esperar de él.

—Trepé a este árbol para inspeccionar el territorio. No resistió mi peso.

Señaló el delgado y reluciente tronco del alto sijanil. La rama más baja, por lo menos a diez metros de altura, estaba quebrada y suspendida de simples fragmentos de corteza. Thesme se asombró al pensar que el gayrog había sobrevivido a una caída así. Al cabo de unos instantes se preguntó cómo él había podido trepar tan alto por el resbaladizo y liso tronco.

—Mi plan es establecerme en esta región y dedicarme al cultivo. ¿Tiene usted una granja? —dijo el gayrog.

—¿En la jungla? No, sólo vivo aquí.

—¿Con un compañero?

—Sola. Crecí en Narabal, pero me hacía falta estar sola durante una temporada. —Llegaron al morral de calimbotes que Thesme había dejado al ver al gayrog tumbado en el suelo, y la mujer se lo echó al hombro—. Puede quedarse conmigo hasta que sane su pierna. Pero nos costará toda la tarde volver a la choza de esta forma. ¿Está seguro de que puede caminar?

—Estoy caminando —observó Vismaan.

—Cuando quiera descansar, lo dice.

—En su momento. No ahora.

En realidad pasó casi media hora de lento y doloroso renquear antes de que él quisiera hacer un alto, e incluso entonces permaneció de pie, apoyado en un árbol, explicando que creía imprudente completar el difícil proceso de levantarse del suelo por segunda vez. El aspecto del gayrog era tranquilo, reflejaba relativamente escasas molestias, aunque era imposible leer la expresión de su inalterable rostro y aquellos ojos que nunca parpadeaban: el constante movimiento de la lengua bífida era la única indicación visible de aparente emoción, y Thesme no sabía cómo interpretar los incesantes, veloces movimientos. Al cabo de unos minutos continuaron la caminata. La lentitud de la marcha era una carga para Thesme, igual que el peso de Vismaan en su hombro, y notó que sus músculos se agarrotaban y protestaban mientras recorrían la jungla. Apenas hablaron. Él parecía estar preocupado por la necesidad de controlar su lesionado cuerpo, y Thesme se concentró en la ruta en busca de atajos, previendo la presencia de arroyos, maleza densa y otros obstáculos que el gayrog no podía salvar. A medio camino de la choza empezó a llover, y el resto de la caminata lo hicieron envueltos en una cálida y pegajosa niebla. Thesme ya estaba casi agotada cuando apareció la choza.

—No es un palacio —dijo—, pero no me hace falta más. La construí yo misma. Échese ahí. —Ayudó a Vismaan a tenderse en su lecho de plumas de zanja. El gayrog se sentó con un tenue sonido sibilante, tal vez indicativo de alivio—. ¿Le apetecería comer algo?

—Ahora no.

—¿Y beber algo? ¿No? Supongo que sólo querrá descansar. Saldré de la choza para que duerma tranquilo.