—…y la lluvia de esta mañana fue una señal de gratas noticias y una nueva primavera —estaba diciendo la superiora.
Tisana se esforzó en seguir las palabras de la anciana.
—Hoy he recibido un mensaje que os alegrará a todas. ¡Tenemos Corona otra vez! El Pontífice Tyeveras ha elegido a Malibor de Bombifale, que esta noche ocupará su lugar en el Trono Confalume del Monte del Castillo.
Hubo vítores y golpes en las mesas, y se hizo el símbolo del estallido estelar. Tisana, como una sonámbula, imitó a las demás. ¿Una nueva Corona? Sí, sí, lo había olvidado, el anterior Pontífice murió hacía varios meses y la maquinaria del estado había funcionado una vez más: lord Tyeveras era el nuevo Pontífice y otro hombre estaría en lo alto del Monte del Castillo.
—¡Malibor! ¡Lord Malibor! ¡Larga vida a la Corona! —gritó Tisana en compañía de las demás.
Sin embargo la noticia era irreal y carente de importancia para ella. ¿Una nueva Corona? Otro nombre en la larga, larguísima lista. Bien por lord Malibor, sea quien sea, y que el Divino le trate con amabilidad, porque sus problemas acaban de empezar, pensó Tisana. Pero apenas le importaba. Se suponía que todo el mundo debía celebrar el amanecer de un reinado. Tisana recordó haberse emborrachado un poco con vino de palmera flamígera cuando era una jovencita y falleció el famoso Kinniken, llevando a lord Ossier al Laberinto del Pontífice y elevando a Tyeveras al Monte del Castillo. Ahora lord Tyeveras era Pontífice y había otra Corona, y algún día, no había duda, Tisana se enteraría de que ese lord Malibor se trasladaba al Laberinto y otro ansioso joven ocupaba el trono de la Corona. Aunque se suponía que estos hechos eran de terrible importancia, Tisana era incapaz de preocuparse en esos momentos del nombre del rey, Malibor, Tyeveras, Ossier o Kinniken. El Monte del Castillo estaba muy lejos, a miles de kilómetros, era como si no existiera. Lo que se alzaba ante Tisana a tanta altura como el Monte del Castillo era la Prueba. Su obsesión por la Prueba oscurecía cualquier otra cosa, convertía en espectro cualquier otro detalle. Ella sabía que tal cosa era absurda. Se hallaba bajo la extraña intensificación de las sensaciones que se produce cuando una persona está enferma, cuando el universo entero se centra en el dolor del ojo izquierdo o en el vacío del estómago, y ninguna otra cosa tiene importancia. ¿Lord Malibor? Tisana celebraría el nombramiento en otro momento.
—Vamos —dijo Freylis—. Vamos a tu habitación.
Tisana asintió. El comedor no era el lugar que le convenía esa noche. Sabedora de que todos los ojos estaban fijos en ella, avanzó vacilante por el castillo y salió a la oscuridad. Soplaba un viento seco y cálido, un viento áspero que irritó los nervios de Tisana. Al llegar a la celda de Tisana Freylis encendió velas y con gran suavidad obligó a la consumada a echarse en la cama. Sacó dos tazas del armario, y una botellita que llevaba bajo la túnica.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Tisana.
—Vino. Para que te tranquilices.
—¿Vino onírico?
—¿Por qué no?
—No está bien que… —empezó a decir Tisana, muy seria.
—No se trata de una interpretación de sueños. Sólo es para tranquilizarte, para que estemos tan juntas que pueda compartir mi fuerza contigo. ¿De acuerdo? —Freylis llenó las dos tazas con el espeso y oscuro vino y puso una en la mano de Tisana—. Bebe. Bébelo, Tisana.
Tisana obedeció aturdidamente. Freylis apuró su taza con gran rapidez y se desnudó. Tisana la miró, asombrada. Jamás había tenido una mujer como amante. ¿Eran ésas las intenciones de Freylis? ¿Por qué? «Esto es un error», pensó Tisana. En la víspera de la Prueba, beber vino onírico, compartir mi cama con Freylis…
—Desnúdate —musitó Freylis.
—¿Qué piensas hacer?
—Pasar la noche en vela onírica en tu compañía, tonta. Tal como lo convinimos. Nada más. ¡Termina el vino y quítate la ropa!
Freylis estaba desnuda. Su cuerpo era casi como el de una niña, sin apenas curvas, enjuto, con la piel muy blanca y pequeños y juveniles pechos. Tisana dejó caer la ropa en el suelo. La pesadez de su carne la avergonzaba. Esos fornidos brazos, las gruesas columnas de muslos y piernas… Siempre se estaba desnuda al hacer interpretaciones de sueños, y al cabo de un tiempo de prácticas se perdía la preocupación por la desnudez. Pero esto era distinto, íntimo, personal. Freylis sirvió más vino para las dos. Tisana bebió sin protestar. A continuación Freylis cogió a Tisana por ambas muñecas, se arrodilló ante ella y la miró a los ojos.
—¡Estúpida, deja de preocuparte por mañana! —dijo, en tono afectuoso y burlón al mismo tiempo—. La Prueba no es nada. Nada. —Apagó las velas y se echó junto a Tisana—. Duerme bien. Que tengas buenos sueños.
Freylis se acurrucó en el regazo de Tisana, se apretó a ella, mas se quedó inmóvil, y se durmió enseguida.
No iban a ser amantes. Tisana se sintió aliviada. En otra ocasión, quizá —¿por qué no?—. Pero no era momento de aventuras. Tisana cerró los ojos y abrazó a Freylis como si abrazara a una niña dormida. El vino le causó una vibración interna, y calor. El vino onírico abría las mentes, y Tisana empezó a sentirse agudamente consciente del espíritu de Freylis. Pero no se trataba de una sesión de interpretación y tampoco habían hecho los ejercicios de concentración que creaban la unión total. De Freylis fluían únicamente amplias e indefinidas emanaciones de paz, amor y energía. Era una mujer fuerte, mucho más fuerte de lo que podía pensarse dada la fragilidad de su cuerpo, y la mente de Tisana obtuvo creciente bienestar con la cercanía de la otra mujer, mientras el vino onírico iba dominándola con más fuerza. La somnolencia fue dominándola poco a poco. Pero todavía estaba inquieta. Inquieta por la Prueba, por lo que pudieran pensar las demás al verlas acostadas tan temprano, por la violación técnica de las reglas que habían cometido al compartir el vino de ese modo… Agitadas corrientes de culpabilidad, vergüenza y miedo remolinearon en su espíritu durante cierto tiempo. Pero poco a poco fue tranquilizándose. Se durmió. Su experta mirada de oráculo le permitió vigilar sus sueños, mas éstos carecían de forma y de secuencia, las imágenes eran misteriosamente imprecisas: un vago horizonte iluminado por un distante fulgor, y tal vez el semblante de la Dama, o de la superiora Inuelda, o de Freylis, pero en esencia una simple franja de luz cálida y consoladora. Y después amaneció y un pájaro chilló en el desierto, anunciando el nuevo día.
Tisana pestañeó y se incorporó. Estaba sola. Freylis había guardado las velas y lavado las tazas, y había dejado una nota en la mesa… no, no era una nota, era el símbolo del rayo del Rey de los Sueños dentro del triángulo inscrito en otro triángulo que a su vez era el símbolo de la Dama de la Isla, y alrededor un corazón bordeado por un sol radiante: un mensaje de amor y buen humor.
—¿Tisana?
Se acercó a la puerta. La vieja tutora Vandune estaba allí.
—¿Es la hora? —preguntó Tisana.
—La hora bien pasada. El sol salió hace veinte minutos. ¿Estás lista?
—Sí —dijo Tisana. Sentía una extraña calma. ¡Qué ironía, después de una semana de temores! Cuando el momento estaba próximo, ya no quedaba miedo. Será lo que deba ser, pensó, y si no me consideran apta después de la Prueba, perfectamente, será para bien.
Siguió a Vandune por el patio y el huerto, hasta que abandonaron los terrenos de la casa capitular. Algunas mujeres ya estaban levantadas, pero ninguna habló. Con la luz verdemar del alba Tisana y Vandune marcharon en silencio sobre la encostrada arena del desierto. La consumada ajustó su paso para mantenerse justo detrás de la anciana. Caminaron hacia el este y luego hacia el sur, sin cruzar una sola palabra, durante un tiempo que pareció ser de horas y horas, kilómetros y kilómetros. Por fin en el vacío del desierto aparecieron las ruinas de Velalisier, la antigua ciudad metamorfa, un lugar vasto y espectral, de imponente extensión y majestad, que contaba miles de años de antigüedad. Velalisier era una ciudad maldita abandonada por sus constructores desde hacía muchos siglos. Tisana creyó comprender. La Prueba consistiría en dejarla abandonada entre las ruinas, vagando entre los fantasmas durante todo el día. Pero ¿sería posible? ¿Una cosa tan infantil, tan ingenua? Los espectros no albergaban terrores para ella. Y además, si querían asustarla, habrían tenido que hacerle la Prueba por la noche. Velalisier, vista de día, era un conjunto de montecillos y pétreas protuberancias, templos en ruinas, columnas destrozadas, pirámides enterradas bajo la arena…