– ¿Muy mayor?
– Es difícil calcular eso, sobre todo si una no le ve bien la cara. Porque además llevaba sombrero, ¿sabe?, con el ala un poco así sobre los ojos, en plan película de los años 40. Y dígame: ¿qué persona joven lleva sombrero hoy día, sobre todo cuando el verano está aún ahí, como quien dice? Aunque, en fin, mayor lo parecía. No tanto como usted, pero lo parecía.
– Ya lo sé, hija, ya lo sé. A mí me hicieron prisionero los turcos en la batalla de Lepanto. Aún cobro una pensión por eso.
– ¿Qué fue lo que le estropearon? -quiso saber un cliente.
Méndez prefirió no contestar. Al fin y al cabo tampoco estaba demasiado seguro de lo que pasaría si un día se encontraba con un turco. Bebió el vaso de vino peleón y masculló:
– Además de su nombre, ¿dejó algún recado?
– Sí. Que quería devolverle una cosa.
– ¿Un cuadro? -Eso no lo dijo.
– Pero le diría dónde me iba a hacer la entrega, ¿no? Eso se lo diría.
– Claro que sí, señor Méndez -la patrona le sirvió otro vaso de vino, un Falset tinto con el que se hubiera podido pintar una pared-. A las tres de la madrugada, las tres en punto, en la Avenida del Tibidabo esquina Román Macaya.
– ¿En la parte de arriba de la ciudad?
– De lo más arriba, señor Méndez.
– ¿Con olor a árboles y todo eso?
– Seguro.
– Pues soy capaz de no ir.
– Usted verá lo que hace, señor Méndez. Claro que, bien mirado, puede ser una trampa. ¿Quién le conoce en la parte alta de la ciudad? ¿Eh? ¿Quién le ayudaría? Lo malo es que ni mi marido ni yo podemos acompañarle, señor Méndez. Ni nadie.
– ¿Por qué? -Aquel hombre dijo que tenía que ir usted sólo o que no había trato.
– Si me conoce un poco sabrá que lo haré así -murmuró Méndez-. Siempre he trabajado solo. Pero lo raro es que no hay motivo para que me conozca.
Dijo esto en voz muy baja, sólo para que lo oyese la dueña del bar. Luego añadió:
– De todos modos, esas cosas son normales. Siempre que un reclamado te quiere ver, exige hacerlo sin testigos.
– ¿Es que ese hombre es un reclamado? Méndez gruñó:
– ¿He tratado alguna vez con alguno que no lo fuera? Y subió a la habitación. La cama y el bidé entronizados allí significaban que, si alguna vez la patrona echaba a Méndez y alquilaba la habitación a una pareja, ésta tendría todo lo necesario para llevar una vida digna y honesta. Méndez sospechaba que, en bien del fomento de la virtud, le acabarían echando.
Apartó las revistas que llenaban una de las sillas (La Rambla, Playboy, El Víbora, El Papus y El Funcionario Español) y se sentó en plan miserere mei. Empezaba a no caberle duda de que Cortadas pertenecía a esa clase de maniáticos que gozan desafiando a la policía y que justifican sus crímenes en virtud de ese desafío. Eso explicaba el siniestro detalle del pecho cortado puesto en casa de Olvido, explicaba la desaparición del cuadro poco después de haberlo visto Méndez y explicaba también, por supuesto, el hecho de que Cortadas le hubiese dado una cita. Méndez estaba seguro de que el otro acudiría, y en consecuencia decidió hacerlo él también.
No prestó la más mínima atención a la idea -aunque la tuvo- de que aquélla pudiese ser una trampa mortal. La hora y el sitio -una esquina despoblada y apta solamente, durante la noche, para empitonar al prójimo- resultaban ideales si se quería quitar de en medio a un hombre, pero no había motivo para que Cortadas hiciera eso. En primer lugar, él no era el encargado de la investigación; en segundo, tampoco había adelantado demasiado en sus pesquisas; en tercero, matar a un policía siempre ha sido un mal negocio; y en cuarto y último, ningún asesino que planea un nuevo crimen empieza por dar su nombre en un bar, como había hecho Cortadas. Méndez podía estar seguro de que el hombre a quien buscaba se limitaría a observarle y a dirigirle algún insulto desde las sombras, detalle este último para el que Méndez tenía una larga preparación profesional.
También desechó la idea -pese a valorarla- de montar un tinglado para detener a Wenceslao Cortadas. Estaba convencido de que éste vigilaría el lugar desde bastantes horas antes, y si notaba el más mínimo movimiento sospechoso se largaría con viento fresco. Eso significaría perder un contacto que al menos era una oportunidad, mientras que una frustrada operación de caza equivaldría simplemente a perder el tiempo. Dos factores, por supuesto, influyeron también en esta toma de decisión de Méndez: su inveterada costumbre de actuar solo y su temor de que, si pedía ayuda al jefe, éste decidiera enviarle de nuevo en comisión de servicio a las playas de Tarragona, donde, además, a estas alturas, ya no quedaba suelto más que algún marica.
La Avenida del Tibidabo, a las tres de la madrugada de un día laborable, era un túnel silencioso por donde sólo circulaba de vez en cuando algún coche llevando a bordo un tío con un par de billetes de menos y una tía con la boca todavía suda. Durante el día era aquélla una zona de colegios caros, de niños sin bozal, de poetas bajo vigilancia siquiátrica, de familias adictas al Gotha y de clínicas de lujo donde excepcionalmente podías confiar más en el médico que en el espíritu santo. De noche, cuando Méndez se presentó allí andando cautelosamente, se oía el susurro del viento en los árboles, ladraba algún perro bien mantenido y no se veía a diez metros de distancia.
El viejo policía se situó en el punto exacto que le habían indicado, o sea en la esquina, relativamente cerca de una farola, lo justo para que se vislumbrase que estaba allí. Si Cortadas quería verle bien, tendría que acercarse.
Llegó a las tres de la madrugada en punto, pero a las tres y veinte aún no había ocurrido nada absolutamente. El silencio era casi total, no pasaba ya ningún coche, los perros con pedigrí ya no ladraban, y un par de peatones que parecían ir perdidos, de una sombra a otra, cambiaron inmediatamente de acera al ver a Méndez, pues le tomaron por un exhibicionista o un atracador. Con lo de Méndez en plan exhibicionista no supieron nunca lo que se habían perdido, peor para ellos.
Las tres y veinticinco. El viejo policía ya empezaba a hartarse de estar allí. Le dolían los pies, pues él sólo aguantaba la posición vertical junto a las barras de los bares. Y hasta empezó a pensar que todo aquello había sido una burla y que resultaría mejor irse; pero le detuvo el mundo fósil de los coches aparcados, el misterio de los setos vegetales, el ángulo muerto que iban dejando los árboles y desde el cual unos ojos le podían estar acechando. Realmente Méndez tuvo la sensación de que le acechaban, de que a pesar de todo Wenceslao Cortadas estaba allí. Lo que ocurría era que Wences tenía su propia lógica, y sobre todo su propio tiempo; para él no existían los relojes de los hombres que contratan sus horas y dejan que sean otros los que se las cuenten hasta el día de morir.
Y fue entonces, de repente, a las tres y media en punto, cuando sucedió. Méndez no se dio cuenta, a pesar de su larga experiencia y de sus numerosísimos -y altamente elogiados servicios de esquina. Percibió entre dos coches el fogonazo y al mismo tiempo oyó el silbido de la bala. Todo eso se mezcló con el «chask» del proyectil al empotrarse en la parte baja de una pared. Méndez se dio cuenta, con auténtico rigor profesional, de que le habían disparado con un nueve corto y de que la bala acababa de pasar a menos de un metro de distancia. No podía decirse que Cortadas fuera un prodigio de puntería sobre blanco fijo, pero de todos modos Méndez se dejó caer a tierra; si no lo hizo con la velocidad del rayo, sí lo hizo en cambio con las debidas precauciones higiénicas. Primero las rodillas en un sitio liso, luego las palmas de las manos y por fin todo el tronco, intentando no rozar con la cara unos cercanos excrementos de can que por lo menos había cenado foie-gras. Entonces llegó la segunda bala.
Pudo ver el fogonazo con perfecta claridad. Le disparaban desde un punto situado entre dos coches, a unos veinte metros de distancia. También oyó el chasquido del proyectil al empotrarse en la misma pared, a muy poca distancia del primero. E inmediatamente unos pasos y luego la silueta confusa de un hombre que corría.