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Méndez se puso nuevamente de rodillas y sacó su pistola. Era un mastodonte más apto para acojonar al detenido que para descojonar al fugitivo, según decían los superiores en las largas noches del Distrito Quinto. Se trataba de una auténtica arma de guerra, una Colt modelo 1912, efectiva pero lenta, capaz de cambiar de sitio un árbol pero no de cazar al vuelo a un hijo de viuda. Méndez no la usaba nunca excepto para dejarla sobre la mesa en los interrogatorios de la comisaría, en un plan de clases pasivas que sin embargo hacía mover todas las lenguas y resultaba de una demoledora eficacia. Después de ver aquel petardo, hasta las mecheras de la calle de las Arrepentidas reconocían haber tomado parte en la muerte de Calvo Sotelo el año 36, según las normas de eficacia y de acusación preferente que le habían enseñado a Méndez en la vieja policía española. (Muchas veces, siglos antes, cuando aún no era un veterano, Méndez había recordado entre carcajadas un chiste que hizo fortuna en su época, según el cual, al finalizar la guerra mundial el año 45, los americanos quisieron interrogar al emperador Hiro Hito sobre sus posibles responsabilidades en la iniciación del conflicto, y para eso enviaron al Japón a sus más acreditados jerifaltes de la CIA, los más broncos agentes del FBI y hasta algún sheriff de Texas. Pero sin lograr sacarle una palabra al flemático hijo del sol. Al fin, desalentado, el presidente Truman llamaba a una pareja de la guardia civil española, y ésta procedía al hábil interrogatorio. Apenas media hora después, los dos números ya salían con cara satisfecha. El propio director del FBI les preguntaba si Hiro Hito había confesado algún crimen de guerra, y el más veterano de la pareja le contestaba: «No, eso aún no, pero ya ha reconocido ser uno de los que fusilaron a José Antonio.» Siempre que Méndez se reía, sus jefes le advertían con toda gravedad que no tomase a broma una cosa tan seria y que además reflejaba tanta aptitud para el servicio.)

El caso fue que ahora Méndez no empleó aquella auténtica pieza del acorazado Missouri para interrogar a nadie, sino para hacer fuego. Las dos detonaciones debieron despertar hasta a las palomas de la Plaza de Cataluña. Claro que antes, para cumplir los reglamentos, Méndez lanzó el grito de guerra que tantas veces le había dado grandes éxitos:

– ¡Alto! ¡Policía! ¡Policía! ¡Policía! ¡Policía! ¡La madre que te parió!

Normalmente todos los sospechosos -y los que no lo eran se detenían, pero esta vez el fugitivo siguió hundiéndose en las sombras. Méndez no lo pudo alcanzar con sus disparos, y además supo desde el primer momento que iba a ser inútil perseguirle. Su récord olímpico de los cien metros lisos rozaba el cuarto de hora. Lo intentó de todos modos, por puro amor al servicio, poniendo sus cinco sentidos en la carrera y consiguiendo llegar sano y salvo, pero sin aliento, al Paseo de San Gervasio, que está dos esquinas más allá. En el paseo casi lo arrolló el patrullero del 091 que llegaba lanzado después de recibir el aviso del tiroteo.

Méndez escondió la pistola y sacó su insignia. Fue la única vez que se atrevió a mostrarla en la palma de la mano. En su distrito no podía hacer eso, porque del primer golpe de abajo arriba se la enviaban al segundo piso. Gritó:

– ¡Pronto! déjenme subir! ¡Vamos a dar una batida! La batida no arrojó resultado alguno, cosa lógica porque si Cortadas había llegado en coche podía estar agazapado entre dos asientos, y si había llegado a pie podía haberse dirigido hacia los descampados que llevan a la montaña. Después de un cuarto de hora, y pese a la ayuda de otro patrullero, tuvieron que desistir. Pero para entonces Méndez ya había llamado por radio a los expertos en balística.

Demostró ser un perfecto profesional. Incluso en la oscuridad señaló el sitio en que tenían que estar empotradas las balas, y en efecto allí estaban. Y también los dos casquillos entre los coches, a unos veinte metros de la esquina. Todo completo. Ni que Méndez lo hubiese medido con un compás.

Él mismo acompañó a los expertos al laboratorio a la mañana siguiente, sin haber dormido, y aguardó el resultado del examen. Al estudio microscópico de las estrías en los proyectiles aplastados por el rebote y del impacto del percutor en los casquillos, siguió una exhaustiva revisión de los ficheros, hasta dar con el resultado preciso. Eran ya para entonces las doce del mediodía.

El propio jefe del laboratorio, que había dado preferencia absoluta a aquella labor, le dijo a Méndez:

– Menos mal que era un arma fichada y con licencia, porque si llega a ser de las que van por libre no la identificamos nunca. Es una Star nueve corto para la que se extendió permiso hace una porrada de años. Desde entonces no había dado que hablar, y se le había perdido la pista.

– ¿A nombre de quién está la licencia? -preguntó el viejo policía con un hilo de voz.

– A nombre de un tal Wenceslao Cortadas. Le será fácil detenerlo, claro, porque en la documentación figura el domicilio.

Méndez se limitó a susurrar:

– Y una leche. Salió de allí y se dirigió a la comisaría, no porque tuviese ganas de trabajar, sino porque era día de cobro.

A la Administración Pública no hay que darle demasiadas oportunidades.

12. LOS DOMINGOS ANTIGUOS

PRIMERO fue el rápido viaje a Venecia, una Venecia con otoño, con lluvia, con la bruma en los canales y con rostros de mujeres muertas tras las ventanas de los palacios. «Me acompañas. Nadie pensará mal, porque voy con tres amigas, y si piensan mal qué quieres que te diga, hijo. Que les den. Primero hemos de ir en avión hasta Milán, a ver las últimas presentaciones de la moda, porque aunque no lo creas yo trabajo mucho, yo tengo intereses en una gran casa de prét-á-porter. Desde Milán a Venecia hay un paso. Además he de hacer allí unas compras, he de ver unas pinturas y he de hacer también una cosa que te parecerá muy extraña, Richard: ver si encuentro mi rastro. Cuando estemos allí lo entenderás.»

Ricardo Arce, el Richard, no empezó a entenderlo hasta su primera tarde de soledad, tarde de domingo antiguo, hasta que se dio cuenta de que algún día lejano, una vez, en un tiempo remoto que había de llegar, él buscaría también allí su propio rastro. Fue al encontrarse con los canales hundidos en la bruma, con las torres perdidas en el silencio y los cafés vacíos, las mesas batidas por una fina lluvia. Venecia era aquella tarde una ciudad de ventanas con visillos, de veladores antiguos, de tiendas con dependientas que iban a morir. El Richard proletario del Pueblo Seco y de los vestuarios del Price se embarcó como una sombra más en el vaporetto que iba al Lido y vio desfilar los viejos palacios que se hundían, sintió el tiempo que se te iba como un fluido entre los dedos cerrados. Ricardo Arce tuvo allí por primera vez contacto con las mil vidas de su interior que él no había vivido y supo que alguna vez, algún día lejano, él volvería también allí para buscarlas una a una.

Lo segundo fue Cascais, el rápido viaje a Lisboa, el estuario del Tajo quemado por el sol, la gente formando corrillos desde los bajos del puerto hasta los altos del Sheraton, los pequeños restaurantes en el barrio viejo, amor mío, vis a vis, el vino púrpura en la copa, los ojos de la mujer colgados en un tiempo que se iba. «Me acompañarás como a Milán. No pensarán mal porque iré con dos socios, y si piensan mal, ¿qué quieres que te diga, hijo? Que les sigan dando. He dicho que eres mi consejero y en realidad puedes serlo. En Lisboa aún hay gente que te hace trabajos de bordado a mitad de precio que en España, y yo necesito comprar para la boutique. El viaje será corto, pero podremos ir a Cascais una mañana de domingo, ya lo verás; el Cascais de las calles estrechas, de los cafés de pueblo y de las tiendas de vinos con años de obispo.» Y ahora Cascais estaba aquí, en esta gran voz colectiva de la gente que va y viene de un tiempo a otro, en este ancho mediodía de la plaza. Ricardo Arce, el Richard hambriento de la calle de Tapiolas y los gimnasios del Paralelo, se sentó en el balconcito del viejo café, sobre la plaza, junto a dos comerciantes que hablaban a gritos de los políticos muertos y de las grandes virtudes que tendrían si volviesen a vivir. Probó el queso que viene de la tierra y el vino que viene del aire, vino verde, un poco picante, vino joven hecho con cuerdas de guitarra. Sintió el calor humano, la gran voz de la plaza, una voz que se iba haciendo suya como si él también perteneciese a aquel pueblo que a lo largo de los siglos había aprendido a esperar. Y supo, como había sabido en Venecia, que un día, algún día, él trataría de volver allí en busca no del silencio y de la bruma, sino de la voz y del vino, pero también con la misma inútil finalidad de recoger los pedazos de sí mismo.