Выбрать главу

– Conozco el sitio. Por cierto, ¿sabe si aún queda algo del Cabo San Roque?

– Absolutamente nada.

– Bien. Siga.

– Es poco lo que tengo que decirle ya. Sólo que vaya a ese sitio, exactamente a ese sitio, en la entrada de la oficina, a la una de la madrugada en punto.

– ¿Y si no voy?

– ¿Por qué no había de ir?

– El sitio y la hora son perfectos para una emboscada.

– ¿Una emboscada a usted? ¿Tantos enemigos tiene?

– Por suerte, me parece que ninguno.

– Es usted cobarde?

– Ni más ni menos que las otras personas. Pero, por mi oficio, algunas veces me he tenido que tragar el miedo.

– Entonces me decepcionaría mucho si no viniese. Perdería el alto concepto que tengo de usted, señor Bey.

Y colgaron.

Carlos Bey quedó unos momentos atónito, con el auricular todavía en la mano, sin saber qué pensar.

Mientras hablaba había mostrado una cierta seguridad, pero ahora, de repente, no estaba seguro de nada, ni siquiera de que le hubiese llamado un hombre. La voz, convenientemente disimulada y hasta enronquecida a propósito, podía haber sido la de una mujer.

Al fin depositó el auricular en el soporte. Fue en aquel momento cuando le avisó un compañero.

– Oye, tú, vamos, que hay rueda de prensa en el Ayuntamiento. Vaya horas.

– Yo no puedo ir. Tengo una entrevista con José María Figueras dentro de media hora y seguramente ya no volveré.

– Vaya coñazos te has montado.

– Sí, encima eso. Se puso la americana y salió. Apenas había llegado a la calle cuando volvieron a llamarle. El compañero que estaba más cerca descolgó para oír una voz lejanísima, tartajeante y digna de haber brotado de una fosa, pero eso sí, de una fosa común.

– Oiga, buenas tardes nos dé Dios. ¿Está Carlos Bey?

– Acaba de salir.

– ¿Y ya no volverá?

– No, no creo.

– Por favor, dígame dónde puedo localizarle. Es importantísimo.

– No sé dónde se le podría encontrar. Ha ido a hacer una entrevista.

– ¿No sabe a quién? ¿No se lo ha dicho?

– He oído que decía algo a un compañero, pero también se acaba de marchar. Espere, veré si alguien lo sabe.

Preguntó por las inmediaciones. Nadie sabía nada. El redactor jefe tampoco estaba enterado de la entrevista que iba a hacer Bey. En todo caso, no era para entregar aquella noche.

– Lo siento, ahora está ilocalizable. ¿Quiere que le dé algún recado si le veo?

– Sí, por favor… Diga que le ha llamado Méndez. Sobre todo que, pase lo que pase, se ponga en contacto conmigo antes de ir a otra cita. Perdone que le haga tantas preguntas, pero ¿sabe si le ha llamado ya alguien?

– He visto que hablaba por teléfono.

– ¿Le ha llamado un hombre o una mujer?

– ¿Cómo quiere que lo sepa? No me ha dicho nada.

– ¿Pero no ha dicho si iba a volver? ¿Seguro?

– No, volver no. Eso sí que lo he oído. Méndez balbució:

– Dios… Y colgó meticulosamente.

Carlos Bey dejó su viejo coche en las cercanías e hizo a pie el resto del camino hasta las pilas de chatarra. Había tenido razón en su comentario: era un sitio ideal para una emboscada, aunque resultaba absurdo que le tendieran una emboscada precisamente a él. Consideraba que era una pieza de bien poco valor para que alguien se molestara en cazarla. ¿Qué ganarían con eso?

La luz de la luna iluminaba el pequeño pabellón de la oficina, ahora rigurosamente cerrada y vacía. Iluminaba los mudos pedazos de casco que antaño surcaron los mares, las puertas que encerraron soledades, los ojos de buey por los que un día debieron mirar mujeres remotas. No se distinguía a nadie allí. Incluso faltaba un vigilante, quizá porque nadie se iba a llevar a casa un ancla. Un camión que parecía un veterano de la guerra civil reposaba a unos cincuenta metros, y más allá se alzaba la estructura medio desguazada de lo que debió haber sido un petrolero con nombre de jeque o de bailarina amiga del jeque. Eso era todo.

Bey se detuvo. Respiró con fuerza, intentando tranquilizarse. Nada. Bruscamente pensó que él era una pieza miserable, uno de esos tipos que fomentan la bondad humana porque no vale la pena hacerles daño, pero ¿quién establece la sutil distinción entre los que deben vivir y los que deben morir? No las víctimas, por supuesto. Establecer distinciones es un privilegio de los verdugos. Y a él ya habían tratado de matarle una vez en la torre de la Vía Augusta, aunque siempre había pensado que fue un inexplicable error. Hasta que ahora, en esta soledad, teniendo casi al alcance de la mano las lápidas del cementerio, empezaba a pensar que quizá no lo fue.

Unas gotitas de sudor frío nacieron en sus sienes. Tensó los músculos. Y eso le salvó aunque él no lo supiera, porque su cuerpo estaba listo para el salto cuando las cosas empezaron a suceder. La bala llegó con un silbido de serpiente desde detrás de la oficina, se empotró en su brazo izquierdo y le hizo volverse bruscamente, saltando unos pasos más allá porque todo su cuerpo ya estaba dispuesto para eso. La segunda bala, más certera que la primera, pasó por el sitio exacto donde medio segundo antes había estado su cuerpo. Carlos Bey lanzó un grito, aunque no sentía ningún dolor. Sin esperar a que sus dos pies tocaran el suelo, se lanzó hacia el camión en una loca carrera en zig-zag, porque el camión era el único refugio visible que tenía. Dos balas más le siguieron, aunque pasaron a más de medio metro porque Bey se movía frenéticamente y porque la semioscuridad hacía borrosa su figura. Patinó entre las ruedas, sintió que todo su cuerpo se impregnaba con la viscosidad de una mancha de aceite y quedó hecho un ovillo detrás de los neumáticos mientras una oleada de dolor nacía en el brazo y le llegaba hasta la nuca.

Los pulmones le quemaban. Ahora se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración y de que le costaba mover todo el lado izquierdo del cuerpo. El sudor le empezó a bañar la cara mientras el pensamiento le atravesaba como un hierro al rojo: «Estoy solo… Ahora vendrán a por mí… Vendrán a por mí y yo apenas podré moverme…»

Pero nadie vino. Quienquiera que fuese la persona que había disparado, tenía que atravesar una amplia zona descubierta para llegar al camión, y entonces Bey la reconocería. De modo que, o mataba a Bey con absoluta seguridad o corría el riesgo de enviarlo todo al infierno.

No lo corrió. Sin duda ayudaron a eso los toques de silbato que se oyeron a cierta distancia. Junto a los depósitos de la CAMPSA había un retén de vigilancia, y los disparos tenían que haberse oído desde allí. Bey lanzó una imprecación, apoyó la frente en un neumático y sintió que iba a perder el sentido.

No se oyó el motor de ningún coche. Bey tuvo tiempo de pensar que su desconocido enemigo, fuese quien fuese, había llegado a pie y huía a pie, al menos durante un trecho. Era lo mejor, porque una persona podía ocultarse muy bien en aquel sector, mientras que un coche hubiera sido muy fácil de localizar en la autopista casi desierta. Pero ése fue un pensamiento remoto e inútil, que se acabó diluyendo en una náusea.

24. EL AMANECER

ANTES de salir, Domingo Albert comprendió que debía pedir otra jarra; y la pidió, y la bebió sorbo a sorbo. Veía en el fondo blanco del recipiente, al vaciarse éste, algo como una insinuación extraña de su rostro. Era un conjunto de trazos sin forma, sin lógica, pero que estaba allí y le miraba riendo desde el fondo de la jarra. Se palpó con cuidado las mejillas y continuó mirándose, como atontado, en el fondo del recipiente blanco. Fue entonces cuando penetró en su cerebro la idea de que había bebido mucho y se estaba embruteciendo.

Contempló largamente su reloj; eran las once. En contra de lo que había esperado, se sentía más deprimido que al empezar a beber. Caminó unos pasos, irguiéndose cuanto pudo. La calle, observada a través de los cristales, tenía un aspecto casi fantasmagórico: el de un claustro con muchas luces colgando sobre él, un claustro seglar lleno de hombres que no conseguirían abandonarlo nunca. Pero esto era una extravagancia de su cerebro exaltado. Creyendo que así lograría despejarse, abrió la puerta y echó a andar por el centro de la calzada. Sus pasos resonaban bruscos esta noche fría, pero lentos -bruscos y lentos sobre las calzadas estrechas y las calles en pendiente-. Veía su sombra alargarse en las fachadas, en las aceras sucias, en las puertas onduladas de las tiendas. Y sentía, al verla, ese placer único de andar y respirar. De ser nada más una cosa que ve, que anda y que respira; solamente eso, unos pasos de hombre nada más. Siete pasos. Otros siete pasos, detenerse, mirar al cielo de tinta sucia, la luz vieja, las calles viejas. Y andar y respirar -otros siete pasos- No había en su cerebro ahora ningún deseo, ninguna inquietud, ni tan sólo un pensamiento. Estaba muy lejos de su casa, de su portal estrecho y de su placa de médico sin fortuna. Y esto era lo mejor: estar lejos. Estar lejos siempre de toda casa, de toda habitación (prieto entre los tabiques y los cuadros de los muertos). Sólo andar, respirar, detenerse, mirar la luz sucia, las bombillas sucias. Y no pensar; no tener que pensar siempre cómo es la vida de los vivos y la muerte de los muertos. Dejarlo todo en paz -pero esto le daba risa.