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El cuaderno seguía sin abrir.

Abrir el cuaderno con las peligrosas direcciones sería como echar hacia atrás el tiempo. Llevaba trece años encapsulando los meses que había pasado en Washington, las semanas en Quantico, las noches con Warren, los picnics con vino y baños desnudos en las pozas del río y el catastrófico e innombrable suceso que finalmente lo destruyó todo y que casi acaba con ella. No quería hacer esto.

Levantó el cuaderno amarillo. No olía a nada. Rozó la espiral con la punta de la lengua. Metal frío y dulce.

La fotografía de The Academy cubría media pantalla.

El auditorio. La capilla. Hagans Alley. Días agotadores, noches de cerveza. Cenas con amigos. Warren, siempre retrasado, desconcentrado mientras se tragaba una pinta. No se retiraban al mismo tiempo, dejaban pasar varios minutos entre uno y otro, para que nadie comprendiera nada.

El cuaderno seguiría sin abrir. Era innecesario.

Porque recordaba.

Ahora ya sabía qué era lo que había estado buscando desde que Yngvar llegó a casa la noche del 21 de enero, hacía exactamente un mes, y le habló del cadáver sin lengua de Lørenskog. La historia la había rozado, sólo leve y difusamente, como las telarañas de un oscuro desván. La había incordiado al morir Vibeke Heinerback y se le había aproximado amenazadoramente cuando encontraron a Vegard Krogh hacía día y medio, muerto con un bolígrafo de diseño profundamente clavado en la cuenca del ojo.

Ahora ya estaba aquí.

Había bastado con una ojeada al cuarto secreto y olvidado.

Ragnhild se puso a llorar. Inger Johanne se metió el cuaderno en el bolso, salió raudamente de las páginas que había visitado en Internet, borró el logg y se puso el abrigo, ya saliendo.

– Vaya -dijo Line, ahora vestida-. ¿Ya te vas a ir?

– Mil gracias por la ayuda -dijo Inger Johanne, y le dio un beso en la mejilla-. Tengo que irme ya. ¡Ragnhild está llorando!

– Pero podrías…

La puerta se cerró.

– Por Dios -murmuró Line Skytter, que se encaminó de vuelta al salón.

Nunca había visto a su amiga tan alterada.

La tranquila, bondadosa y previsible Inger Johanne.

La aburrida Inger Johanne.

Mats Bohus llevaba ya un mes en el hospital. Exactamente. Le gustaban los números. Los números nunca se peleaban. Las fechas se sucedían, fina y ordenadamente, sin que hubiera nada que discutir. Habían transcurrido cuatro semanas y tres días desde que llegó. Eran las siete menos cinco de la mañana cuando por fin llegó a la entrada. Se había pasado toda la noche deambulando por Oslo. Un gato lo había seguido durante el último trecho, desde Bislett, donde había pasado un rato de pie mirando hacia su propia ventana. No había nadie allí arriba. Oscuridad total. Por supuesto que no había nadie, el piso era suyo y vivía solo. Estaba completamente solo y el gato era gris. Maullaba. Mats Bohus odiaba a los gatos.

Era obvio que acabarían viniendo.

Él no leía los periódicos.

No tal y como se había puesto todo. Era como si la nieve no quisiera dejar de caer. Por la noche, mientras los demás dormían, podía sentarse a mirar cómo bailaban los copos en la luz nocturna. En realidad no eran blancos. Más bien grises, o azul fosforescente. De vez en cuando venía alguien a echarle un ojo. Decían que no nevaba. Cosas que decían ellos.

– Mats Bohus -le dijo el hombre corpulento-. Éste es tu abogado: Kristoffer Nilsen. Al doctor Bonheur ya lo conoces. Mi compañero se llama Sigmund Berli. ¿Necesitas alguna cosa?

– Sí -respondió él-. Necesito mucho.

– Me refiero a si quieres un café o algo así. ¿Un té?

– No, gracias.

– ¿Agua, quizá?

– Sí, por favor.

Stubø le sirvió agua de una garrafa. El vaso era grande y Mats Bohus lo vació de un solo trago.

– Esto no es un interrogatorio corriente -dijo el policía-. ¿Vale? Todavía no estás acusado de nada.

– Está bien.

– Si más tarde se quisiera presentar una acusación contra ti, se tendrían en cuenta todas las consideraciones concernientes a… tu enfermedad. Se las cuidaría. Ahora mismo lo único que quiero es hablar contigo. Conseguir unas respuestas.

– Comprendo.

– Por eso está aquí tu médico y, por si acaso, hemos convocado al abogado Nilsen. En caso de que no te gustara… -Yngvar Stubø sonrió-. En caso de que no te gustara podrías cambiarlo. Más tarde. Si fuera necesario.

– Sí.

– Tengo entendido que descubriste bastante tarde que habías sido adoptado.

Mats Bohus volvió a asentir. El hombre que se llamaba Stubø se sentó frente a él, en el sitio del médico. Tras el escritorio del médico. Resultaba irreverente. Era una mesa privada, con las fotografías de su mujer y sus tres hijos en un marco de plata. Alex Bonheur estaba sentado en el marco de la ventana. Tenía pinta de estar incómodo. Detrás de él, a través del cristal, Mats Bohus veía cómo el día llegaba a hurtadillas, con una claridad gris y mate.

– ¿Podrías, hablar un poco de eso?

– ¿Por qué lo pregunta?

– Me interesa.

– En realidad creo que no.

Mats Bohus había cogido la torre al entrar. La escondía en la mano derecha.

– Que sí. La verdad es que sí me interesa -admitió el policía.

– Está bien. Soy adoptado. No supe nada hasta los dieciocho años. Cuando murió mi padre. Ese mismo día. El cumpleaños. No hay mucho más que contar…

– ¿Te… chocó? ¿Sorprendió? ¿Dolió?

– No estoy seguro -dijo Mats Bohus.

– Inténtalo.

– ¿Intentar qué?

– Notarlo. Lo que sentías -sugirió Yngvar.

Mats se puso de pie. Los ojos de esos hombres le quemaban el cuerpo, del mismo modo que las miradas lo abrasaban fuera a donde fuese. Todos lo miraban fijamente, menos Alex, que sonreía débilmente asintiendo con la cabeza. Mats se tiró del jersey.

– No sé cuánto sabe sobre mi enfermedad -dijo cruzando la habitación-. Pero para que lo sepa, tengo más que suficiente con los sentimientos que abrigo ahora mismo. Más que suficiente. No puedo decir que me esté impresionando mucho.

– ¿No? ¿Hay algo en particular que te decepcione? -apuntó Yngvar.

– No sé si me da la gana seguir aquí.

Mats había llegado hasta la puerta. Puso una mano sobre el pomo. Con la otra mano la abrió lentamente. Se quedó mirando la torre negra.

– El arte de la estrategia no me es del todo desconocido -dijo-. Y su estrategia apesta.

Stubø sonrió y le preguntó:

– ¿Tienes alguna propuesta de cómo puedo mejorar?

– Deje de tratarme como a un idiota.

– No era mi intención. Si te he tratado como a un idiota, te pido disculpas. -Yngvar Stubø no convenció a Mats.

– Lo está volviendo a hacer.

– ¿El qué? -preguntó Yngvar.

– Adopta el tono ese. El tono de «pobre monstruo».

– Corta el rollo.

Stubø se levantó. Se acercó a la mesa. El policía era igual de alto que él. Movió el alfil.

– Eso está fatal -dijo Mats.

– ¿Fatal? Eso lo decido yo.

– No, es una partida dada. La jugada de apertura de…

– Nada está dado, Mats Bohus. Eso es lo fascinante de todo juego.

Mats Bohus soltó el pomo. Le dolía la cabeza. El dolor solía aparecer sobre esta hora del día. Cuando el lugar despertaba y había demasiadas personas. La habitación estaba repleta. El abogado estaba en un rincón con las manos a la espalda. Se elevaba sobre los dedos de los pies y se dejaba caer. Arriba. Abajo. Parecía más un policía estresado que una persona puesta allí para ayudarlo.

– Sé lo que está haciendo -le dijo Mats Bohus a Yngvar Stubø.