Miró por encima de mi hombro y luego, de forma inesperada, rió por lo bajo.
– ¿Qué?
– Tu novio parece creer que estoy siendo desagradable contigo. Se debate entre venir o no a interrumpir nuestra discusión.
Volvió a reírse.
– No sé de quién me hablas -dije con frialdad- pero, de todos modos, estoy segura de que te equivocas.
– Yo, no. Te lo dije, me resulta fácil saber qué piensan la mayoría de las personas.
– Excepto yo, por supuesto.
– Sí, excepto tú -su humor cambió de repente. Sus ojos se hicieron más inquietantes-. Me pregunto por qué será.
La intensidad de su mirada era tal que tuve que apartar la vista. Me concentré en abrir el tapón de mi botellín de limonada. Lo desenrosqué sin mirar, con los ojos fijos en la mesa.
– ¿No tienes hambre? -preguntó distraído.
– No -no me apetecía mencionar que mi estómago ya estaba lleno de… mariposas. Miré el espacio vacío de la mesa delante de él-. ¿Y tú?
– No. No estoy hambriento.
No comprendí su expresión, parecía disfrutar de algún chiste privado.
– ¿Me puedes hacer un favor? -le pedí después de un segundo de vacilación.
De repente, se puso en guardia.
– Eso depende de lo que quieras.
– No es mucho -le aseguré. El esperó con cautela y curiosidad.
– Sólo me preguntaba si podrías ponerme sobre aviso la próxima vez que decidas ignorarme por mi propio bien. Únicamente para estar preparada.
Mantuve la vista fija en el botellín de limonada mientras hablaba, recorriendo el círculo de la boca con mi sonrosado dedo.
– Me parece justo.
Apretaba los labios para no reírse cuando alcé los ojos.
– Gracias.
– En ese caso, ¿puedo pedir una respuesta a cambio? -pidió.
– Una.
– Cuéntame una teoría.
¡Ahí va!
– Esa, no.
– No hiciste distinción alguna, sólo prometiste una respuesta -me recordó.
– Claro, y tú no has roto ninguna promesa -le recordé a mi vez.
– Sólo una teoría… No me reiré.
– Sí lo harás.
Estaba segura de ello. Bajó la vista y luego me miró con aquellos ardientes ojos ocres a través de sus largas pestañas negras.
– Por favor -respiró al tiempo que se inclinaba hacia mí.
Parpadeé con la mente en blanco. ¡Cielo santo! ¿Cómo lo conseguía?
– Eh… ¿Qué?-pregunté, deslumbrada.
– Cuéntame sólo una de tus pequeñas teorías, por favor.
Su mirada aún me abrasaba. ¿También era un hipnotizador? ¿O era yo una incauta irremediable?
– Pues… Eh… ¿Te mordió una araña radiactiva?
– Eso no es muy imaginativo.
– Lo siento, es todo lo que tengo -contesté, ofendida.
– Ni siquiera te has acercado -dijo con fastidio.
– ¿Nada de arañas?
– No.
– ¿Ni un poquito de radiactividad?
– Nada.
– Maldición -suspiré.
– Tampoco me afecta la kriptonita -se rió entre dientes.
– Se suponía que no te ibas a reír, ¿te acuerdas?
Hizo un esfuerzo por recobrar la compostura.
– Con el tiempo, lo voy a averiguar -le advertí.
– Desearía que no lo intentaras -dijo, de nuevo con gesto serio.
– ¿Por…?
– ¿Qué pasaría si no fuera un superhéroe? ¿Y si fuera el chico malo? -sonrió jovialmente, pero sus ojos eran impenetrables.
– Oh, ya veo -dije. Algunas de las cosas que había dicho encajaron de repente.
– ¿Sí?
De pronto, su rostro se había vuelto adusto, como si temiera haber revelado demasiado sin querer.
– ¿Eres peligroso?
Era una suposición, pero el pulso se me aceleró cuando, de forma instintiva, comprendí la verdad de mis propias palabras. Lo era. Me lo había intentado decir todo el tiempo. Se limitó a mirarme, con los ojos rebosantes de alguna emoción que no lograba comprender.
– Pero no malo -susurré al tiempo que movía la cabeza-. No, no creo que seas malo.
– Te equivocas.
Su voz apenas era audible. Bajó la vista al tiempo que me arrebataba el tapón de la botella y lo hacía girar entre los dedos. Lo contemplé fijamente mientras me preguntaba por qué no me asustaba. Hablaba en serio, eso era evidente, pero sólo me sentía ansiosa, con los nervios a flor de piel… y, por encima de todo lo demás, fascinada, como de costumbre siempre que me encontraba cerca de él.
El silencio se prolongó hasta que me percaté de que la cafetería estaba casi vacía. Me puse en pie de un salto.
– Vamos a llegar tarde.
– Hoy no voy a ir a clase -dijo mientras daba vueltas al tapón tan deprisa que apenas podía verse.
– ¿Por qué no?
– Es saludable hacer novillos de vez en cuando -dijo mientras me sonreía, pero en sus ojos relucía la preocupación.
– Bueno, yo sí voy.
Era demasiado cobarde para arriesgarme a que me pillaran. Concentró su atención en el tapón.
– En ese caso, te veré luego.
Indecisa, vacilé, pero me apresuré a salir en cuanto sonó el primer toque del timbre después de confirmar con una última mirada que él no se había movido ni un centímetro.
Mientras me dirigía a clase, casi a la carrera, la cabeza me daba vueltas a mayor velocidad que el tapón del botellín. Me había respondido a pocas preguntas en comparación con las muchas que había suscitado. Al menos, había dejado de llover.
Tuve suerte. El señor Banner no había entrado aún en clase cuando llegué. Me instalé rápidamente en mi asiento, consciente de que tanto Mike como Angela no dejaban de mirarme. Mike parecía resentido y Angela sorprendida, y un poco intimidada.
Entonces entró en clase el señor Banner y llamó al orden a los alumnos. Hacía equilibrios para sostener en brazos unas cajitas de cartón. Las soltó encima de la mesa de Mike y le dijo que comenzara a distribuirlas por la clase.
– De acuerdo, chicos, quiero que todos toméis un objeto de las cajas.
El sonido estridente de los guantes de goma contra sus muñecas se me antojó de mal augurio.
– El primero contiene una tarjeta de identificación del grupo sanguíneo -continuó mientras tomaba una tarjeta blanca con las cuatro esquinas marcadas y la exhibía-. En segundo lugar, tenemos un aplacador de cuatro puntas -sostuvo en alto algo similar a un peine sin dientes-. El tercer objeto es una micro-lanceta esterilizada -alzó una minúscula pieza de plástico azul y la abrió. La aguja de la lanceta era invisible a esa distancia, pero se me revolvió estómago.
– Voy a pasar con un cuentagotas con suero para preparar vuestras tarjetas, de modo que, por favor, no empecéis hasta que pase yo… -comenzó de nuevo por la mesa de Mike, depositando con esmero una gota de agua en cada una de las cuatro esquinas-. Luego, con cuidado, quiero que os pinchéis un dedo con la lanceta.
Tomó la mano de Mike y le punzó la yema del dedo corazón con la punta de la lanceta. Oh, no. Un sudor viscoso me cubrió la frente.
– Depositad una gotita de sangre en cada una de las puntas -hizo una demostración. Apretó el dedo de Mike hasta que fluyó la sangre. Tragué de forma convulsiva, el estómago se revolvió aún más-. Entonces las aplicáis a la tarjeta del test -concluyó.
Sostuvo en alto la goteante tarjeta roja delante de nosotros para que la viéramos. Cerré los ojos, intenté oír por encima del pitido de mis oídos.
– El próximo fin de semana, la Cruz Roja se detiene en Port Angeles para recoger donaciones de sangre, por lo que he pensado que todos vosotros deberíais conocer vuestro grupo sanguíneo -parecía orgulloso de sí mismo-. Los menores de dieciocho años vais a necesitar un permiso de vuestros padres… Hay hojas de autorización encima de mi mesa.
Siguió cruzando la clase con el cuentagotas. Descansé la mejilla contra la fría y oscura superficie de la mesa, intentando mantenerme consciente. Todo lo que oía a mí alrededor eran chillidos, quejas y risitas cuando se ensartaban los dedos con la lanceta. Inspiré y expiré de forma acompasada por la boca.