– La gente no puede oler la sangre -me contradijo.
– Bueno, yo sí. Eso es lo que me pone mala. Huele a óxido… y a sal.
Se me quedó mirando con una expresión insondable.
– ¿Qué? -le pregunté.
– No es nada.
Entonces, Mike cruzó la puerta, sus ojos iban de Edward a mí. La mirada que le dedicó a Edward me confirmó lo que éste me había dicho, que Mike lo aborrecía. Volvió a mirarme con gesto malhumorado.
– Tienes mejor aspecto -me acusó.
– Ocúpate de tus asuntos -volví a avisarle.
– Ya no sangra nadie más -murmuró-. ¿Vas a volver a clase?
– ¿Bromeas? Tendría que dar media vuelta y volver aquí.
– Sí, supongo que sí. ¿Vas a venir este fin de semana a la playa?
Mientras hablaba, lanzó otra mirada fugaz hacia Edward, que se apoyaba con gesto ausente contra el desordenado mostrador, inmóvil como una estatua. Intenté que pareciera lo más amigable posible:
– Claro. Te dije que iría.
– Nos reuniremos en la tienda de mi padre a las diez.
Su mirada se posó en Edward otra vez, preguntándose si no estaría dando demasiada información. Su lenguaje corporal evidenciaba que no era una invitación abierta.
– Allí estaré -prometí.
– Entonces, te veré en clase de gimnasia -dijo, dirigiéndose con inseguridad hacia la puerta.
– Hasta la vista -repliqué.
Me miró una vez más con la contrariedad escrita en su rostro redondeado y se encorvó mientras cruzaba lentamente la puerta. Me invadió una oleada de compasión. Sopesé el hecho de ver su rostro desencantado otra vez en clase de Educación física.
– Gimnasia -gemí.
– Puedo hacerme cargo de eso -no me había percatado de que Edward se había acercado, pero me habló al oído-. Ve a sentarte e intenta parecer paliducha -murmuró.
Esto no suponía un gran cambio. Siempre estaba pálida, y mi reciente desmayo había dejado una ligera capa de sudor sobre mi rostro. Me senté en una de las crujientes sillas plegables acolchadas y descansé la cabeza contra la pared con los ojos cerrados. Los desmayos siempre me dejaban agotada.
Oí a Edward hablar con voz suave en el mostrador.
– ¿Señora Cope?
– ¿Sí?
No la había oído regresar a su mesa.
– Bella tiene gimnasia la próxima hora y creo que no se encuentra del todo bien. ¿Cree que podría dispensarla de asistir a esa clase? -su voz era aterciopelada. Pude imaginar lo convincentes que estaban resultando sus ojos.
– Edward -dijo la señora Cope sin dejar de ir y venir. ¿Por qué no era yo capaz de hacer lo mismo?-, ¿necesitas también que te dispense a ti?
– No. Tengo clase con la señora Goff. A ella no le importará.
– De acuerdo, no te preocupes de nada. Que te mejores, Bella -me deseó en voz alta. Asentí débilmente con la cabeza, sobreactuando un poquito.
– ¿Puedes caminar o quieres que te lleve en brazos otra vez?
De espaldas a la recepcionista, su expresión se tornó sarcástica.
– Caminaré.
Me levanté con cuidado, seguía sintiéndome bien. Mantuvo la puerta abierta para mí, con la amabilidad en los labios y la burla en los ojos. Salí hacia la fría llovizna que empezaba a caer. Agradecí que se llevara el sudor pegajoso de mi rostro. Era la primera vez que disfrutaba de la perenne humedad que emanaba del cielo.
– Gracias -le dije cuando me siguió-. Merecía la pena seguir enferma para perderse la clase de gimnasia.
– Sin duda.
Me miró directamente, con los ojos entornados bajo la lluvia.
– De modo que vas a ir… Este sábado, quiero decir.
Esperaba que él viniera, aunque parecía improbable. No me lo imaginaba poniéndose de acuerdo con el resto de los chicos del instituto para ir en coche a algún sitio. No pertenecía al mismo mundo, pero la sola esperanza de que pudiera suceder me dio la primera punzada de entusiasmo que había sentido por ir a la excursión.
– ¿Adonde vais a ir exactamente? -seguía mirando al frente, inexpresivo.
– A La Push, al puerto.
Estudié su rostro, intentando leer en el mismo. Sus ojos parecieron entrecerrarse un poco más. Me lanzó una mirada con el rabillo del ojo y sonrió secamente.
– En verdad, no creo que me hayan invitado.
Suspiré.
– Acabo de invitarte.
– No avasallemos más entre los dos al pobre Mike esta semana, no sea que se vaya a romper.
Sus ojos centellearon. Disfrutaba de la idea más de lo normal.
– El blandengue de Mike… -murmuré, preocupada por la forma en que había dicho «entre los dos». Me gustaba más de lo conveniente.
Ahora estábamos cerca del aparcamiento. Me desvié a la izquierda, hacia el monovolumen. Algo me agarró de la cazadora y me hizo retroceder.
– ¿Adonde te crees que vas? -preguntó ofendido.
Edward me aferraba de la misma con una sola mano. Estaba perpleja.
– Me voy a casa.
– ¿Acaso no me has oído decir que te iba a dejar a salvo en casa? ¿Crees que te voy a permitir que conduzcas en tu estado?
– ¿En qué estado? ¿Y qué va a pasar con mi coche? -me quejé.
– Se lo tendré que dejar a Alice después de la escuela.
Me arrastró de la ropa hacia su coche. Todo lo que podía hacer era intentar no caerme, aunque, de todos modos, lo más probable es que me sujetara si perdía el equilibrio.
– ¡Déjame! -insistí.
Me ignoró. Anduve haciendo eses sobre las aceras empapadas hasta llegar a su Volvo. Entonces, me soltó al fin. Me tropecé contra la puerta del copiloto.
– ¡Eres tan insistente!-refunfuñé.
– Está abierto -se limitó a responder. Entró en el coche por el lado del conductor.
– Soy perfectamente capaz de conducir hasta casa.
Permanecí junto al Volvo echando chispas. Ahora llovía con más fuerza y el pelo goteaba sobre mi espalda al no haberme puesto la capucha. Bajó el cristal de la ventanilla automática y se inclinó sobre el asiento del copiloto:
– Entra, Bella.
No le respondí. Estaba calculando las oportunidades que tenía de alcanzar el monovolumen antes de que él me atrapara, y tenía que admitir que no eran demasiadas.
– Te arrastraría de vuelta aquí -me amenazó, adivinando mi plan.
Intenté mantener toda la dignidad que me fue posible al entrar en el Volvo. No tuve mucho éxito. Parecía un gato empapado y las botas crujían continuamente.
– Esto es totalmente innecesario -dije secamente.
No me respondió. Manipuló los mandos, subió la calefacción y bajó la música. Cuando salió del aparcamiento, me preparaba para castigarle con mi silencio -poniendo un mohín de total enfado-, pero entonces reconocí la música que sonaba y la curiosidad prevaleció sobre la intención.
– ¿Claro de luna?-pregunté sorprendida.
– ¿Conoces a Debussy? -él también parecía estar sorprendido.
– No mucho -admití-. Mi madre pone mucha música clásica en casa, pero sólo conozco a mis favoritos.
– También es uno de mis favoritos.
Siguió mirando al frente, a través de la lluvia, sumido en sus pensamientos.
Escuché la música mientras me relajaba contra la suave tapicería de cuero gris. Era imposible no reaccionar ante la conocida y relajante melodía. La lluvia emborronaba todo el paisaje más allá de la ventanilla hasta convertirlo en una mancha de tonalidades grises y verdes. Comencé a darme cuenta de lo rápido que íbamos, pero, no obstante, el coche se movía con tal firmeza y estabilidad que no notaba la velocidad, salvo por lo deprisa que dejábamos atrás el pueblo.
– ¿Cómo es tu madre? -me preguntó de repente.
Lo miré de refilón, con curiosidad.
– Se parece mucho a mí, pero es más guapa -respondí. Alzó las cejas-; he heredado muchos rasgos de Charlie. Es más sociable y atrevida que yo. También es irresponsable y un poco excéntrica, y una cocinera impredecible. Es mi mejor amiga -me callé. Hablar de ella me había deprimido.