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– Bella, ¿cuántos años tienes?

Por alguna razón que no conseguía comprender, la voz de Edward contenía un tono de frustración. Detuvo el coche y entonces comprendí que habíamos llegado ya a la casa de Charlie. Llovía con tanta fuerza que apenas conseguía ver la vivienda. Parecía que el coche estuviera en el lecho de un río.

– Diecisiete -respondí un poco confusa.

– No los aparentas -dijo con un tono de reproche que me hizo reír.

– ¿Qué pasa? -inquirió, curioso de nuevo.

– Mi madre siempre dice que nací con treinta y cinco años y que cada año me vuelvo más madura -me reí y luego suspiré-. En fin, una de las dos debía ser adulta -me callé durante un segundo-. Tampoco tú te pareces mucho a un adolescente de instituto.

Torció el gesto y cambió de tema.

– En ese caso, ¿por qué se casó tu madre con Phil?

Me sorprendió que recordara el nombre. Sólo lo había mencionado una vez hacía dos meses. Necesité unos momentos para responder.

– Mi madre tiene… un espíritu muy joven para su edad. Creo que Phil hace que se sienta aún más joven. En cualquier caso, ella está loca por él -sacudí la cabeza. Aquella atracción suponía un misterio para mí.

– ¿Lo apruebas?

– ¿Importa? -le repliqué-. Quiero que sea feliz, y Phil es lo que ella quiere.

– Eso es muy generoso por tu parte… Me pregunto… -murmuró, reflexivo.

– ¿El qué?

– ¿Tendría ella esa misma cortesía contigo, sin importarle tu elección?

De repente, prestaba una gran atención. Nuestras miradas se encontraron.

– E-eso c-creo -tartamudeé-, pero, después de todo, ella es la madre. Es un poquito diferente.

– Entonces, nadie que asuste demasiado -se burló.

Le respondí con una gran sonrisa.

– ¿A qué te refieres con que asuste demasiado? ¿Múltiples piercings en el rostro y grandes tatuajes?

– Supongo que ésa es una posible definición.

– ¿Cuál es la tuya?

Pero ignoró mi pregunta y respondió con otra.

– ¿Crees que puedo asustar?

Enarcó una ceja. El tenue rastro de una sonrisa iluminó su rostro.

– Eh… Creo que puedes hacerlo si te lo propones.

– ¿Te doy miedo ahora?

La sonrisa desapareció del rostro de Edward y su rostro divino se puso repentinamente serio, pero yo respondí rápidamente-

– No.

La sonrisa reapareció.

– Bueno, ¿vas a contarme algo de tu familia? -pregunté para distraerle-. Debe de ser una historia mucho más interesante que la mía.

Se puso en guardia de inmediato.

– ¿Qué es lo que quieres saber?

– ¿Te adoptaron los Cullen? -pregunté para comprobar el hecho.

– Sí.

Vacilé unos momentos. – ¿Qué les ocurrió a tu padres?

– Murieron hace muchos años -contestó con toda naturalidad.

– Lo siento -murmuré.

– En realidad, los recuerdo de forma confusa. Carlisle y Esme llevan siendo mis padres desde hace mucho tiempo.

– Y tú los quieres -no era una pregunta. Resultaba obvio por el modo en que hablaba de ellos.

– Sí -sonrió-. No puedo concebir a dos personas mejores que ellos.

– Eres muy afortunado.

– Sé que lo soy.

– ¿Y tu hermano y tu hermana? Lanzó una mirada al reloj del salpicadero.

– A propósito, mi hermano, mi hermana, así como Jasper y Rosalie se van a disgustar bastante si tienen que esperarme bajo la lluvia.

– Oh, lo siento. Supongo que debes irte.

Yo no quería salir del coche.

– Y tú probablemente quieres recuperar el coche antes de que el jefe de policía Swan vuelva a casa para no tener que contarle el incidente de Biología.

Me sonrió.

– Estoy segura de que ya se ha enterado. En Forks no existen los secretos -suspiré.

Rompió a reír.

– Diviértete en la playa… Que tengáis buen tiempo para tomar el sol -me deseó mientras miraba las cortinas de lluvia.

– ¿No te voy a ver mañana?

– No. Emmett y yo vamos a adelantar el fin de semana.

– ¿Qué es lo que vais a hacer?

Una amiga puede preguntar ese tipo de cosas, ¿no? Esperaba que mi voz no dejara traslucir el desencanto.

– Nos vamos de excursión al bosque de Goat Rocks, al sur del monte Rainier.

– Ah, vaya, diviértete -intenté simular entusiasmo, aunque dudo que lo lograse. Una sonrisa curvó las comisuras de sus labios. Se giró para mirarme de frente, empleando todo el poder de sus ardientes ojos dorados.

– ¿Querrías hacer algo por mí este fin de semana?

Asentí desvalida.

– No te ofendas, pero pareces ser una de esas personas que atraen los accidentes como un imán. Así que…, intenta no caerte al océano, dejar que te atropellen, ni nada por el estilo… ¿De acuerdo?

Esbozó una sonrisa malévola. Mi desvalimiento desapareció mientras hablaba. Le miré fijamente.

– Veré qué puedo hacer -contesté bruscamente, mientras salía del volvo bajo la lluvia de un salto. Cerré la puerta de un portazo. Edward aún seguía sonriendo cuando se alejó al volante de su coche.

CUENTOS DE MIEDO

En realidad, cuando me senté en mi habitación e intenté concentrarme en la lectura del tercer acto de Macbeth, estaba atenta a ver si oía el motor de mi coche. Pensaba que podría escuchar el rugido del motor por encima del tamborileo de la lluvia, pero, cuando aparté la cortina para mirar de nuevo, apareció allí de repente.

No esperaba el viernes con especial interés, sólo consistía en reasumir mi vida sin expectativas. Hubo unos pocos comentarios, por supuesto. Jessica parecía tener un interés especial por comentar el tema, pero, por fortuna, Mike había mantenido el pico cerrado y nadie parecía saber nada de la participación de Edward. No obstante, Jessica me formuló un montón de preguntas acerca de mi almuerzo y en clase de Trigonometría me dijo:

– ¿Qué quería ayer Edward Cullen?

– No lo sé -respondí con sinceridad-. En realidad, no fue al grano.

– Parecías como enfadada -comentó a ver si me sonsacaba algo.

– ¿Sí? – mantuve el rostro inexpresivo.

– Ya sabes, nunca antes le había visto sentarse con nadie que no fuera su familia. Era extraño.

– Extraño en verdad -coincidí.

Parecía asombrada. Se alisó sus rizos oscuros con impaciencia. Supuse que esperaba escuchar cualquier cosa que le pareciera una buena historia que contar.

Lo peor del viernes fue que, a pesar de saber que él no iba a estar presente, aún albergaba esperanzas. Cuando entré en la cafetería en compañía de Jessica y Mike, no pude evitar mirar la mesa en la que Rosalie, Alice y Jasper se sentaban a hablar con las cabezas juntas. No pude contener la melancolía que me abrumó al comprender que no sabía cuánto tiempo tendría que esperar antes de volverlo a ver.

En mi mesa de siempre no hacían más que hablar de los planes para el día siguiente. Mike volvía a estar animado, depositaba mucha fe en el hombre del tiempo, que vaticinaba sol para el sábado. Tenía que verlo para creerlo, pero hoy hacía más calor, casi doce grados. Puede que la excursión no fuera del todo espantosa.

Intercepté unas cuantas miradas poco amistosas por parte de Lauren durante el almuerzo, hecho que no comprendí hasta que salimos juntas del comedor. Estaba justo detrás de ella, a un solo pie de su pelo rubio, lacio y brillante, y no se dio cuenta, desde luego, cuando oí que le murmuraba a Mike:

– No sé por qué Bella -sonrió con desprecio al pronunciar mi nombre- no se sienta con los Cullen de ahora en adelante.

Hasta ese momento no me había percatado de la voz tan nasal y estridente que tenía, y me sorprendió la malicia que destilaba. En realidad, no la conocía muy bien; sin duda, no lo suficiente para que me detestara…, o eso había pensado.