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– Bella -me llamó de nuevo mientras estudiaba con atención mi rostro-, le estaba diciendo a Tyler que es una pena que ninguno de los Cullen haya venido hoy. ¿Nadie se ha acordado de invitarlos?

Su expresión preocupada no era demasiado convincente.

– ¿Te refieres a la familia del doctor Carlisle Cullen? -preguntó el mayor de los chicos de la reserva antes de que yo pudiera responder, para gran irritación de Lauren. En realidad, tenía más de hombre que de niño y su voz era muy grave.

– Sí, ¿los conoces? -preguntó con gesto condescendiente, volviéndose en parte hacia él.

– Los Cullen no vienen aquí -respondió en un tono que daba el tema por zanjado e ignorando la pregunta de Lauren.

Tyler le preguntó a Lauren qué le parecía el CD que sostenía en un intento de recuperar su atención. Ella se distrajo.

Contemplé al desconcertante joven de voz profunda, pero él miraba a lo lejos, hacia el bosque umbrío que teníamos detrás de nosotros. Había dicho que los Cullen no venían aquí, pero el tono empleado dejaba entrever algo más, que no se les permitía, que lo tenían prohibido. Su actitud me causó una extraña impresión que intenté ignorar sin éxito. Jacob interrumpió el hilo de mis cavilaciones.

– ¿Aún te sigue volviendo loca Forks?

– Bueno, yo diría que eso es un eufemismo -hice una mueca y él sonrió con comprensión.

Le seguía dando vueltas al breve comentario sobre los Cullen y de repente tuve una inspiración. Era un plan estúpido, pero no se me ocurría nada mejor. Albergaba la esperanza de que el joven Jacob aún fuera inexperto con las chicas, por lo que no vería lo penoso de mis intentos de flirteo.

– ¿Quieres bajar a dar un paseo por la playa conmigo? -le pregunté mientras intentaba imitar la forma en que Edward me miraba a través de los párpados. No iba a causar el mismo efecto, estaba segura, pero Jacob se incorporó de un salto con bastante predisposición.

Las nubes terminaron por cerrar filas en el cielo, oscureciendo las aguas del océano y haciendo descender la temperatura, mientras nos dirigíamos hacia el norte entre rocas de múltiples tonalidades, en dirección al espigón de madera. Metí las manos en los bolsillos de mi chaquetón.

– De modo que tienes… ¿dieciséis años? -le pregunté al tiempo que intentaba no parecer una idiota cuando parpadeé como había visto hacer a las chicas en la televisión.

– Acabo de cumplir quince -confesó adulado.

– ¿De verdad? -mi rostro se llenó de una falsa expresión de sorpresa-. Hubiera jurado que eras mayor.

– Soy alto para mi edad -explicó.

– ¿Subes mucho a Forks? -pregunté con malicia, simulando esperar un sí por respuesta. Me vi como una tonta y temí que, disgustado, se diera la vuelta tras acusarme de ser una farsante, pero aún parecía adulado.

– No demasiado -admitió con gesto de disgusto-, pero podré ir las veces que quiera en cuanto haya terminado el coche… y tenga el carné -añadió.

– ¿Quién era ese otro chico con el que hablaba Lauren? Parecía un poco viejo para andar con nosotros -me incluí a propósito entre los más jóvenes en un intento de dejarle claro que le prefería a él.

– Es Sam y tiene diecinueve años -me informó Jacob.

– ¿Qué era lo que decía sobre la familia del doctor? -pregunté con toda inocencia.

– ¿Los Cullen? Se supone que no se acercan a la reserva.

Desvió la mirada hacia la Isla de James mientras confirmaba lo que creía haber oído de labios de Sam.

– ¿Por qué no?

Me devolvió la mirada y se mordió el labio.

– Vaya. Se supone que no debo decir nada.

– Oh, no se lo voy a contar a nadie. Sólo siento curiosidad.

Probé a esbozar una sonrisa tentadora al tiempo que me preguntaba si no me estaba pasando un poco, aunque él me devolvió la sonrisa y pareció tentado. Luego enarcó una ceja y su voz fue más ronca cuando me preguntó con tono agorero:

¿-Te gustan las historias de miedo?

– Me encantan -repliqué con entusiasmo, esforzándome para engatusarlo.

Jacob paseó hasta un árbol cercano varado en la playa cuyas raíces sobresalían como las patas de una gran araña blancuzca. Se apoyó levemente sobre una de las raíces retorcidas mientras me sentaba a sus pies, apoyándome sobre el tronco. Contempló las rocas. Una sonrisa pendía de las comisuras de sus labios carnosos y supe que iba a intentar hacerlo lo mejor que pudiera. Me esforcé para que se notara en mis ojos el vivo interés que yo sentía.

¿-Conoces alguna de nuestras leyendas ancestrales? -comenzó-. Me refiero a nuestro origen, el de los quileutes.

– En realidad, no -admití.

– Bueno, existen muchas leyendas. Se afirma que algunas se remontan al Diluvio. Supuestamente, los antiguos quileutes amarraron sus canoas a lo alto de los árboles más grandes de las montañas para sobrevivir, igual que Noé y el arca -me sonrió para demostrarme el poco crédito que daba a esas historias-. Otra leyenda afirma que descendemos de los lobos, y que éstos siguen siendo nuestros hermanos. La ley de la tribu prohíbe matarlos.

»Y luego están las historias sobre los fríos.

– ¿Los fríos? -pregunté sin esconder mi curiosidad.

– Sí. Las historias de los fríos son tan antiguas como las de los lobos, y algunas son mucho más recientes. De acuerdo con la leyenda, mi propio tatarabuelo conoció a algunos de ellos. Fue él quien selló el trato que los mantiene alejados de nuestras tierras.

Entornó los ojos.

– ¿Tu tatarabuelo? -le animé.

– Era el jefe de la tribu, como mi padre. Ya sabes, los fríos son los enemigos naturales de los lobos, bueno, no de los lobos en realidad, sino de los lobos que se convierten en hombres, como nuestros ancestros. Tú los llamarías licántropos.

– ¿Tienen enemigos los hombres lobo?

– Sólo uno.

Lo miré con avidez, confiando en hacer pasar mi impaciencia por admiración. Jacob prosiguió:

– Ya sabes, los fríos han sido tradicionalmente enemigos nuestros, pero el grupo que llegó a nuestro territorio en la época de mi tatarabuelo era diferente. No cazaban como lo hacían los demás y no debían de ser un peligro para la tribu, por lo que mi antepasado llegó a un acuerdo con ellos. No los delataríamos a los rostros pálidos si prometían mantenerse lejos de nuestras tierras.

Me guiñó un ojo.

– Si no eran peligrosos, ¿por qué…? -intenté comprender al tiempo que me esforzaba por ocultarle lo seriamente que me estaba tomando esta historia de fantasmas.

– Siempre existe un riesgo para los humanos que están cerca de los fríos, incluso si son civilizados como ocurría con este clan -instiló un evidente tono de amenaza en su voz de forma deliberada-. Nunca se sabe cuándo van a tener demasiada sed como para soportarla.

– ¿A qué te refieres con eso de «civilizados»?

– Sostienen que no cazan hombres. Supuestamente son capaces de sustituir a los animales como presas en lugar de hombres.

Intenté conferir a mi voz un tono lo más casual posible.

– ¿Y cómo encajan los Cullen en todo esto? ¿Se parecen a los fríos que conoció tu tatarabuelo?

– No -hizo una pausa dramática-. Son los mismos.

Debió de creer que la expresión de mi rostro estaba provocada por el pánico causado por su historia. Sonrió complacido y continuó:

– Ahora son más, otro macho y una hembra nueva, pero el resto son los mismos. La tribu ya conocía a su líder, Carlisle, en tiempos de mi antepasado. Iba y venía por estas tierras incluso antes de que llegara tu gente.

Reprimió una sonrisa.

– ¿Y qué son? ¿Qué son los fríos?

Sonrió sombríamente.

– Bebedores de sangre -replicó con voz estremecedora-. Tu gente los llama vampiros.

Permanecí contemplando el mar encrespado, no muy segura de lo que reflejaba mi rostro.

– Se te ha puesto la carne de gallina -rió encantado.