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– Eh, sí, claro -musitó Jessica.

– De hecho -confesó Angela-, Bella, lo cierto es que ya hemos cenado mientras te esperábamos… Perdona.

– No pasa nada -me encogí de hombros-. No tengo hambre.

– Creo que deberías comer algo -intervino Edward en voz baja, pero autoritaria. Buscó a Jessica con la mirada y le habló un poco más alto-: ¿Os importa que lleve a Bella a casa esta noche? Así, no tendréis que esperar mientras cena.

– Eh, supongo que no… hay problema…

Jess se mordió el labio en un intento de deducir por mi expresión si era eso lo que yo quería. Le guiñé un ojo. Nada deseaba más que estar a solas con mi perpetuo salvador. Había tantas preguntas con las que no le podía bombardear mientras no estuviéramos solos…

– De acuerdo -Angela fue más rápida que Jessica-. Os vemos mañana, Bella, Edward…

Tomó la mano de Jessica y la arrastró hacia el coche, que pude ver un poco más lejos, aparcado en First Street. Cuando entraron, Jess se volvió y me saludó con la mano. Por su rostro supe que se moría de curiosidad. Le devolví el saludo y esperé a que se alejaran antes de volverme hacia Edward.

– De verdad, no tengo hambre -insistí mientras alzaba la mirada para estudiar su rostro. Su expresión era inescrutable.

– Compláceme.

Se dirigió hasta la puerta del restaurante y la mantuvo abierta con gesto obstinado. Evidentemente, no había discusión posible. Pasé a su lado y entré con un suspiro de resignación.

Era temporada baja para el turismo en Port Angeles, por lo que el restaurante no estaba lleno. Comprendí el brillo de los ojos de nuestra anfitriona mientras evaluaba a Edward. Le dio la bienvenida con un poco más de entusiasmo del necesario. Me sorprendió lo mucho que me molestó. Me sacaba varios centímetros y era rubia de bote.

– ¿Tienen una mesa para dos? -preguntó Edward con voz tentadora, lo pretendiese o no.

Vi cómo los ojos de la rubia se posaban en mí y luego se desviaban, satisfecha por mi evidente normalidad y la falta de contacto entre Edward y yo. Nos condujo a una gran mesa para cuatro en el centro de la zona más concurrida del comedor.

Estaba a punto de sentarme cuando Edward me indicó lo contrario con la cabeza.

– ¿Tiene, tal vez, algo más privado? -insistió con voz suave a la anfitriona. No estaba segura, pero me pareció que le entregaba discretamente una propina. No había visto a nadie rechazar una mesa salvo en las viejas películas.

– Naturalmente -parecía tan sorprendida como yo. Se giró y nos condujo alrededor de una mampara hasta llegar a una sala de reservados-. ¿Algo como esto?

– Perfecto.

Le dedicó una centelleante sonrisa a la dueña, dejándola momentáneamente deslumbrada.

– Esto… -sacudió la cabeza, bizqueando-. Ahora mismo les atiendo.

Se alejó caminando con paso vacilante.

– De veras, no deberías hacerle eso a la gente -le critiqué-. Es muy poco cortés.

– ¿Hacer qué?

– Deslumbrarla… Probablemente, ahora está en la cocina hiperventilando.

Pareció confuso.

– Oh, venga -le dije un poco dubitativa-. Tienes que saber el efecto que produces en los demás.

Ladeó la cabeza con los ojos llenos de curiosidad.

– ¿Los deslumbro?

– ¿No te has dado cuenta? ¿Crees que todos ceden con tanta facilidad?

Ignoró mis preguntas.

– ¿Te deslumbro a ti?

– Con frecuencia -admití.

Entonces llegó la camarera, con rostro expectante. La anfitriona había hecho mutis por el foro definitivamente, y la nueva chica no parecía decepcionada. Se echó un mechón de su cabello negro detrás de la oreja, y sonrió con innecesaria calidez.

– Hola. Me llamo Amber y voy a atenderles esta noche. ¿Qué les pongo de beber?

No pasé por alto que sólo se dirigía a él. Edward me miró.

– Voy a tomar una CocaCola.

Pareció una pregunta.

– Dos -dijo él.

– Enseguida las traigo -le aseguró con otra sonrisa innecesaria, pero él no lo vio, porque me miraba a mí.

– ¿Qué pasa? -le pregunté cuando se fue la camarera. Tenía la mirada fija en mi rostro.

– ¿Cómo te sientes?

– Estoy bien -contesté, sorprendida por la intensidad.

– ¿No tienes mareos, ni frío, ni malestar…? y

– ¿Debería?

Se rió entre dientes ante la perplejidad de mi respuesta.

– Bueno, de hecho esperaba que entraras en estado de shock.

Su rostro se contrajo al esbozar aquella perfecta sonrisa de picardía.

– Dudo que eso vaya a suceder -respondí después de tomar aliento-. Siempre se me ha dado muy bien reprimir las cosas desagradables.

– Da igual, me sentiré mejor cuando hayas tomado algo de glucosa y comida.

La camarera apareció con nuestras bebidas y una cesta de colines en ese preciso momento. Permaneció de espaldas a mí mientras las colocaba sobre la mesa.

– ¿Han decidido qué van a pedir? -preguntó a Edward.

– ¿Bella? -inquirió él.

Ella se volvió hacia mí a regañadientes. Elegí lo primero que vi en el menú.

– Eh… Tomaré el ravioli de setas.

– ¿Y usted?

Se volvió hacia Edward con una sonrisa.

– Nada para mí -contestó.

No, por supuesto que no.

– Si cambia de opinión, hágamelo saber.

La sonrisa coqueta seguía ahí, pero él no la miraba y la camarera se marchó descontenta.

– Bebe -me ordenó.

Al principio, di unos sorbitos a mi refresco obedientemente; luego, bebí a tragos más largos, sorprendida de la sed que tenía. Comprendí que me la había terminado toda cuando Edward empujó su vaso hacia mí.

– Gracias -murmuré, aún sedienta.

El frío del refresco se extendió por mi pecho y me estremecí.

– ¿Tienes frío?

– Es sólo la Coca -Cola -le expliqué mientras volvía a estremecerme.

– ¿No tienes una cazadora? -me reprochó.

– Sí -miré a la vacía silla contigua y caí en la cuenta-. Vaya, me la he dejado en el coche de Jessica.

Edward se quitó la suya. No podía apartar los ojos de su rostro, simplemente. Me concentré para obligarme a hacerlo en ese momento. Se estaba quitando su cazadora de cueto beis debajo de la cual llevaba un suéter de cuello vuelto que se ajustaba muy bien, resaltando lo musculoso que era su pecho.

Me entregó su cazadora y me interrumpió mientras me lo comía con los ojos.

– Gracias -dije nuevamente mientas deslizaba los brazos en su cazadora.

La prenda estaba helada, igual que cuando me ponía mi ropa a primera hora de la mañana, colgada en el vestíbulo, en el que hay mucha corriente de aire. Tirité otra vez. Tenía un olor asombroso. Lo olisqueé en un intento de identificar aquel delicioso aroma, que no se parecía a ninguna colonia. Las mangas eran demasiado largas y las eché hacia atrás para tener libres las manos.

– Tu piel tiene un aspecto encantador con ese color azul -observó mientras me miraba. Me sorprendió y bajé la vista, sonrojada, por supuesto.

Empujó la cesta con los colines hacia mí.

– No voy a entrar en estado de shock, de verdad -protesté.

– Pues deberías, una persona normal lo haría, y tú ni siquiera pareces alterada.

Daba la impresión de estar desconcertado. Me miró a los ojos y vi que los suyos eran claros, más claros de lo que anteriormente los había visto, de ese tono dorado que tiene el sirope de caramelo.

– Me siento segura contigo -confesé, impelida a decir de nuevo la verdad.,

Aquello le desagradó y frunció su frente de alabastro. Ceñudo, sacudió la cabeza y murmuró para sí:

– Esto es más complicado de lo que pensaba.

Tomé un colín y comencé a mordisquearlo por un extremo, evaluando su expresión. Me pregunté cuándo sería el momento oportuno para empezar a interrogarle.