– Muy divertido -estaba que echaba chispas-. Charlie es policía, ¿recuerdas? He crecido respetando las leyes de tráfico. Además, si nos la pegamos contra el tronco de un árbol y nos convertimos en una galleta de Volvo, tendrás que regresar a pie.
– Probablemente -admitió con una fuerte aunque breve carcajada-, pero tú no -suspiró y vi con alivio que la aguja descendía gradualmente hasta los ciento veinte.
– ¿Satisfecha?
– Casi.
– Odio conducir despacio -musitó.
– ¿A esto le llamas despacio?
– Basta de criticar mi conducción -dijo bruscamente-, sigo esperando tu última teoría.
Me mordí el labio. Me miró con ojos inesperadamente amarillos-No me voy a reír -prometió.
– Temo más que te enfades conmigo.
– ¿Tan mala es?
– Bastante, sí.
Esperó. Tenía la vista clavada en mis manos, por lo que no le pude ver la expresión.
– Adelante -me animó con voz tranquila.
– No sé cómo empezar -admití.
– ¿Por qué no empiezas por el principio? Dijiste que no era de tu invención.
– No.
– ¿Cómo empezaste? ¿Con un libro? ¿Con una película? -me sondeó.
– No. Fue el sábado, en la playa -me arriesgué a alzar los ojos y contemplar su rostro. Pareció confundido-. Me encontré con un viejo amigo de la familia… Jacob Black -proseguí-. Su padre y Charlie han sido amigos desde que yo era niña.
Aún parecía perplejo.
– Su padre es uno de los ancianos de los quileute -lo examiné con atención. Una expresión helada sustituyó al desconcierto anterior-. Fuimos a dar un paseo… -evité explicarle todas mis maquinaciones para sonsacar la historia-, y él me estuvo contando viejas leyendas para asustarme -vacilé-. Me contó una…
– Continúa.
– … sobre vampiros.
En ese instante me di cuenta de que hablaba en susurros. Ahora no le podía ver la cara, pero sí los nudillos tensos, convulsos, de las manos en el volante.
– ¿E inmediatamente te acordaste de mí?
Seguía tranquilo.
– No. Jacob mencionó a tu familia.
Permaneció en silencio, sin perder de vista la carretera. De repente, me alarmé, preocupada por proteger a Jacob.
– Sólo creía que era una superstición estúpida -añadí rápidamente-. No esperaba que yo me creyera ni una palabra -mi comentario no parecía suficiente, por lo que tuve que confesar-: Fue culpa mía. Le obligué a contármelo.
– ¿Por qué?
– Lauren dijo algo sobre ti… Intentaba provocarme. Un joven mayor de la tribu mencionó que tu familia no acudía a la reserva, sólo que sonó como si aquello tuviera un significado especial, por lo que me llevé a Jacob a solas y le engañé para que me lo contara -admití con la cabeza gacha.
– ¿Cómo le engañaste?
– Intenté flirtear un poco… Funcionó mejor de lo que había pensado -la incredulidad llenó mi voz cuando lo evoqué.
– Me gustaría haberlo visto -se rió entre dientes de forma sombría-. Y tú me acusas de confundir a la gente… ¡Pobre Jacob Black!
Me puse colorada como un tomate y contemplé la noche a través de la ventanilla.
– ¿Qué hiciste entonces? -preguntó un minuto después.
– Busqué en Internet.
– ¿Y eso te convenció? -su voz apenas parecía interesada, pero sus manos aferraban con fuerza el volante.
– No. Nada encajaba. La mayoría eran tonterías, y entonces… -me detuve.
– ¿Qué?
– Decidí que no importaba -susurré.
– ¡¿Que no importaba?! -el tono de su voz me hizo alzar los ojos. La máscara tan cuidadosamente urdida se había roto finalmente. Tenía cara de incredulidad, con un leve atisbo de la rabia que yo temía.
– No -dije suavemente-. No me importa lo que seas.
– ¿No te importa que sea un monstruo? -su voz reflejó una nota severa y burlona
– ¿Que no sea humano?
– No.
Se calló y volvió a mirar al frente. Su rostro era oscuro y gélido.
– Te has enfadado -suspiré-. No debería haberte dicho nada.
– No -dijo con un tono tan severo como la expresión de su cara-. Prefiero saber qué piensas, incluso cuando lo que pienses sea una locura.
– Así que, ¿me equivoco otra vez? -le desafié.
– No me refiero a eso. «No importaba» -me citó, apretando los dientes.
– ¿Estoy en lo cierto? -contesté con un respingo.
– ¿Importa?
Respiré hondo.
– En realidad, no -hice una pausa-. Siento curiosidad.
Al menos, mi voz sonaba tranquila. De repente, se resignó.
– ¿Sobre qué sientes curiosidad?
– ¿Cuántos años tienes?
– Diecisiete -respondió de inmediato.
– ¿Y cuánto hace que tienes diecisiete años?
Frunció los labios mientras miraba la carretera.
– Bastante -admitió, al fin.
– De acuerdo.
Sonreí, complacida de que al fin fuera sincero conmigo. Sus vigilantes ojos me miraban con más frecuencia que antes, cuando le preocupaba que entrara en estado de Shock. Esbocé una sonrisa más amplia de estímulo y él frunció el ceño.
– No te rías, pero ¿cómo es que puedes salir durante el día?
En cualquier caso, se rió.
– Un mito.
– ¿No te quema el sol?
– Un mito.
– ¿Y lo de dormir en ataúdes?
– Un mito -vaciló durante un momento y un tono peculiar se filtró en su voz-. No puedo dormir.
Necesité un minuto para comprenderlo.
– ¿Nada?
– Jamás -contestó con voz apenas audible.
Se volvió para mirarme con expresión de nostalgia. Sus ojos dorados sostuvieron mi mirada y perdí la oportunidad de pensar. Me quedé mirándolo hasta que él apartó la vista.
– Aún no me has formulado la pregunta más importante.
Ahora su voz sonaba severa y cuando me miró otra vez lo hizo con ojos gélidos. Parpadeé, todavía confusa.
– ¿Cuál?
– ¿No te preocupa mi dieta? -preguntó con sarcasmo.
– Ah -musité-, ésa.
– Sí, ésa -remarcó con voz átona-. ¿No quieres saber si bebo sangre?
Retrocedí.
– Bueno, Jacob me dijo algo al respecto.
– ¿Qué dijo Jacob? -preguntó cansinamente.
– Que no cazabais personas. Dijo que se suponía que vuestra familia no era peligrosa porque sólo dabais caza a animales.
– ¿Dijo que no éramos peligrosos?
Su voz fue profundamente escéptica.
– No exactamente. Dijo que se suponía que no lo erais, pero los quileutes siguen sin quereros en sus tierras, sólo por si acaso.
Miró hacia delante, pero no sabía si observaba o no la carretera.
– Entonces, ¿tiene razón en lo de que no cazáis personas? -pregunté, intentando alterar la voz lo menos posible.
– La memoria de los quileutes llega lejos… -susurró.
Lo acepté como una confirmación.
– Aunque no dejes que eso te satisfaga -me advirtió-. Tienen razón al mantener la distancia con nosotros.
– No comprendo.
– Intentamos… -explicó lentamente-, solemos ser buenos en todo lo que hacemos, pero a veces cometemos errores. Yo, por ejemplo, al permitirme estar a solas contigo.
– ¿Esto es un error?
Oí la tristeza de mi voz, pero no supe si él también lo había advertido.
– Uno muy peligroso -murmuró.
A continuación, ambos permanecimos en silencio. Observé cómo giraban las luces del coche con las curvas de la carretera. Se movían con demasiada rapidez, no parecían reales, sino un videojuego. Era consciente de que el tiempo se me escapaba rápidamente, se me acababa como la carretera que recorríamos, y tuve un miedo espantoso a no disponer de otra oportunidad para estar con él de nuevo como en este momento, abiertamente, sin muros entre nosotros. Sus palabras apuntaban hacia un fin y retrocedí ante esa idea. No podía perder ninguno de los minutos que tenía a su lado.