Выбрать главу

– Cuéntame más -pedí con desesperación, sin preocuparme de lo que dijera, sólo para oír su voz de nuevo.

Me miró rápidamente, sobresaltado por el cambio que se había operado en mi voz.

– ¿Qué más quieres saber?

– Dime por qué cazáis animales en lugar de personas -sugerí con voz aún alterada por la desesperación. Tomé conciencia de que tenía los ojos llorosos y luché contra el pesar que intentaba apoderarse de mí.

– No quiero ser un monstruo -explicó en voz muy baja.

– Pero ¿no bastan los animales?

Hizo una pausa.

– No puedo estar seguro, por supuesto, pero yo lo compararía con vivir a base de queso y leche de soja. Nos llamamos a nosotros mismos vegetarianos, es nuestro pequeño chiste privado. No sacia el apetito por completo, bueno, más bien la sed, pero nos mantiene lo bastante fuertes para resistir… la mayoría de las veces -su voz sonaba a presagio-. Unas veces es más difícil que otras. – ¿Te resulta muy difícil ahora?

Suspiró.

– Pero ahora no tienes hambre -aseveré con confianza, afirmando, no preguntando.

– ¿Qué te hace pensar eso?

– Tus ojos. Te dije que tenía una teoría. Me he dado cuenta de que la gente, y los hombres en particular, se enfada cuando tiene hambre.

Se rió entre dientes.

– Eres muy observadora, ¿verdad?

No respondí, sólo escuché el sonido de su risa y lo grabé en la memoria.

– Este fin de semana estuvisteis cazando, ¿verdad? -quise saber cuando todo se hubo calmado.

– Sí -calló durante un segundo, como si estuviera decidiendo decir algo o no-. No quería salir, pero era necesario. Es un poco más fácil estar cerca de ti cuando no tengo sed.

– ¿Por qué no querías marcharte?

– El estar lejos de ti me pone… ansioso -su mirada era amable e intensa; y me estremecí hasta la médula-. No bromeaba cuando te pedí que no te cayeras al mar o te dejaras atropellar el jueves pasado. Estuve abstraído todo el fin de semana, preocupándome por ti, y después de lo acaecido esta noche, me sorprende que hayas salido indemne del fin de semana -movió la cabeza; entonces recordó algo-. Bueno, no del todo.

– ¿Qué?

– Tus manos -me recordó.

Observé las palmas de mis manos y las rasgaduras casi curadas de los pulpejos. A Edward no se le escapaba nada.

– Me caí -reconocí con un suspiro.

– Eso es lo que pensé -las comisuras de sus labios se curvaron-. Supongo que, siendo tú, podía haber sido mucho peor, y esa posibilidad me atormentó mientras duró mi ausencia. Fueron tres días realmente largos y la verdad es que puse a Emmett de los nervios.

Me sonrió compungido.

– ¿Tres días? ¿No acabas de regresar hoy?

– No, volvimos el domingo.

– Entonces, ¿por qué no fuisteis ninguno de vosotros al instituto?

Estaba frustrada, casi enfadada, al pensar el gran chasco que me había llevado a causa de su ausencia.

– Bueno, me has preguntado si el sol me daña, y no lo hace, pero no puedo salir a la luz del día… Al menos, no donde me pueda ver alguien.

– ¿Por qué?

– Alguna vez te lo mostraré -me prometió.

Pensé en ello durante un momento.

– Me podías haber llamado -decidí.

Se quedó confuso.

– Pero sabía que estabas a salvo.

– Pero yo no sabía dónde estabas. Yo… -vacilé y entorné los ojos.

– ¿Qué? -me impelió con voz arrulladora.

– Me disgusta no verte. También me pone ansiosa.

Me sonrojé al decirlo en voz alta. Se quedó quieto y alzó la vista con aprensión. Observé su expresión apenada.

– Ay -gimió en voz baja-, eso no está bien.

No comprendí esa respuesta. ¿Qué he dicho?

– ¿No lo ves, Bella? De todas las cosas en que te has visto involucrada, es una de las que me hace sentir peor -fijó los ojos en la carretera abruptamente; habló a borbotones, a tal velocidad que casi no lo comprendí-. No quiero oír que te sientas así -dijo con voz baja, pero apremiante-. Es un error. No es seguro. Bella, soy peligroso. Grábatelo, por favor.

– No.

Me esforcé por no parecer una niña enfurruñada.

– Hablo en serio -gruñó.

– También yo. Te lo dije, no me importa qué seas. Es demasiado tarde.

– Jamás digas eso -espetó con dureza y en voz baja.

Me mordí el labio, contenta de que no supiera cuánto dolía aquello. Contemplé la carretera. Ya debíamos de estar cerca. Conducía mucho más deprisa.

– ¿En qué piensas? -inquirió con voz aún ruda.

Me limité á negar con la cabeza, no muy segura de que fuera capaz de hablar.

– ¿Estás llorando?

No me había dado cuenta de que la humedad de mis ojos se había desbordado. Rápidamente, me froté la mejilla con la mano y, efectivamente, allí estaban las lágrimas delatoras, traicionándome.

– No -negué, pero mi voz se quebró.

Le vi extender hacia mí la diestra con vacilación, pero luego se contuvo y lentamente la volvió a poner en el volante.

– Lo siento -se disculpó con voz pesarosa.

Supe que no sólo se estaba disculpando por las palabras que me habían perturbado. La oscuridad se deslizaba a nuestro lado en silencio.

– Dime una cosa -pidió después de que hubiera transcurrido otro minuto, y le oí controlarse para que su tono fuera ligero.

– ¿Sí?

– Esta noche, justo antes de que yo doblara la esquina, ¿en qué pensabas? No comprendí tu expresión… No parecías asustada, sino más bien concentrada al máximo en algo.

– Intentaba recordar cómo incapacitar a un atacante, ya sabes… autodefensa. Le iba a meter la nariz en el cerebro a ese… -pensé en el tipo moreno con una oleada de odio.

– ¿Ibas a luchar contra ellos? -eso le perturbó-. ¿No pensaste en correr?

– Me caigo mucho cuando corro -admití.

– ¿Y en chillar?

– Estaba a punto de hacerlo.

Sacudió la cabeza.

– Tienes razón. Definitivamente, estoy luchando contra el destino al intentar mantenerte con vida.

Suspiré. Al traspasar los límites de Forks fuimos más despacio. El viaje le había llevado menos de veinte minutos.

– ¿Te veré mañana? -quise saber.

– Sí. También he de entregar un trabajo -me sonrió-. Te reservaré un asiento para almorzar.

Después de todo lo que habíamos pasado aquella noche, era una tontería que esa pequeña promesa me causara tal excitación y me impidiera articular palabra.

Estábamos enfrente de la casa de Charlie. Las luces estaban encendidas y mi coche en su sitio. Todo parecía absolutamente normal. Era como despertar de un sueño. Detuvo el vehículo, pero no me moví.

– ¿Me prometes estar ahí mañana?

– Lo prometo.

Sopesé la respuesta durante unos instantes y luego asentí con la cabeza. Me quité la cazadora después de olería por última vez.

– Te la puedes quedar… No tienes una para mañana -me recordó.

Se la devolví.

– No quiero tener que explicárselo a Charlie.

– Ah, de acuerdo.

Esbozó una amplia sonrisa. Con la mano en la manivela, vacilé mientras intentaba prolongar el momento.

– ¿Bella? -dijo en tono diferente, serio y dubitativo.

– ¿Sí? -me volví hacia él con demasiada avidez.

– ¿Vas a prometerme algo?

– Sí -respondí, y al momento me arrepentí de mi incondicional aceptación. ¿Qué ocurría si me pedía que me alejara de él? No podía mantener esa promesa.

– No vayas sola al bosque.

Le miré fijamente, totalmente confusa.

– ¿Por qué?

Frunció el ceño y miró con severidad por la ventana.

– No soy la criatura más peligrosa que ronda por ahí fuera. Dejémoslo así.

Me estremecí levemente ante su repentino tono sombrío, pero estaba aliviada. Al menos, ésta era una promesa fácil de cumplir.