– Eso es buena señal -asintió-. ¿Era guapa?
– Mucho, y probablemente tendría diecinueve o veinte años.
– Mejor aún. Debes de gustarle.
– Eso creo, pero resulta difícil de saber -suspirando, añadí en beneficio de Edward-. Es siempre tan críptico…
– No sé cómo has tenido suficiente valor para estar a solas con él -musitó.
– ¿Por qué?
Me sorprendí, pero ella no comprendió mi reacción.
– Intimida tanto… Yo no sabría qué decirle.
Hizo una mueca, probablemente al recordar esta mañana o la pasada noche, cuando él empleó la aplastante fuerza de sus ojos sobre ella.
– Cometo algunas incoherencias cuando estoy cerca de él -admití.
– Oh, bueno. Es increíblemente guapo.
Jessica se encogió de hombros, como si eso excusara cualquier fallo, lo cual, en su opinión, probablemente fuera así.
– El es mucho más que eso.
– ¿De verdad? ¿Como qué?
Quise haberlo dejado correr casi tanto como esperaba que se lo tomara a broma cuando se enterara.
– No te lo puedo explicar ahora, pero es incluso más increíble detrás del rostro.
El vampiro que quería ser bueno, que corría a salvar vidas, ya que así no sería un monstruo… Miré hacia la parte delantera de la clase.
– ¿Es eso posible?-dijo entre risitas.
La ignoré, intentando aparentar que prestaba atención al señor Varner.
– Entonces, ¿te gusta?
No se iba a dar por vencida.
– Sí -respondí de forma cortante.
– Me refiero a que si te gusta de verdad -me apremió.
– Sí -dije de nuevo, sonrojándome.
Esperaba que ese detalle no se registrara en los pensamientos de Jessica. Las respuestas monosilábicas le iban a tener que bastar.
– ¿Cuánto te gusta?
– Demasiado -le repliqué en un susurro-, más de lo que yo le gusto a él, pero no veo la forma de evitarlo.
Solté un suspiro. Un sonrojo enmascaró el siguiente. Entonces, por fortuna, el señor Varner le hizo a Jessica una pregunta.
No tuvo oportunidad de continuar con el tema durante la clase y en cuanto sonó el timbre inicié una maniobra de evasión.
– En Lengua, Mike me ha preguntado si me habías dicho algo sobre la noche del lunes -le dije.
– ¡Estás de guasa! ¡¿Qué le dijiste?! -exclamó con voz entrecortada, desviada por completo su atención del asunto.
– ¡Dime exactamente qué dijo y cuál fue tu respuesta palabra por palabra!
Nos pasamos el resto del camino diseccionando la estructura de las frases y la mayor parte de la clase de español con una minuciosa descripción de las expresiones faciales de Mike. No hubiera estirado tanto el tema de no ser porque me preocupaba convertirme de nuevo en el tema de la conversación.
Entonces sonó el timbre del almuerzo. El hecho de que me levantara de un salto de la silla y guardase precipitadamente los libros en la mochila con expresión animada, debió de suponer un indicio claro para Jessica, que comentó:
– Hoy no te vas a sentar con nosotros, ¿verdad?
– Creo que no.
No estaba segura de que no fuera a desaparecer inoportunamente otra vez. Pero Edward me esperaba a la salida de nuestra clase de Español, apoyado contra la pared; se parecía a un dios heleno más de lo que nadie debería tener derecho. Jessica nos dirigió una mirada, puso los ojos en blanco y se marchó.
– Te veo luego, Bella -se despidió, con una voz llena de implicaciones. Tal vez debería desconectar el timbre del teléfono.
– Hola -dijo Edward con voz divertida e irritada al mismo tiempo. Era obvio que había estado escuchando.
– Hola.
No se me ocurrió nada más que decir y él no habló -a la espera del momento adecuado, presumí-, por lo que el trayecto a la cafetería fue un paseo en silencio. El entrar con Edward en el abigarrado flujo de gente a la hora del almuerzo se pareció mucho a mi primer día: todos me miraban.
Encabezó el camino hacia la cola, aún sin despegar los labios, a pesar de que sus ojos me miraban cada pocos segundos con expresión especulativa. Me parecía que la irritación iba venciendo a la diversión como emoción predominante en su rostro. Inquieta, jugueteé con la cremallera de la cazadora.
Se dirigió al mostrador y llenó de comida una bandeja.
– ¿Qué haces? -objeté-. ¿No irás a llevarte todo eso para mí?
Negó con la cabeza y se adelantó para pagar la comida.
– La mitad es para mí, por supuesto.
Enarqué una ceja.
Me condujo al mismo lugar en el que nos habíamos sentado la vez anterior. En el extremo opuesto de la larga mesa, un grupo de chicos del último curso nos miraron anonadados cuando nos sentamos uno frente a otro. Edward parecía ajeno a este hecho.
– Toma lo que quieras -dijo, empujando la bandeja hacia mí.
– Siento curiosidad -comenté mientras elegía una manzana y la hacía girar entre las manos-, ¿qué harías si alguien te desafiara a comer?
– Tú siempre sientes curiosidad.
Hizo una mueca y sacudió la cabeza. Me observó fijamente, atrapando mi mirada, mientras alzaba un pedazo de pizza de la bandeja, se la metía en la boca de una sola vez, la masticaba rápidamente y se la tragaba. Lo miré con los ojos abiertos como platos.
– Si alguien te desafía a tragar tierra, puedes, ¿verdad? -preguntó con condescendencia.
Arrugué la nariz.
– Una vez lo hice… en una apuesta -admití-. No fue tan malo.
Se echó a reír.
– Supongo que no me sorprende.
Algo por encima de mi hombro pareció atraer su atención.
– Jessica está analizando todo lo que hago. Luego, lo montará y desmontará para ti.
Empujó hacia mí el resto de la pizza. La mención de Jessica devolvió a su semblante una parte de su antigua irritación. Dejé la manzana y mordí la pizza, apartando la vista, ya que sabía que Edward estaba a punto de comenzar.
– ¿De modo que la camarera era guapa? -preguntó de forma casual.
– ¿De verdad que no te diste cuenta?
– No. No prestaba atención. Tenía muchas cosas en la cabeza.
– Pobre chica.
Ahora podía permitirme ser generosa.
– Algo de lo que le has dicho a Jessica…, bueno…, me molesta.
Se negó a que le distrajera y habló con voz ronca mientras me miraba con ojos de preocupación a través de sus largas pestañas.
– No me sorprende que oyeras algo que te disgustara. Ya sabes lo que se dice de los cotillas -le recordé.
– Te previne de que estaría a la escucha.
– Y yo de que tú no querrías saber todo lo que pienso.
– Lo hiciste -concedió, todavía con voz ronca-, aunque no tienes razón exactamente. Quiero saber todo lo que piensas… Todo. Sólo que desearía que no pensaras algunas cosas.
Fruncí el ceño.
– Esa es una distinción importante.
– Pero, en realidad, ése no es el tema por ahora.
– Entonces, ¿cuál es?
En ese momento, nos inclinábamos el uno hacia el otro sobre la mesa. Su barbilla descansaba sobre las alargadas manos blancas; me incliné hacia delante apoyada en el hueco de mi mano. Tuve que recordarme a mí misma que estábamos en un comedor abarrotado, probablemente con muchos ojos curiosos fijos en nosotros. Resultaba demasiado fácil dejarse envolver por nuestra propia burbuja privada, pequeña y tensa.
– ¿De verdad crees que te interesas por mí más que yo por ti? -murmuró, inclinándose más cerca mientras hablaba traspasándome con sus relucientes ojos negros.
Intenté acordarme de respirar. Tuve que desviar la mirada para recuperarme.
– Lo has vuelto a hacer -murmuré.
Abrió los ojos sorprendido.
– ¿El qué?
– Aturdirme -confesé. Intenté concentrarme cuando volví a mirarlo.