Vacilante y con el debate interior reflejado en los ojos, alzó la mano y recorrió rápidamente mi pómulo con las yemas de los dedos. Su piel estaba tan fría como de costumbre, pero su roce quemaba.
Se volvió sin decir nada y se alejó rápidamente a grandes pasos.
Entré en el gimnasio, mareada y tambaleándome un poco. Me dejé ir hasta el vestuario, donde me cambié como en estado de trance, vagamente consciente de que había otras personas en torno a mí. No fui consciente del todo hasta que empuñé una raqueta. No pesaba mucho, pero la sentí insegura en mi mano. Vi a algunos chicos de clase mirarme a hurtadillas. El entrenador Clapp nos ordenó jugar por parejas.
Gracias a Dios, aún quedaban algunos rescoldos de caballerosidad en Mike, que acudió a mi lado.
– ¿Quieres formar pareja conmigo?
– Gracias, Mike… -hice un gesto de disculpa-. No tienes por qué hacerlo, ya lo sabes.
– No-te preocupes, me mantendré lejos de tu camino -dijo con una amplia sonrisa.
Algunas veces, era muy fácil que Mike me gustara.
La clase no transcurrió sin incidentes. No sé cómo, con el mismo golpe me las arreglé para dar a Mike en el hombro y golpearme la cabeza con la raqueta. Pasé el resto de la hora en el rincón de atrás de la pista, con la raqueta sujeta bien segura detrás de la espalda. A pesar de estar en desventaja por mi causa, Mike era muy bueno, y ganó él solo tres de los cuatro partidos. Gracias a él, conseguí un buen resultado inmerecido cuando el entrenador silbó dando por finalizada la clase.
– Así… -dijo cuando nos alejábamos de la pista.
– Así… ¿qué?
– Tú y Cullen, ¿en? -preguntó con tono de rebeldía. Mi anterior sentimiento de afecto se disipó.
– No es de tu incumbencia, Mike -le avisé mientras en mi fuero interno maldecía a Jessica, enviándola al infierno.
– No me gusta -musitó en cualquier caso.
– No tiene por qué -le repliqué bruscamente.
– Te mira como si… -me ignoró y prosiguió-: Te mira como si fueras algo comestible.
Contuve la histeria que amenazaba con estallar, pero a pesar de mis esfuerzos se me escapó una risita tonta. Me miró ceñudo. Me despedí con la mano y huí al vestuario.
Me vestí a toda prisa. Un revoloteo más fuerte que el de las mariposas golpeteaba incansablemente las paredes de mi estómago al tiempo que mi discusión con Mike se convertía en un recuerdo lejano. Me preguntaba si Edward me estaría esperando o si me reuniría con él en su coche. ¿Qué iba a ocurrir si su familia estaba ahí? Me invadió una oleada de pánico. ¿Sabían que lo sabía? ¿Se suponía que sabían que lo sabía, o no?
Salí del gimnasio en ese momento. Había decidido ir a pie hasta casa sin mirar siquiera al aparcamiento, pero todas mis preocupaciones fueron innecesarias. Edward me esperaba, apoyado con indolencia contra la pared del gimnasio. Su arrebatador rostro estaba calmado. Sentí peculiar sensación de alivio mientras caminaba a su lado.
– Hola -musité mientras esbozaba una gran sonrisa.
– Hola -me correspondió con otra deslumbrante-. ¿Cómo te ha ido en gimnasia?
Mi rostro se enfrió un poco.
– Bien -mentí.
– ¿De verdad?
No estaba muy convencido. Desvió levemente la vista y miró por encima del hombro. Entrecerró los ojos. Miré hacia atrás para ver la espalda de Mike al alejarse.
– ¿Qué pasa? -exigí saber.
Aún tenso, volvió a mirarme.
– Newton me saca de mis casillas.
– ¿No habrás estado escuchando otra vez?
Me aterré. Todo atisbo de mi repentino buen humor se desvaneció.
– ¿Cómo va esa cabeza? -preguntó con inocencia.
– ¡Eres increíble!
Me di la vuelta y me alejé caminando con paso firme hacia el aparcamiento a pesar de que había descartado dirigirme hacia ese lugar.
Me dio alcance con facilidad.
– Fuiste tú quien mencionaste que nunca te había visto en clase de gimnasia. Eso despertó mi curiosidad.
No parecía arrepentido, de modo que le ignoré.
Caminamos en silencio -un silencio lleno de vergüenza y furia por mi parte- hacia su coche, pero tuve que detenerme unos cuantos pasos después, ya que un gentío, todos chicos, lo rodeaban. Luego, me di cuenta de que no rodeaban al Volvo, sino al descapotable rojo de Rosalie con un inconfundible deseo en los ojos. Ninguno alzó la vista hacia Edward cuando se deslizó entre ellos para abrir la puerta. Me encaramé rápidamente al asiento del copiloto, pasando también inadvertida.
– Ostentoso -murmuró.
– ¿Qué tipo de coche es?
– Un M3.
– No hablo jerga de Car and Driver.
– Es un BMW
Entornó los ojos sin mirarme mientras intentaba salir hacia atrás y no atropellar a ninguno de los fanáticos del automóvil.
Asentí. Había oído hablar del modelo.
– ¿Sigues enfadada? -preguntó mientras maniobraba con cuidado para salir.
– Muchísimo.
Suspiró.
– ¿Me perdonarás si te pido disculpas?
– Puede… si te disculpas de corazón -insistí-, y prometes no hacerlo otra vez.
Sus ojos brillaron con una repentina astucia.
– ¿Qué te parece si me disculpo sinceramente y accedo a dejarte conducir el sábado? -me propuso como contraoferta.
Lo sopesé y decidí que probablemente era la mejor oferta que podría conseguir, por lo que la acepté:
– Hecho.
– Entonces, lamento haberte molestado -durante un prolongado periodo de tiempo, sus ojos relucieron con sinceridad, causando estragos en mi ritmo cardiaco. Luego, se volvieron picaros-. A primera hora de la mañana del sábado estaré en el umbral de tu puerta.
– Humm… Que, sin explicación alguna, un Volvo se quede en la carretera no me va a ser de mucha ayuda con Charlie.
Esbozó una sonrisa condescendiente.
– No tengo intención de llevar el coche.
– ¿Cómo…?
– No te preocupes -me cortó-. Estaré ahí sin coche.
Lo dejé correr. Tenía una pregunta más acuciante.
– ¿Ya es «más tarde»? -pregunté de forma elocuente. El frunció el ceño.
– Supongo que sí.
Mantuve la expresión amable mientras esperaba.
Paró el motor del coche después de aparcarlo detrás del mío. Alcé la vista sorprendida: habíamos llegado a casa de Charlie, por supuesto. Resultaba más fácil montar con Edward si sólo le miraba a él hasta concluir el viaje. Cuando volví a levantar la vista, él me contemplaba, evaluándome con la mirada.
– Y aún quieres saber por qué no puedes verme cazar, ¿no? -parecía solemne, pero creí atisbar un rescoldo de humor en el fondo de sus ojos.
– Bueno -aclaré-, sobre todo me preguntaba el motivo de tu reacción.
– ¿Te asusté?
Sí. Sin duda, estaba de buen humor.
– No -le mentí, pero no picó.
– Lamento haberte asustado -persistió con una leve sonrisa, pero entonces desapareció la evidencia de toda broma-. Fue sólo la simple idea de que estuvieras allí mientras cazábamos.
Se le tensó la mandíbula.
– ¿Estaría mal?
– En grado sumo -respondió apretando los dientes.
– ¿Por…?
Respiró hondo y contempló a través del parabrisas las espesas nubes en movimiento que descendían hasta quedarse casi al alcance de la mano.
– Nos entregamos por completo a nuestros sentidos cuando cazamos -habló despacio, a regañadientes-, nos regimos menos por nuestras mentes. Domina sobre todo el sentido del olfato. Si estuvieras en cualquier lugar cercano cuando pierdo el control de esa manera… -sacudió la cabeza mientras se demoraba contemplando malhumorado las densas nubes.
Mantuve mi expresión firmemente controlada mientras esperaba que sus ojos me mirasen para evaluar la reacción subsiguiente. Mi rostro no reveló nada.