Выбрать главу

– Bueno, ¿por dónde íbamos antes de que me comportara con tanta rudeza? -preguntó con las amables cadencias de principios del siglo pasado.

– La verdad es que no lo recuerdo.

Sonrió, pero estaba avergonzado.

– Creo que estábamos hablando de por qué estabas asustada, además del motivo obvio.

– Ah, sí.

– ¿Y bien?

Miré su mano y recorrí sin rumbo fijo la lisa e iridiscente palma. Los segundos pasaban.

– ¡Con qué facilidad me frustro! -musitó.

Estudié sus ojos y de repente comprendí que todo aquello era casi tan nuevo para él como para mí. A él también le resultaba difícil a pesar de los muchos años de inconmensurable experiencia. Ese pensamiento me infundió coraje.

– Tengo miedo, además de por los motivos evidentes, porque no puedo estar contigo, y porque me gustaría estarlo más de lo que debería.

Mantuve los ojos fijos en sus manos mientras decía aquello en voz baja porque me resultaba difícil confesarlo.

– Sí -admitió lentamente-, es un motivo para estar asustado, desde luego. ¡Querer estar conmigo! En verdad, no te conviene nada.

– Lo sé. Supongo que podría intentar no desearlo, pero dudo que funcionara.

– Deseo ayudarte, de verdad que sí -no había el menor rastro de falsedad en sus ojos límpidos-. Debería haberme alejado hace mucho, debería hacerlo ahora, pero no sé si soy capaz.

– No quiero que te vayas -farfullé patéticamente, mirándolo fijamente hasta lograr que apartara la vista.

– Irme, eso es exactamente lo que debería hacer, pero no temas, soy una criatura esencialmente egoísta. Ansió demasiado tu compañía para hacer lo correcto.

– Me alegro.

– ¡No lo hagas! -retiró su mano, esta vez con mayor delicadeza. La voz de Edward era más áspera de lo habitual. Áspera para él, aunque más hermosa que cualquier voz humana. Resultaba difícil tratar con él, ya que sus continuos y repentinos cambios de humor siempre me producían desconcierto.

– ¡No es sólo tu compañía lo que anhelo! Nunca lo olvides. Nunca olvides que soy más peligroso para ti de lo que soy para cualquier otra persona.

Enmudeció y le vi contemplar con ojos ausentes el bosque.

Medité sus palabras durante unos instantes.

– Creo que no comprendo exactamente a qué te refieres… Al menos la última parte.

Edward me miró de nuevo y sonrió con picardía. Su humor volvía a cambiar.

– ¿Cómo te explicaría? -musitó-. Y sin aterrorizarte de nuevo…

Volvió a poner su mano sobre la mía, al parecer de forma inconsciente, y la sujeté con fuerza entre las mías. Miró nuestras manos y suspiró.

– Esto es asombrosamente placentero… el calor.

Transcurrió un momento hasta que puso en orden sus ideas y continuó:

– Sabes que todos disfrutamos de diferentes sabores. Algunos prefieren el helado de chocolate y otros el de fresa.

Asentí.

– Lamento emplear la analogía de la comida, pero no se me ocurre otra forma de explicártelo.

Le dediqué una sonrisa y él me la devolvió con pesar.

– Verás, cada persona huele diferente, tiene una esencia distinta. Si encierras a un alcohólico en una habitación repleta de cerveza rancia, se la beberá alegremente, pero si ha superado el alcoholismo y lo desea, podría resistirse.

«Supongamos ahora que ponemos en esa habitación una botella de brandy añejo, de cien años, el coñac más raro y exquisito y llenamos la habitación de su cálido aroma… En tal caso, ¿cómo crees que le iría?

Permanecimos sentados en silencio, mirándonos a los ojos el uno al otro en un intento de descifrarnos mutuamente el pensamiento.

Edward fue el primero en romper el silencio.

– Tal vez no sea la comparación adecuada. Puede que sea muy fácil rehusar el brandy. Quizás debería haber empleado un heroinómano en vez de un alcohólico para el ejemplo.

– Bueno, ¿estás diciendo que soy tu marca de heroína? -le pregunté para tomarle el pelo y animarle.

Sonrió de inmediato, pareciendo apreciar mi esfuerzo.

– Sí, tú eres exactamente mi marca de heroína.

– ¿Sucede eso con frecuencia?

Miró hacia las copas de los árboles mientras pensaba la respuesta.

– He hablado con mis hermanos al respecto -prosiguió con la vista fija en la lejanía-. Para Jasper, todos los humanos sois más de lo mismo. El es el miembro más reciente de nuestra familia y ha de esforzarse mucho para conseguir una abstinencia completa. No ha dispuesto de tiempo para hacerse más sensible a las diferencias de olor, de sabor -súbitamente me miró con gesto de disculpa-. Lo siento.

– No me molesta. Por favor, no te preocupes por ofenderme o asustarme o lo que sea… Es así como piensas. Te entiendo, o al menos puedo intentarlo. Explícate como mejor puedas.

– De modo que Jasper no está seguro de si alguna vez se ha cruzado con alguien tan… -Edward titubeó, en busca de la palabra adecuada-, tan apetecible como tú me resultas a mí. Eso me hizo reflexionar mucho. Emmett es el que hace más tiempo que ha dejado de beber, por decirlo de alguna manera, y comprende lo que quiero decir. Dice que le sucedió dos veces, una con más intensidad que otra.

– ¿Y a ti?

– Jamás.

La palabra quedó flotando en la cálida brisa durante unos momentos.

– ¿Qué hizo Emmett? -le pregunté para romper el silencio.

Era la pregunta equivocada. Su rostro se ensombreció y sus manos se crisparon entre las mías. Aguardé, pero no me iba a contestar.

– Creo saberlo -dije al fin.

Alzó la vista. Tenía una expresión melancólica, suplicante.

– Hasta el más fuerte de nosotros recae en la bebida, ¿verdad?

– ¿Qué me pides? ¿Mi permiso? -mi voz sonó más mordaz de lo que pretendía. Intenté modular un tono más amable. Suponía que aquella sinceridad le estaba costando mucho esfuerzo-. Quiero decir, entonces, ¿no hay esperanza?

¡Con cuánta calma podía discutir sobre mi propia muerte!

– ¡No, no! -Se compungió casi al momento-. ¡Por supuesto que hay esperanza! Me refiero a que…, por supuesto que no voy a… -dejó la frase en el aire. Mis ojos inflamaban las llamaradas de los suyos-. Es diferente para nosotros. En cuanto a Emmett y esos dos desconocidos con los que se cruzó… Eso sucedió hace mucho tiempo y él no era tan experto y cuidadoso como lo es ahora.

Se sumió en el silencio y me miró intensamente.

– De modo que si nos hubiéramos encontrado… en… un callejón oscuro o algo parecido… -mi voz se fue apagando.

– Necesité todo mi autocontrol para no abalanzarme sobre ti en medio de esa clase llena de niños y… -enmudeció bruscamente y desvió la mirada-. Cuando pasaste a mi lado, podía haber arruinado en el acto todo lo que Carlisle ha construido para nosotros. No hubiera sido capaz de refrenarme si no hubiera estado controlando mi sed durante los últimos… bueno, demasiados años.

Se detuvo a contemplar los árboles. Me lanzó una mirada sombría mientras los dos lo recordábamos.

– Debiste de pensar que estaba loco.

– No comprendí el motivo. ¿Cómo podías odiarme con tanta rapidez…?

– Para mí, parecías una especie de demonio convocado directamente desde mi infierno particular para arruinarme. La fragancia procedente de tu piel… El primer día creí que me iba a trastornar. En esa única hora, ideé cien formas diferentes de engatusarte para que salieras de clase conmigo y tenerte a solas. Las rechacé todas al pensar en mi familia, en lo que podía hacerles. Tenía que huir, alejarme antes de pronunciar las palabras que te harían seguirme…

Entonces, buscó con la mirada mi rostro asombrado mientras yo intentaba asimilar sus amargos recuerdos. Debajo de sus pestañas, sus ojos dorados ardían, hipnóticos, letales.

– Y tú hubieras acudido -me aseguró.