Entonces, terminó. Aquella mañana habíamos caminado durante horas para alcanzar el prado de Edward, y ahora, en cuestión de minutos, estábamos de regreso junto al monovolumen.
– Estimulante, ¿verdad? -dijo entusiasmado y con voz aguda.
Se quedó inmóvil, a la espera de que me bajara. Lo intenté, pero no me respondían los músculos. Me mantuve aferrada a él con brazos y piernas mientras la cabeza no dejaba de darme vueltas.
– ¿Bella? -preguntó, ahora inquieto.
– Creo que necesito tumbarme -respondí jadeante.
– Ah, perdona -me esperó, pero aun así no me pude mover.
– Creo que necesito ayuda -admití.
Se rió quedamente y deshizo suavemente mi presa alrededor de su cuello. No había forma de resistir la fuerza de hierro de sus manos. Luego, me dio la vuelta y quedé frente a él, y me acunó en sus brazos como si fuera una niña pequeña. Me sostuvo en vilo un momento para luego depositarme sobre los mullidos helechos.
– ¿Qué tal te encuentras?
No estaba muy segura de cómo me sentía, ya que la cabeza me daba vueltas de forma enloquecida.
– Mareada, creo.
– Pon la cabeza entre las rodillas.
Intenté lo que me indicaba, y ayudó un poco. Inspiré y espiré lentamente sin mover la cabeza. Me percaté de que se sentaba a mi lado. Pasado el mal trago, pude alzar la cabeza. Me pitaban los oídos.
– Supongo que no fue una buena idea -musitó.
Intenté mostrarme positiva, pero mi voz sonó débil cuando respondí:
– No, ha sido muy interesante.
– ¡Vaya! Estás blanca como un fantasma, tan blanca como yo mismo.
– Creo que debería haber cerrado los ojos.
– Recuérdalo la próxima vez.
– ¡¿La próxima vez?! -gemí.
Edward se rió, seguía de un humor excelente.
– Fanfarrón -musité.
– Bella, abre los ojos -rogó con voz suave.
Y ahí estaba él, con el rostro demasiado cerca del mío. Su belleza aturdió mi mente… Era demasiada, un exceso al que no conseguía acostumbrarme.
– Mientras corría, he estado pensando…
– En no estrellarnos contra los árboles, espero.
– Tonta Bella -rió entre dientes-. Correr es mi segunda naturaleza, no es algo en lo que tenga que pensar.
– Fanfarrón -repetí. Edward sonrió.
– No. He pensado que había algo que quería intentar.
Y volvió a tomar mi cabeza entre sus manos. No pude respirar.
Vaciló… No de la forma habitual, no de una forma humana, no de la manera en que un hombre podría vacilar antes de besar a una mujer para calibrar su reacción e intuir cómo le recibiría. Tal vez vacilaría para prolongar el momento, ese momento ideal previo, muchas veces mejor que el beso mismo.
Edward se detuvo vacilante para probarse a sí mismo y ver si era seguro, para cerciorarse de que aún mantenía bajo control su necesidad.
Entonces sus fríos labios de mármol presionaron muy suavemente los míos.
Para lo que ninguno de los dos estaba preparado era para mi respuesta.
La sangre me hervía bajo la piel quemándome los labios. Mi respiración se convirtió en un violento jadeo. Aferré su pelo con los dedos, atrayéndolo hacia mí, con los labios entreabiertos para respirar su aliento embriagador. Inmediatamente, sentí que sus labios se convertían en piedra. Sus manos gentilmente pero con fuerza, apartaron mi cara. Abrí los ojos y vi su expresión vigilante.
– ¡Huy! -musité.
– Eso es quedarse corto.
Sus ojos eran feroces y apretaba la mandíbula para controlarse, sin que todavía se descompusiera su perfecta expresión. Sostuvo mi rostro a escasos centímetros del suyo, aturdiéndome.
– ¿Debería…?
Intenté desasirme para concederle cierto espacio, pero sus manos no me permitieron alejarme más de un centímetro.
– No. Es soportable. Aguarda un momento, por favor -pidió con voz amable, controlada.
Mantuve la vista fija en sus ojos, contemplé como la excitación que lucía en ellos se sosegaba. Entonces, me dedicó una sonrisa sorprendentemente traviesa.
– ¡Listo! -exclamó, complacido consigo mismo.
– ¿Soportable? -pregunté.
– Soy más fuerte de lo que pensaba -rió con fuerza-. Bueno es saberlo.
– Desearía poder decir lo mismo. Lo siento. -Después de todo, sólo eres humana.
– Muchas gracias -repliqué mordazmente.
Se puso de pie con uno de sus movimientos ágiles, rápidos, casi invisibles. Me tendió su mano, un gesto inesperado, ya que estaba demasiado acostumbrada a nuestro habitual comportamiento de nulo contacto. Tomé su mano helada, ya que necesitaba ese apoyo más de lo que creía. Aún no había recuperado el equilibrio.
– ¿Sigues estando débil a causa de la carrera? ¿O ha sido mi pericia al besar?
¡Qué desenfadado y humano parecía su angelical y apacible rostro cuando se reía! Era un Edward diferente al que yo conocía, y estaba loca por él. Ahora, separarme me iba a causar un dolor físico.
– No puedo estar segura, aún sigo grogui -conseguí responderle-. Creo que es un poco de ambas cosas.
– Tal vez deberías dejarme conducir.
– ¿Estás loco? -protesté.
– Conduzco mejor que tú en tu mejor día -se burló-. Tus reflejos son mucho más lentos.
– Estoy segura de eso, pero creo que ni mis nervios ni mi coche seríamos capaces de soportarlo.
– Un poco de confianza, Bella, por favor.
Tenía la mano en el bolsillo, crispada sobre las llaves. Fruncí los labios con gesto pensativo y sacudí la cabeza firmemente.
– No. Ni en broma.
Arqueó las cejas con incredulidad.
Comencé a dar un rodeo a su lado para dirigirme al asiento del conductor. Puede que me hubiera dejado pasar si no me hubiese tambaleado ligeramente. Puede que no.
– Bella, llegados a este punto, ya he invertido un enorme esfuerzo personal en mantenerte viva. No voy a dejar que te pongas detrás del volante de un coche cuando ni siquiera puedes caminar en línea recta. Además, no hay que dejar que los amigos conduzcan borrachos -citó con una risita mientras su brazo creaba una trampa ineludible alrededor de mi cintura.
– No puedo rebatirlo -dije con un suspiro. No había forma de sortearlo ni podía resistirme a él. Alcé las llaves y las dejé caer, observando que su mano, veloz como el rayo, las atrapaba sin hacer ruido-. Con calma… Mi monovolumen es un señor mayor.
– Muy sensata -aprobó.
– ¿Y tú no estás afectado por mi presencia? -pregunté con enojo.
Sus facciones sufrieron otra transformación, su expresión se hizo suave y cálida. Al principio, no me respondió; se limitó a inclinar su rostro sobre el mío y deslizar sus labios lentamente a lo largo de mi mandíbula, desde la oreja al mentón, de un lado a otro. Me estremecí.
– Pase lo que pase -murmuró finalmente-, tengo mejores reflejos.
MENTE VERSUS CUERPO
Tuve que admitir que Edward conducía bien cuando iba a una velocidad razonable. Como tantas otras cosas, la conducción no parecía requerirle ningún esfuerzo. Aunque apenas miraba a la carretera, los neumáticos nunca se desviaban más de un centímetro del centro de la senda. Conducía con una mano, sosteniendo la mía con la otra. A veces fijaba la vista en el sol poniente, otras en mí, en mi rostro, en mi pelo expuesto al viento que entraba por la ventana abierta, en nuestras manos unidas.
Había cambiado el dial de la radio para sintonizar una emisora de viejos éxitos y cantaba una canción que no había oído en mi vida. Se sabía la letra entera.
– ¿Te gusta la música de los cincuenta?
– En los cincuenta, la música era buena, mucho mejor que la de los sesenta, y los setenta… ¡Buaj! -se estremeció-. Los ochenta fueron soportables.
– ¿Vas a decirme alguna vez cuántos años tienes? -pregunté, indecisa, sin querer arruinar su optimismo.