– Te veo mañana, papá.
Te veo esta noche cuando te deslices a medianoche para comprobar si sigo ahí.
Me esforcé en que el ruido de mis pasos pareciera lento y cansado cuando subí las escaleras hacia mi dormitorio. Cerré la puerta con la suficiente fuerza para que mi padre lo oyera y luego me precipité hacia la ventana andando de puntillas. La abrí de un tirón y me asomé, escrutando las oscuras e impenetrables sombras de los árboles.
– ¿Edward? -susurré, sintiéndome completamente idiota.
La tranquila risa de respuesta procedía de detrás de mí.
– ¿Sí?
Me giré bruscamente al tiempo que, como reacción a la sorpresa, me llevaba una mano a la garganta.
Sonriendo de oreja a oreja, yacía tendido en mi cama con las manos detrás de la nuca y los pies colgando por el otro extremo. Era la viva imagen de la despreocupación.
– ¡Oh! -musité insegura, sintiendo que me desplomaba sobre el suelo.
– Lo siento.
Frunció los labios en un intento de ocultar su regocijo.
– Dame un minuto para que me vuelva a latir el corazón.
Se incorporó despacio para no asustarme de nuevo. Luego, ya sentado, se inclinó hacia delante y extendió sus largos brazos para recogerme, sujetándome por los brazos como a un niño pequeño que empieza a andar. Me sentó en la cama junto a él.
– ¿Por qué no te sientas conmigo? -sugirió, poniendo su fría mano sobre la mía-. ¿Cómo va el corazón?
– Dímelo tú… Estoy segura de que lo escuchas mejor que yo.
Noté que su risa sofocada sacudía la cama.
Nos sentamos ahí durante un momento, escuchando ambos los lentos latidos de mi corazón. Se me ocurrió pensar en el hecho de tener a Edward en mi habitación estando mi padre en casa.
– ¿Me concedes un minuto para ser humana?
– Desde luego.
Me indicó con un gesto de la mano que procediera.
– No te muevas -le dije, intentando parecer severa.
– Sí, señorita.
Y me hizo una demostración de cómo convertirse en una estatua sobre el borde de mi cama.
Me incorporé de un salto, recogí mi pijama del suelo y mi neceser de aseo del escritorio. Dejé la luz apagada y me deslicé fuera, cerrando la puerta al salir.
Oí subir por las escaleras el sonido del televisor. Cerré con fuerza la puerta del baño para que Charlie no subiera a molestarme.
Tenía la intención de apresurarme. Me cepillé los dientes casi con violencia en un intento de ser minuciosa y rápida a la hora de eliminar todos los restos de lasaña. Pero no podía urgir al agua caliente de la ducha, que me relajó los músculos de la espalda y me calmó el pulso. El olor familiar de mi champú me hizo sentirme la misma persona de esta mañana. Intenté no pensar en Edward, que me esperaba sentado en mi habitación, porque entonces tendría que empezar otra vez con todo el proceso de relajamiento. Al final, no pude dilatarlo más. Cerré el grifo del agua y me sequé con la toalla apresuradamente, acelerándome otra vez. Me puse el pijama: una camiseta llena de agujeros y un pantalón gris de chándal. Era demasiado tarde para arrepentirse de no haber traído conmigo el pijama de seda Victorias Secret que, dos años atrás, me regaló mi madre para mi cumpleaños, y que aún se encontraría en algún cajón en la casa de Phoenix con la etiqueta del precio puesta.
Volví a frotarme el pelo con la toalla y luego me pasé el cepillo a toda prisa. Arrojé la toalla a la cesta de la ropa sucia y lancé el cepillo y la pasta de dientes al neceser. Bajé escopetada las escaleras para que Charlie pudiera verme en pijama y con el pelo mojado.
– Buenas noches, papá.
– Buenas noches, Bella.
Pareció sorprendido de verme. Tal vez hubiera desechado la idea de asegurarse de que estaba en casa esta noche.
Subí las escaleras de dos en dos, intentando no hacer ruido, entré zumbando en mi habitación, y me aseguré de cerrar bien la puerta detrás de mí.
Edward no se había movido ni un milímetro, parecía la estatua de Adonis encaramada a mi descolorido edredón. Sus labios se curvaron cuando sonreí, y la estatua cobró vida.
Me evaluó con la mirada, tomando nota del pelo húmedo y la zarrapastrosa camiseta. Enarcó una ceja.
– Bonita ropa.
Le dediqué una mueca.
– No, te sienta bien.
– Gracias -susurré.
Regresé a su lado y me senté con las piernas cruzadas. Miré las líneas del suelo de madera.
– ¿A qué venía todo eso?
– Charlie cree que me voy a escapar a hurtadillas.
– Ah -lo consideró-. ¿Por qué? -preguntó como si fuera incapaz de comprender la mente de Charlie con la claridad que yo le suponía.
– Al parecer, me ve un poco acalorada.
Me levantó el mentón para examinar mi rostro.
– De hecho, pareces bastante sofocada.
– Huram… -musité.
Resultaba muy difícil formular una pregunta coherente mientras me acariciaba. Comenzar me llevó un minuto de concentración.
– Parece que te resulta mucho más fácil estar cerca de mí.
– ¿Eso te parece? -murmuró Edward mientras deslizaba la nariz hacia la curva de mi mandíbula. Sentí su mano, más ligera que el ala de una polilla, apartar mi pelo húmedo para que sus labios pudieran tocar la hondonada de debajo de mi oreja.
– Sí. Mucho, mucho más fácil -contesté mientras intentaba espirar.
– Humm.
– Por eso me preguntaba… -comencé de nuevo, pero sus dedos seguían la línea de mi clavícula y me hicieron perder el hilo de lo que estaba diciendo.
– ¿Sí? -musitó.
– ¿Por qué será? -inquirí con voz temblorosa, lo cual me avergonzó-. ¿Qué crees?
Noté el temblor de su respiración sobre mi cuello cuando se rió.
– El triunfo de la mente sobre la materia.
Retrocedí. Se quedó inmóvil cuando me moví, por lo que ya no pude oírle respirar.
Durante un instante nos miramos el uno al otro con prevención; luego, la tensión de su mandíbula se relajó gradualmente y su expresión se llenó de confusión.
– ¿Hice algo mal?
– No, lo opuesto. Me estás volviendo loca -le expliqué.
Lo pensó brevemente y pareció complacido cuando preguntó:
– ¿De veras?
Una sonrisa triunfal iluminó lentamente su rostro.
– ¿Querrías una salva de aplausos? -le pregunté con sarcasmo.
Sonrió de oreja a oreja.
– Sólo estoy gratamente sorprendido -me aclaró-. En los últimos cien años, o casi -comentó con tono bromista- nunca me imaginé algo parecido. No creía encontrar a nadie con quien quisiera estar de forma distinta a la que estoy con mis hermanos y hermanas. Y entonces descubro que estar contigo se me da bien, aunque todo sea nuevo para mí.
– Tú eres bueno en todo -observé.
Se encogió de hombros, dejándolo correr, y los dos nos reímos en voz baja.
– Pero ¿cómo puede ser tan fácil ahora? -le presioné-. Esta tarde…
– No es fácil-suspiró-. Pero esta tarde estaba todavía… indeciso. Lo lamento, es imperdonable que me haya comportado de esa forma.
– No es imperdonable -discrepé.
– Gracias -sonrió-. Ya ves -prosiguió, ahora mirando al suelo-, no estaba convencido de ser lo bastante fuerte… -me tomó una mano y la presionó suavemente contra su rostro-. Estuve susceptible mientras existía la posibilidad de que me viera sobrepasado… -exhaló su aroma sobre mi muñeca-. Hasta que me convencí de que mi mente era lo bastante fuerte, que no existía peligro de ningún tipo de que yo… de que pudiera…
Jamás le había visto trabarse de esa forma con las palabras. Resultaba tan… humano.
– ¿Ahora ya no existe esa posibilidad?
– La mente domina la materia -repitió con una sonrisa que dejó entrever unos dientes que relucían incluso en la oscuridad.
– Vaya, pues sí que era fácil.
Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada, imperceptible como un suspiro, pero exuberante de todos modos.