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– ¡Fácil para ti! -me corrigió al tiempo que me acariciaba la nariz con la yema de los dedos.

En ese momento se puso serio.

– Lo estoy intentando -susurró con voz dolida-. Si resultara… insoportable, estoy bastante seguro de ser capaz de irme.

Torcí el gesto. No me gustaba hablar de despedidas.

– Mañana va a ser más duro -prosiguió-. He tenido tu aroma en la cabeza todo el día y me he insensibilizado de forma increíble. Si me alejo de ti por cualquier lapso de tiempo, tendré que comenzar de nuevo. Aunque no desde cero, creo.

– Entonces, no te vayas -le respondí, incapaz de esconder mí anhelo.

– Eso me satisface -replicó mientras su rostro se relajaba al esbozar una sonrisa amable-. Saca los grilletes… Soy tu prisionero.

Pero mientras hablaba, eran sus manos las que se convertían en esposas alrededor de mis muñecas. Volvió a reír con esa risa suya, sosegada, musical. Le había oído reírse más esta noche que en todo el tiempo que había pasado con él.

– Pareces más optimista que de costumbre -observé-. No te había visto así antes.

– ¿No se supone que debe ser así? El esplendor del primer amor, y todo eso. ¿No es increíble la diferencia existente entre leer sobre una materia o verla en las películas y experimentarla?

– Muy diferente -admití-. Y más fuerte de lo que había imaginado.

– Por ejemplo -comenzó a hablar más deprisa, por lo que tuve que concentrarme para no perderme nada-, la emoción de los celos. He leído sobre los celos un millón de veces, he visto actores representarlos en mil películas y obras teatrales diferentes. Creía haberlos comprendido con bastante claridad, pero me asustaron… -hizo una mueca-. ¿Recuerdas el día en que Mike te pidió que fueras con él al baile?

Asentí, aunque recordaba ese día por un motivo diferente.

– Fue el día en que empezaste a dirigirme la palabra otra vez.

– Me sorprendió la llamarada de resentimiento, casi de furia, que experimenté… Al principio no supe qué era. No poder saber qué pensabas, por qué le rechazabas, me exasperaba más que de costumbre. ¿Lo hacías en beneficio de tu amiga? ¿O había algún otro? En cualquier caso, sabía que no tenía derecho alguno a que me importara, e intenté que fuera así.

«Entonces, todo empezó a estar claro -rió entre dientes y yo torcí el gesto en las sombras-. Esperé, irracionalmente ansioso de oír qué les decías, de vigilar vuestras expresiones. No niego el alivio que sentí al ver el fastidio en tu rostro, pero no podía estar seguro.

»Ésa fue la primera noche que vine aquí. Me debatí toda la noche, mientras vigilaba tu sueño, por el abismo que mediaba entre lo que sabía que era correcto, moral, ético, y lo que realmente quería. Supe que si continuaba ignorándote como hasta ese momento, o si dejaba transcurrir unos pocos años, hasta que te fueras, llegaría un día en que le dirías sí a Mike o a alguien como él. Eso me enfurecía.

»Y en ese momento -susurró-, pronunciaste mi nombre en sueños. Lo dijiste con tal claridad que por un momento creí que te habías despertado, pero te diste la vuelta, inquieta, musitaste mi nombre otra vez y suspiraste. Un sentimiento desconcertante y asombroso recorrió mi cuerpo. Y supe que no te podía ignorar por más tiempo.

Enmudeció durante un momento, probablemente al escuchar el repentinamente irregular latido de mi corazón.

– Pero los celos son algo extraño y mucho más poderoso de lo que hubiera pensado. ¡E irracional! Justo ahora, cuando Charlie te ha preguntado por ese vil de Mike Newton…

Movió la cabeza con enojo.

– Debería haber sabido que estarías escuchando -gemí.

– Por supuesto.

– ¿De veras que eso te hace sentir celoso?

– Soy nuevo en esto. Has resucitado al hombre que hay en mí, y lo siento todo con más fuerza porque es reciente.

– Pero sinceramente -bromeé-, que eso te moleste después de lo que he oído de esa Rosalie… Rosalie, la encarnación de la pura belleza… Eso es lo que Rosalie significa para ti, con o sin Emmett, ¿cómo voy a competir con eso?

– No hay competencia.

Sus dientes centellearon. Arrastró mis manos atrapadas alrededor de su espalda, apretándome contra su pecho. Me mantuve tan quieta como pude, incluso respiré con precaución.

– que no hay competencia -murmuré sobre su fría piel-. Ese es el problema.

– Rosalie es hermosa a su manera, por supuesto, pero incluso si no fuera como una hermana para mí, incluso si Emmett no le perteneciera, jamás podría ejercer la décima, no, qué digo, la centésima parte de la atracción que tú tienes sobre mí -estaba serio, meditabundo-. He caminado entre los míos y los hombres durante casi noventa años… Todo ese tiempo me he considerado completo sin comprender que estaba buscando, sin encontrar nada porque tú aún no existías.

– No parece demasiado justo -susurré con el rostro todavía recostado sobre su pecho, escuchando la cadencia de su respiración-. En cambio, yo no he tenido que esperar para nada. ¿Por qué debería dejarte escapar tan fácilmente?

– Tienes razón -admitió divertido-. Debería ponértelo más difícil, sin duda -al liberar una de sus manos, me soltó la muñeca sólo para atraparla cuidadosamente con la otra mano. Me acarició suavemente la melena mojada de la coronilla hasta la cintura-. Sólo te juegas la vida cada segundo que pasas conmigo, lo cual, seguramente, no es mucho. Sólo tienes que regresar a la naturaleza, a la humanidad… ¿Merece la pena?

– Arriesgo muy poco… No me siento privada de nada.

– Aún no.

Al hablar su voz se llenó abruptamente de la antigua tristeza. Intenté echarme hacia atrás para verle la cara, pero su mano me sujetaba las muñecas con una presión de la que no me podía zafar.

– ¿Qué…? -empecé a preguntar cuando su cuerpo se tensó, alerta. Me quedé inmóvil, pero inopinadamente me soltó las manos y desapareció. Estuve a punto de caer de bruces.

– ¡Túmbate! -murmuró. No sabría decir desde qué lugar de la negrura me hablaba.

Me di la vuelta para meterme debajo de la colcha y me acurruqué sobre un costado, de la forma en que solía dormir. Oí el crujido de la puerta cuando Charlie entró para echar un vistazo a hurtadillas y asegurarse de que estaba donde se suponía que debía estar. Respiré acompasadamente, exagerando el movimiento.

Transcurrió un largo minuto. Estuve atenta, sin estar segura de haber escuchado cerrarse la puerta. En ese momento, el frío brazo de Edward me rodeó debajo de las mantas y me besó en la oreja.

– Eres una actriz pésima… Diría que ése no es tu camino.

– ¡Caray!

Mi corazón estaba a punto de salirse del pecho. Tarareó una melodía que no identifiqué. Parecía una nana. Hizo una pausa.

– ¿Debería cantarte para que te durmieras?

– Cierto -me reí-. ¡Cómo me podría dormir estando tú aquí!

– Lo has hecho todo el tiempo -me recordó.

– Pero no sabía que estabas aquí -repliqué con frialdad.

– Bueno, si no quieres dormir… -sugirió, ignorando mi tono. Se me cortó la respiración.

– Si no quiero dormir…, ¿qué?

Rió entre dientes.

– En ese caso, ¿qué quieres hacer?

Al principio no supe qué responder, y finalmente admití:

– No estoy segura.

– Dímelo cuando lo hayas decidido.

Sentí su frío aliento sobre mi cuello y el deslizarse de su nariz a lo largo de mi mandíbula, inhalando.

– Pensé que te habías insensibilizado.

– Que haya renunciado a beber el vino no significa que no pueda apreciar el buqué -susurró-. Hueles a flores, como a lavanda y a fresa -señaló-. Se me hace la boca agua.

– Sí, tengo un mal día siempre que no encuentro a alguien que me diga qué apetitoso es mi aroma.